El don de leer, una cuestión de actitud

Era 1994, año del mundial en Estados Unidos, nuevo presidente, cambio de poderes con una devaluación normalizada, por otro lado, el TLC y el EZLN mostrándonos nuestros miedos, pesares y los caminos misteriosos para llegar al primer mundo. La decisión para la carrera universitaria estibaba entre filosofía y letras, comunicación y mercadotecnia, y por alguna extraña (miedosa) decisión decidí comunicación, sí, me fui por la fácil, estratégicamente estaba perdido entre la masificación del mensaje. El estudio era básico, superficial, y no podía más que sobrellevar la filosofía de Levi Strauss, Umberto Eco y Sausurre.

La búsqueda de necesidades académicas y prácticas me hicieron buscar las respuestas más allá del salón de clases, siempre en lugares inhóspitos, lejanos: ir de Satélite a la Biblioteca de México y a la Nacional formaba parte de una aventura hostil para todo aquel que se atreviera a siquiera ir en metro a estos sacrosantos espacios. –Vamos con el Fa, él nos cuida (Fa, era mi sobrenombre)-, las compañeras guapas sabían que podrían contar conmigo simplemente con una sonrisa, y sí, yo las cuidaba en esta “aventura”.

Las clases sin pretender me brindaban contradicciones, mis maestros no sabían como se llevaba a cabo una disolvencia en la edición de una película, -cerrastes la puerta- me decía la maestra de filosofía de la comunicación. Las intenciones siempre fueron buenas en cuestiones éticas y de siquiera tener una vocación en la plana de docentes, pero siempre hacía falta algo más. En cuestión de segundos nos preguntaba un profesor: – de dónde sacaron estos pinches trabajos-, nos había reprobado a la mayoría y yo en una cínica e impulsiva contestación le inquirí: -si usted como maestro no sabe, nosotros tampoco –, el profesor tuvo a bien reír, pero yo siempre tenía esta necedad de inquirir, era un caradura del sinsentido universitario, la verdad compadezco a mis compañeros por mis neurosis individuales.

En una ocasión, en el edificio B, tercer piso, en el penúltimo salón sobre el pasillo, en el plantel Lomas Verdes de la Universidad que tiene por lema: –por siempre responsable de lo que se ha cultivado-, nos sosteníamos en una clase de periodismo y de repente sin darme cuenta, ya estaba parado a un lado del pupitre y hablaba con voz fuerte: -cómo es posible que estudiando comunicación no podamos siquiera leer dos periódicos diarios, es nuestro deber para comunicar, el saber de lo que estamos hablando- palabras más, palabras menos era ya un soliloquio terapéutico de 10 minutos, de repente siento que tratan de colocarme en mi mano derecha una hoja doblada, la abrí de reojo y decía: -Fa, no todos tenemos el don de leer-, en ese momento me senté y callé, fue un instante en el que no sabes que decir, en el que te sientes ajeno a lo que esta pasando, no pude refutar si los dones del leer tenían que ver con todo y nada, y si siquiera existían, me fui por la cornisa, yo, sin saberlo me encontraba en medio de algo más fuerte. Al ciego en ese instante le habían colocado un ojo de vidrio.

La sensación se quedó ahí como ejemplo generacional, mientras tanto, levantábamos un espacio periodístico en la universidad, en medio de aprendizajes y de política pude expresar (con artículos y notas) algunas rarezas en medio del stablishment universitario. Al final, en el momento de mi examen profesional, refuté la falta de apoyo institucional a espacios para las prácticas profesionales y mi mención honorífica se fue por la borda, mis sinodales me lo dijeron al terminar la ponencia –Villela, ya tenías tu mención honorífica, pero tu falta de interés y tu actitud nos permite simplemente el aprobarte-, como leerán, era una consecuencia ya escrita, tener anécdotas sin premios, sin miramientos, pero con una idea individual del tener un don disfrazado que me permite avanzar pese a todo.

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1 Comment

  1. Hola.

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