Un bardo en Miami Beach

Recordando en la memoria oxidada y leyéndola sin claroscuros, ubico un momento que considero exponerles para sobrellevar (sin pretensión) algún tedio vaporoso: era el año dos mil y el mundo no se caía ante el Y2k, la palabra Miami se erguía en un nombre abstracto, lejano y sin referencias personales (significa -agua dulce- en el dialecto de los residentes originales llamados mayaimi), pero gracias a las circunstancias se nos presentaba en aquellos días como una expectativa fuerte para presentar un proyecto. MTV Latinoamérica nos abría las puertas de la sociedad televisiva internacional, sí, a nuestra corta edad teníamos una oportunidad global, era (si lo vemos ahora) todo un proyecto PYMES con vocho y changarro incluido, estábamos en la cornisa ideal del american dream.

La entrada tenía que ser egocéntrica y sí, llegamos al Aeropuerto Internacional de Miami (MIA) sobrados y sin torres gemelas de por medio, por lo que el tránsito migratorio fue muy accesible. Las grandes bandas de transportación en los pasillos nos llevaban sin estirar los pies y me generaba cierta irritación que la gente no gritara o se empujara como en el metro Hidalgo, siempre he creído que el orden en demasía puede causar daño en la sanidad mental. Las áreas de tránsito eran groseras, impecables, transgénicas en el ánimo turístico, en las paredes, olvidos traperos enmarcaban los grandes ventanales, la luz fugada irrumpía nuestro emigrante peregrinar; en medio del tedio, personajes ácidos de Miami Vice se sulfuraban con sonrisas perfectas, los cuales, atinaban a ofrecernos conversaciones con algunos onomatopeyas anglos: -Yeah man, what the fuck,-, -The OCD is a mother fucker, but he’s my boss-.

El estacionamiento del aeropuerto era una gran locación (en el análisis ocioso) para películas de acción, inundado de grandes vías me imaginaba a Scarface irrumpiendo en algún momento con su Cadillac 63, blanco, descapotado, implacable, destrozando la confianza de todo turista inocente, naive, pero no, nuestra aburrida desventura optó por abordar un taxi.

La zona conurbada no distaba mucho de algunos barrios anclados en Ecatepec, pero a lo lejos, grandes edificios ya nos querían desmoralizar. El highway interminable, las direcciones en los letreros viales rozaban nuestras miradas ignotas, en el intermedio, en la adaptación natural, al aspirar cada una de las calles no veía algo que me conectará con nada, algo distante  (y sin afán de juzgar) sabía que Miami no era un lugar apropiado para los bardos.

El taxista haitiano no entendía el español, nos mascullaba francés entre sus ojos llorosos y tratamos de explicarle en inglés la dirección del hotel, pero aún así, nos llevó a un barrio de indigentes al lado del downtown y sin chistar, bajamos con zozobra. Una brisa que intentaba ser caribe nos acompañaba mientras caminamos algunas cuadras, nuestra pinta era de gente distraída buscando alguna salida para la zona hotelera, tomamos otro taxi, y el conductor hindú (más amable) nos llevó entre los puentes soberbios por arriba del mar.

Surgía la primera interpretación instintiva: hace cien años nada de lo que estábamos observando existía. La historia no es algo por lo que gente emigra a ese lugar, en sí, pasa al contrario, quieren borrar los pasados y dejar que el presente los envuelva con dinero fácil. Julia Tuttle en 1896 no tenía idea del futuro de ciudad que estaba a punto de fundar. El downtown de Miami construido a partir de los años veinte, sólido, identitario, estaba secuestrado por los cubanos exiliados, ellos, que llegaron a está ciudad intentando recobrar la cepa que habían perdido en la Habana, eran sin menoscabo, personas desterradas que construían (de la nada) una industria de entretenimiento rapaz y atiborrada de compadrazgos.

Algo me pasaba, que no me sorprendía el ver los niveles de crecimiento del primer mundo, y no, seguía en un estado impávido, taciturno, y entre sueños fugados ya habíamos llegado a South Beach.

