Las Pastillas

¿Qué hago en la cornisa de la azotea?.

Es la muerte y su retozo en la grata conveniencia. Escupo en el piso y vitoreo: -¿Ahora dónde están? ¡Pastillas de mierda!-.

La cabeza me duele y una idea magra del falso mesías recluido en el piso siete, cuarto dos: -¡La muerte no es para todos! No la cortejen. ¡Debe ser mía!-. Una inyección de risperdal y se quedaba callado en su epifanía.

Me ha cagado un pájaro, alza el vuelo y se desliza en el borde de las montañas sin ojivas. El edificio de enfrente observa. Aire apenas, aire incipiente, se queda sin nombre en las fosas nasales. Los pies volados sobre la cornisa, cortados por la opacidad de la tarde.

La doctora abre la puerta que da a la azotea, me observa, una pausa, y se tropieza en las palabras. Le hice una seria confesión para olvidar una mentira: -hoy he de caer con el sol para olvidar-.


Mi primer día sobrio de locura, y debo sacudir el escalofrío que se recorre por los huesos, se crispa la piel, y la sed me estropea el paladar. Trato de asirme en la razón y abro los ojos de forma dispar, observo las ventanas ocres del psiquiátrico. La luz tímida ensucia las paredes pintadas de verde olivo. Acostado sobre el cama, me quema el olor a medicinas por todos lados, escucho algunos pasos y detrás de ellos, un eco sordo, pequeño: -¡No griten parias!, que la mentira anda suelta en la verdad-.

Lo que me faltaba: primer día consciente y me encuentro con un vecino delirante.

Salgo del cuarto, vacío inconmensurable, un piso cargado de reflejos hendidos. El pasillo alargado se estanca en un olor a antiséptico, a invierno, sentado en la banca me imagino en las fiestas donde pretendo recordar a las personas que se han llevado un pedazo de mi memoria. No sé por qué estoy aquí.

-Tómate estas pastillas-.

-No me ayudan-. Las aviento a la pared. Ella impaciente las recoge. -Pásalas por la garganta con un vaso de agua, no te vayas ahogar-. Las miro, y veo mi mano, delgada, los huesos de los dedos se delinean en pliegos pálidos, contornos en amarillo, estoy débil, entonces me recargo en la silla y sigo sin entender. Ella inquiere: -Sólo tienes que seguir el tratamiento-. Cierra la puerta, y se ha quedado la melancolía.

-¿Son las pastillas que te pedí para recordar?- Observo, y mi configuro infantil, la esperanza aprieta la garganta. -Son las pastillas para quitarte la depresión, entraste al psiquiátrico por intento de suicidio, hay que revertir ese deseo-.

No me gusta. Cada vez que tomo las pastillas acabo atrapado entre mis fantasmas silentes y un sueño recurrente, su mirada gris, transparente, el cabello sin amarrar, los brazos: ramas secas recargándose en el borde de la cama, mientras ella borrosa, veía la ventana.

Era un edificio sin pintar, pardo, el reloj marcaba los surcos de mi cabeza y ella se dilataba en la dolencia. Ahí empieza mi locura, no recuerdo quién es.

-¿Por qué evades Israel?- y la reparo enojada, se abate en lo que me queda de la fe. Recuerdo que ella apareció como un ángel represor. -Ya sabes…es el dolor que brota-. Su perfil, indiferencia. -No puedo hacer mucho si sigues así, deberías intentar volver a escribir, esa necesidad siempre te salva-.

Trato de razonar y sé que no me gusta el vértigo, ¿qué haría yo parado en la cornisa?

-¿Lo has olvidado?, ¿cómo puede ser?- Me revisa las pupilas. Me rasco la cabeza. -Intentaba…no lo sé-. Se quita los anteojos y cierra la libreta. El sol que entra por la ventana me deja ver su silueta delgada y apenas la reconozco -pudiste morir… eres un egoísta de mierda-. La doctora detiene el sufrimiento instantáneo con sus manos sobre el escritorio y empieza a llorar. Entonces el cuarto se forja en un mutis y se coloca en mi párpado que tiembla.

-Tengo cáncer Israel-. Se destroza el umbral y me voy por la traquea, es el desagüe de las razones de vida. -¿cómo María?-, -No te quería decir…pero mañana empiezo el tratamiento y dejo la clínica-.


-¡Qué haces en el borde Israel!-. Le podría decir que le di mis pastillas al vigilante en las sobras de mi comida, se quedó dormido, y que lo demás es consecuencia, pero el pasado ya no importa y me sostengo callado.

María se acerca, pálida. -Israel, ¡acuérdate!, cuando estaba enferma en el hospital intentaste suicidarte, tienes que reaccionar, ya estoy bien-.

El dolor, un cauce afilado en la garganta y un balbuceo desbordado, mis pensamientos no tienen un rumbo determinado.

Un grito cortado, absorto: -¡He de volar con mi muerte enamorada!-. El falso Mesías del piso siete, cuarto dos, sale corriendo de la puerta expiando la culpa de todos. La azotea es un extensión de nuestra decadencia, pero los mil mares son nada para un enfermo mental, corre como caballo desbocado, mártir. Atrás de él, los guardias del centro de rehabilitación, sus rostros aspiran la zozobra, quieren alcanzarlo, pero los pies ya vuelan y se avienta…silencio.

El aliento llega al estómago, me doblo en el piso y sí, ya es más ligero mi autismo. Veo a María, recuerdo por fin, es ella por quien olvido, se lleva la mano a la boca deteniendo el asombro, la tragedia.

Los guardias ya corren para el edificio, y de repente se posa otro pájaro en la cornisa, está a contraluz, el sol se cuela entre las alas, y silente, voltea a verme, y por un momento ubico que he pasado tanto días así, nulo, castigado, náufrago. Ya quiero despertar.

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