Papel de baño

Me pongo a leer, cuando llegan tus cartas es así, sábado por la mañana, aún sin bañar, sorbo mi parte obsesa en una taza de café, sí, es una seria costumbre pero siempre en amnistía personal. Las cartas empezaron a escribirse hace tres años atrás, aunque ¿sabes?, ya no recuerdo cómo comenzamos esta parte literaria del vivir epistolar. Te gusta escribir para sanar, igual que a mí.

Al momento del leerte, Liz sale del baño y dice mirándome con sus ojos tornasol: -¿por qué los hombres usan tanto papel de baño?, nunca he entendido eso-. Me volteo y la pena cae en mi sonrisa apagada por la mano, sé que el papel de baño nos ayuda a limpiar algo más que la conciencia, es por eso que se acaba.

A Liz la conocí en el correo al mandarte un paquete con algunas fotos de la abuela y los tíos. Llevamos ya más de dos aniversarios juntos y la quiero, pero nunca es suficiente. Ella atendía el local de mensajería, te conoce y ahora que me ve, descubre que te leo y se acerca rompiendo con este espacio del saberme contigo. Dejo la carta sobre la mesa junto con la memoria.

Liz trae en la mano el pequeño tubo de cartón, debe estar enojada y sé que ya comienza una plática que no esperaba: -¿qué es lo que ella te da en sus palabras?-, Liz pregunta algo seria y respondo: -me dan certeza-. Liz voltea a la calle, no está satisfecha con la respuesta y rasga esta conversación con un hilo impaciente que busca romperse en cualquier momento. Sin mirar me pregunta: -¿por qué?-. Me pongo algo nervioso, este cuestionamiento debí hacerlo al leer a Freud, pero nunca lo he leído, así que me regreso a la idea sumaria de contestar: -me da un vínculo que compartimos, si ya lo sabes-.

Me detengo en la ventana que está tan abierta para escucharnos y alcanzo a ver al viejo Santamaría caminando con su perro Andaluz por esta calle que se viste de naranja matutina. La felicidad está en quien la trabaja, me decía Santamaría cuando recién te fuiste. Lo saludo y me contesta: -Buen día Ernesto, ¿Qué sabes de Ángela?-. Le digo: -leo una de sus cartas y me dice que está bien-. Se agacha para acariciar a Andaluz y me dice: -salúdala de mi parte, que pases buen día-. El viejo, al igual que yo, te extraña.

Liz me inquiere tomándome de la cintura para regresarnos a donde estábamos: –¿es más fácil leerla que ir a Madrid a verla?-, -pues sí, ambos nos buscamos en la distancia, es indispensable-.

Liz camina sin pensar sobre la duela, se sienta en el sillón, su andar en ropa interior me huele a necesidad, pero estoy llegando a la catarsis de la plática, no busco salirme de este momento de manera fácil.

Ella se recarga en la esquina del sillón, tiene algo de frío y se encorva, me pongo al lado de ella, abrazándola la acerco a mi pecho y con su boca en el oído me comenta:-¿decides escribirle para revivirla?, creen que pueden sortear su relación sin poderse ver. Es que ¿sabes?, la siento aquí cuando lees sus cartas y no me gusta esa sensación, es tu parte más personal y me molesta-.

Me quedo callado. Lo he pensado tantas veces y sé que debe ser el gusto por leer, aparte son conversaciones atemporales que nos hacen esperar una respuesta dónde hay un futuro cierto, me gusta la idea de saber que siempre habrá una carta.

Creo que no pude sanar del todo. Tu madre te llevo a Madrid, no quería que mi vida te diera de palos cuando siempre me hacía falta la seguridad y estabilidad en cuanto a mi vida personal. La inmadurez del que vive pensando, diría el viejo Santamaría. Mientras tanto sé que en España mi ex-esposa tiene un buen trabajo y ya encontró a alguien más con quien estar, puede que sea lo que necesites.

Eres mi único vínculo con una idea que siempre quise, pero el destino puede más que cada acción procurada. Eres mi hija Ángela, y me aterrizas en esta parte que aún me falta, como a todos, por eso te leo y te escribo.

Volteo y ya no está Liz. Dejó el pequeño tubo de cartón a mi lado, huelo, y sí, la memoria ya se ensució otra vez.

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