El piano

 

El piano trina notas que ya no están, le acompañan palabras de bajo alcance entre los comensales de la cafetería y los reflejos de las mesas pintan de óleo lo que queda de realidad. El sol a contraluz juega con la independencia de Alicia. 

La pena da cauce a esta tarde cercana, me doblo las mangas de la camisa y la ansiedad se diluye en el café que pienso aún compartimos. Alicia me dice: -cuándo nuestras vidas se comparten, pueden dar libertad, pero la libertad se puede convertir en fatalidad con esta vida que estamos contando-.

El piano sigue rápido, improvisado, resana a medias el hueco del vacío ¿Cómo repararlo?

El viento atraviesa con miedo su mirada café transparente mientras pregunta: -Si te haces dependiente de la compañía, del sentimiento, ¿Qué es lo que queda? ¿Una cárcel? -.

Volteo y ahí está el vacío escondido entre los matorrales de ésta calle -no lo sé Alicia, creo más bien, es compartir…escucha el piano, ve cómo crece de a poco sin necesidad de moverse, todos le escuchan y es que no necesita más que una idea para cantarle al momento, nadie le pide nada, y así, estás, estamos ¿No?-.

-¿Estamos? de pensarlo me asfixio ¿Cómo podríamos detener esta sensación?-, replica entre la brisa que le duerme la sonrisa. Es entonces que coloco el instante sobre la mesa, mis manos se deslizan entre las suyas y ella no termina de verme, vierte su estadía pelirroja, fascinante, a lo largo en la espalda y me sigo con el piano: –El silencio podría ser, pero este no detiene, y la asfixia es sólo tuya-.

Ella toma su bolso, saca el labial y se pinta la boca aterrizando en un pedazo de tarta, betún de frialdad, -eres un farsante y algo egoísta si piensas así. ¿Crees que necesito de esto?-, pide la cuenta. Así pasó cuando la vi por última vez y le digo en el inconsciente: -trato de no serlo, por eso es que ahora que toco el piano y no estás, no hago más que seguirme con la música para olvidarte, sin asfixia-.

Acabo con la última nota, mi respiración está agitada, miro las teclas inmóviles, congeladas, estridentes en el blancuzco del marfil y, en medio de la confusión, escucho que aplauden, una ovación. Me retiro del templete.

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