16-a

La calle 16-a ya terminó de levantarse cuando el sol aún no se aprestaba por salir, algo borrosa está cansada y se detiene agrietada a bostezar. El cemento brotado respira de entre las piedras que le sobran y algunos cuervos mascullan las heridas del asfalto. Los edificios decaen, la pintura de sus paredes forman partituras sin sentido por el óxido de mar, algunos pintados de azul otros de rosa, y en la banqueta se entrometen algunas cercas de metal; son muros improvisados que cuidan las pocas pertenencias de los suburbios en la ciudad de Cancún. El paraíso prometido se esconde entre los trabajadores que caminan como sombras ligeras para ir a trabajar a la zona hotelera; salen por miles a la región 96 sin ningún eco, sin ninguna historia que contar, sus conversaciones se devienen en censura por las jornadas cansadas.

 

El tiempo se conmueve mientras ve a algunas mujeres que tienden la ropa, son trazos de pinturas lechosas gracias al sol blanquecino del caribe mexicano y Elo corre entre los tendederos que simulan las banderas de una certeza marginal; tira algunos calcetines y no le importa, una vecina le riñe, pero Elo quiere volar. Cinco años, mestizo, rasgos de páramo africano, cabello chino enraizado, trae apenas una blanca sonrisa entonada por un silbido.

 

El pequeño se detiene en medio de dos viviendas a la mitad de la acera, al lado hay un parque básico, algunos columpios viejos, sube y baja escalonados con asientos de madera sin pintar, una llanta que sirve de asiento y dos caminos de adoquín sin rematar, ahí no pretende existir el infinito mediato, no, es una sencillez real, abrupta, crujiente en las raíces del árbol sin olvidos. Elo observa detenidamente y sin dudarlo, empieza a cortar algunas flores algo marchitas, brinca entre los columpios, como si la nada no tuviera explicaciones, en donde puede disfrutar de una soledad inocente y perenne. Elo corta otra flor, ya trae un manojo que se cuenta por docenas y su madre Martina cubana de Matanzas, le llama para comer, ella trabaja en Playa Norte de Isla Mujeres ofreciendo masajes por 25 dólares la hora; pero Elo no le atiende, sigue en su afán, el calor y las paredes son sus testigos, no dejan de exhalar.

 

Elo termina por mirar alrededor, no queda ni una sola flor, sabe que ha cumplido su tarea, camina hacia su izquierda, su madre le vuelve a llamar de manera más imperativa, ya son las 6 de la tarde, es hora de cenar, pero él voltea hacia el otro lado, camina fuerte, como soldado de una dictadura vital, como un señuelo sin recuerdos; llega a un portón azul, un pequeño patio lóbrego que esconde la casa trasquilada de Maya, mujer sin apellido, delgada pero con curvas afiladas, ojos verdes, alicaída, adolorida, ya no mira lo habitual. El niño se encomienda mirando al cielo, toca, pero nadie responde, ve que la puerta está abierta y entra muy despacio, un vestido tirado en el piso, pero Elo y el viento se atreven, se mueven, no quieren una reclamación.

 

El silencio largo es apretado por los automóviles que cruzan por la avenida Talleres, pero un ruido irrumpe de entre la casa, se abre avivando la monotonía, es Elo, sombra que sale rápido del portón, tropezándose cae al piso, pálido empieza a balbucear, no encuentra una voz, no le alcanza el anhelo y la garganta destapada encuentra una escapatoria en un grito atroz y su madre le escucha, asoma su ansiedad por la puerta y lo ve, corre hacía él, lo alza entre sus brazos y en ese momento Elo aprieta sus ojos, sus manos y la arena de la garganta por fin se llena de lágrimas. Martina ve el portón abierto, deja a Elo en la acera, va, asoma sus miedos, pasmada y derrotada de entre la tragedia se recarga en la puerta, reacciona después de algunos segundos inhalando vacío y corre hacia la esquina tomándose del vestido blanco.

 

Elo sin saberlo se siente sólo, es un nuevo sentimiento, se levanta con enojo, limpia sus ojos y ve el manojo de flores en su mano, los avienta al piso y se queda en el borde de la acera, trata de entender que fue lo que paso, él quería a Maya, fue su primer instinto y llora como sí ese momento no se fuera a ir nunca, lo sabe.

 

Martina regresa trastabillando, entonces la gente comienza a asomarse, las puertas abren las fauces en medios tonos como preguntas que están por arribar. Las luces de los interiores brillan buscando el ocaso, algunas voces casi se escuchan, empiezan, salen de las casas y ella les espanta, no quiere que los buitres se aparezcan, no quiere que los fantasmas salgan lastimados.

 

Se alcanzan a ver unas luces intermitentes matizando la calle, azules, rojas, se estaciona una patrulla y los policías entran a la casa, salen y hablan por la radio; se recorre el tiempo y el cuadro no termina por trazarse cuando llega la ambulancia. Los paramédicos entran con una camilla y una bolsa gris, nadie se inmuta. El movimiento podría ser impertinente en el destino.

 

Los policías preguntan si alguien conoce a algún familiar y dicen sin sobresaltarse que no, no le conocían familia, y Elo se enoja de entre la indiferencia, sabe que nunca la vieron reírse o hablar, y de entre palabras apenas les responde que ella tiene una madre que vive en Mérida, y se llama Teresa. En esa pausa como decreto de la cordura las personas empiezan a retirarse, hablan, susurran, otros siguen su camino sin inmutarse, se acabo la fiesta. Elo reacciona limpiándose las lágrimas, olvidaba algo, recoge una a una las flores y al terminar, orgulloso las pone en arriba de la bolsa gris, las flores eran para ella. Maya sin saberlo le enseñó a silbar en medio de la nada.

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