Cerati y la idea de pertenecer a una generación. Oda a Soda (primera parte)

En la década de los ochentas, en Latinoamérica después de largas dictaduras en Chile, Brasil y Argentina, las ideas de libertad y de formas diversas de expresión dieron inicio con una sudestada intermitente de artistas en todos los ámbitos del quehacer creativo. En Argentina principalmente, hay una secuela natural de sentimientos, gritos de libertad e ideas varias que se manifestaron en el escenario musical de este país. El boom del rock en español y el legado de Spinetta y Charly García dieron a luz a un hijo rebelde (creativamente hablando) dentro de estas huestes: Gustavo Cerati.

En 1982, entre tocadas en punta del este con el grupo Erekto (con Andrés Calamaro y Zeta Bosio, él cual no funcionó) y la guerra de las Malvinas, Cerati trabajaba de junior en una agencia de publicidad y al mismo tiempo apostaba por la creación de una banda de rock. Mientras tanto, Charly Alberti quería salir con la hermana de Gustavo y entre las múltiples llamadas, el hermano le contesto el teléfono y fue que concertaron una audición para el Sr. Alberti y sin pretender, se quedó en la banda como bataco. Primero se llamaron los Estereotipos, ya poco después manejaron el nombre de Soda Stereo y de ahí, ya no pudieron detener la marejada en todo Latinoamérica, y sí, tres generaciones hemos tenido una frecuencia en común: los sonidos soderos como soundtrack de vida.

El primer contacto con Soda Stereo pudo haber sido en el Rock Stock, escuchando Rock 101 o en su defecto en la Pantera, pero no, yo estaba en el tres veces heroico puerto de Veracruz, y fue en un disco de éxitos de 1988 dónde los pude ubicar (extrañas formas del reconocimiento), en dónde compartían créditos -sin pretenderlo- con: Flans, Chaly García, Karina, Franco de Vita y Enanitos Verdes. Soda Stereo aportaba la canción: –Día común, doble vida-.  En la contraportada, al lado del título de la canción,  me llamó la atención la foto que le acompañaba: tres tipos fotografiados en medio de edificios de los años cuarenta en Buenos Aires, la foto blanco y negro, y yo (a los 13 años) no comprendía que me podría llamar la atención, ¿sería la actitud?, la composición de la imagen o ésta parte aspiracional del ser un rockero, no lo sé, llámenle bifurcación. Al poner la canción en el tocadiscos a 33 revoluciones, ésta empezaba con una trompeta y pregunté: ¿qué pasa acá?  no supe responder, lo que sí, es que la tonada me llevó por lugares inimaginables de la cabeza y del raciocinio, como si una parte purista que no tuviera aceite de repente reaccionara con una acción independiente y entonces, la creatividad empezó a dar de tumbos de entre el cráneo.

La transición del puerto jarocho a la ciudad de México en 1991, estuvo acompañada en los Walkman Sony de alta fidelidad con Cuando pasé el temblor, Persiana Americana, Nada personal, Un millón de años luz, Prófugos, Canción animal y de Música Ligera. En especial con Cuando pase el temblor, las imágenes desoladas no podían más que hacer vibrar  mi perenne imaginación, caminar entre ruinas para saber que después viene un beso, es sin miramientos, una imagen con todo trazo de esperanza. La canción de Prófugos hizo que brotará el retrato de un profanador desafiante del tiempo, que cual caballero vetusto en medio de todas las épocas busca el ser parte de un ritual para alcanzar la iconografía de una mujer cruel y con pretextos. Sin duda mi testa imberbe se llenaba de metáforas poperas e insurrectas.

Mi primer concierto marca otro hito, fue en 1992, tenía 17 años y la Universidad Intercontinental en DF tuvo a bien acogerlos. En esa tarde, la adrenalina empujaba lo que sobraba de sol, el cual se adhería en las ventanas del salón de clases. Mis amigos tocaron la puerta, vi de reojo y sin preguntar, salí a mitad de una clase bachiller para irme en el golf achaparrado de mi amigo Jorge Soberón por todo Insurgentes.

Llegamos a la universidad,  estaba repleta de franelas y jeans desgastados, mujeres sureñas con dientes blancos, cabellos castaños largos, risas seguras en ecos sonoros rebotando de en medio de los pasillos lustrosos, y de repente, el hornazo a marihuana súbito, ignominioso, terminando en mis ojos perpendiculares, salitres. Atrás, la cancha de fútbol y entre los arrabales del pasto verde: un escenario discreto. La tarde acribaba, empezaba el Dynamo (comparto la opinión de que es el cd mejor elaborado de ésta agrupación), la Luna Roja se pendía del infinito y en todo su apogeo sonaron al unísono: Remolinos, Primavera 0, Texturas, Fue, Nuestra Fe, Camaleón, Toma la Ruta (parte de la letra la use en el discurso para la fiesta de graduación de la Universidad), horas llenas de sentimientos en combinaciones expansivas,  estruendosas, sentires elaborados en secuencias sin par, símiles con el trabajo realizado por U2 en el disco Acthung Baby, pero nada más.  Recuerdo de manera lejana una gran bola roja rodando en el stage, ropas fosforescentes de los cuatro integrantes y a una mujer acróbata que acompañaba en el performance, y claro, mi cabeza explotaba a mil revoluciones por minuto,  mis manos golpeaban el aire y lo hacían sonar a través de las bocinas.

Nada parecía detener ese momento. Nada.

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5 Comments

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    1. En sí ellos no buscaban un sentir -latinoamericano-, solamente las canciones estaban bien hechas y con un sentido común para la creación de las letras, profesionales en todo momento no dejaron de evolucionar, en sí, lo que más me llama la atención es la falta de grupos e ideas que vayan por este camino. Soda y Cerati dejaron un legado por simplemente hacer bien su trabajo.

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      1. Estoy de acuerdo con sus comentarios simplemente una banda profesional, los he escuchado desde sus inicios y se nota una banda que siempre creció y maduro sin caer en lo mismo, canción animal, dynamo , sueño stereo para mi son sus mejores trabajos… y el concierto en la cancha de la universidad intercontinental con rostros ocultos es la neta! como no existían móviles HD en esa época jajajjaa… saben si lo grabo la universidad???

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