Al llegar a la recepción y pisar en realidad, observé que en Miami existía una clase de orgullo latino norteamericano muy sobrado, pero demasiado fácil, inaccesible para todo mestizo que no viva en esa demarcación o que pretendiera hablar en un español fluido, excluyéndonos así, de una modernidad estratosférica, de un status connotado y del estereotipo barato: lo latino se entiende como palmeras y ritmos caribeños, como empleados en lugares y puestos que ningún anglo pretende tener, pero al final, siempre al final: risas y bailes sensuales. El vicio también era superficial, era como un asomo de Don Johnson enfundado en la mafia cubana de la industria musical con un matiz putrefacto de lo que se produce en Univisión: mucho dinero en la producción y poca sustancia en la idea.

Cómo leerán, me aburría pensando mientras esperaba con ansia la junta con MTV en sus oficinas generales.

-Acá en Miami, lo agenda diaria consiste en: levantarse, hacer ejercicio, trabajar, comprar ropa y salir de noche- pues era de imaginarse, el programador de MTV nos decía lo que acontecía en una ciudad tan proclive de la imagen como un todo.

El edificio para la junta está ubicado en Lincon Road 111, tiene (en un sentido norteamericano) este aire de ser profesional (acá no hay duda, así es). Un paseo por Nikelodeon y sus paredes pintadas de Rugrats, Bob Esponja, nos hacían ver que eran felices trabajando ahí, mientras tanto MTV olía a capacidad, a confianza, tenían bajo control una programación importante en cuanto a lo mejor de la música latinoamericana (comercial), por ejemplo, sabíamos que Charly García, Soda Stereo y los Tres ya habían grabado para ese entonces memorables unplugged’s y, al conocer que la señal llenaba los aires desde Miami hasta la Patagonia, nos confería un éxito comercial en cuanto a la venta de espacios; sabíamos de antemano que el canal comercialmente tenía cooptado un mercado latinoamericano joven, cautivo y ávido de comprar.

La junta llegó sin miramientos, hicimos la presentación del proyecto, una carpeta sencilla, encuadernada en plástico negro que sudaba de entre las manos, hablamos del contenido, existía una sinopsis, mencionamos los elementos de producción, comentamos del que había muchas corporaciones interesadas y que teníamos pláticas muy avanzadas con ellas; entonces miradas estoicas, algo asombradas y de repente una pregunta arisca: ¿y ustedes qué experiencia tienen?. Un silencio trasquilado en medio de nuestra inseguridad, a ese momento tajante lo subrayo como: Pastilla Ubicatex, ya que mi experiencia abarcaba desde asistencia de producción y de realización, hasta la asistencia de egos desinflados y entonces la conclusión: -El proyecto es bueno, pero ustedes no cuentan con la experiencia necesaria para llevar una producción así, no podemos dejarles en sus manos el dinero para llevar a cabo un proyecto tan grande-.

Al siguiente día nos pusimos a reflexionar y nos dimos cuenta que seguíamos en una ciudad que cortaba las raíces históricas de todo emigrante a través de los pancakes del IHOP, de la ropa Armani y que yo seguía caminando en Miami Beach con mi playera de los pumas. Un bardo en Key Bizcaine, era una relación que abortaba desde la creación inocente de un proyecto muy latinoamericano, con sentido global, fraterno y musical. Era el tiempo de regresar al DF y reflexioné: -Aquí a nadie le importa la raíz  y sé con certeza, que entre más conozco USA, más se me antoja un taco del Villamelón y del Borrego Viudo-.

Como epílogo he de contar que el programa basado en nuestro proyecto, se transmitió en el 2003 por este canal, pero ya le habían cortado toda la médula sustancial y terminó por defraudarnos, no esperaba menos.

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2 Comments

  1. muchas felicidades me gustaron los dos escritos me encanto el de MTV y en el primero hay que cambiar como persona en como nos vemos para poder ser un granito de arena mejor para que veamos a México desde otra visión

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  2. Se leerá raro, pero es el comentario de una persona que usó la computadora en donde escribo el blog jejeje. Lo dejo ahí, porque es el primer comentario y la persona en cuestión, es muy importante para un servidor.

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