El Abel que todos llevamos dentro.

En el trasiego del lenguaje visual, la principal función del cine radica en el contar una historia, si a partir de conseguirlo, después logras ecos de una realidad con los fotogramas y aparte, consigues propuestas estéticas, es dónde puedes marcar una diferencia entre el cine con idea o el cine palomero.

Durante décadas muchos directores se han quebrado la cabeza para siquiera tener una línea narrativa con algunos elementos “reales” y “certeros” para desarrollar un proyecto cinematográfico, y en muchas ocasiones no han conseguido amarrar siquiera el guión (es el esqueleto fantasma de toda historia) y por ende, en muchas ocasiones las películas terminan por ser una fotografía con flash en una fiesta en la Condesa que pretende ser curada en la galería de arte que está sobre la misma acera.

Abel, la película dirigida por Diego Luna, tiene la fortuna de no pretender contar una historia que todos conocemos: la migración y su obvia consecuencia en la ausencia de padre en las familias mexicanas –ya desde el tema se puede ubicar como una situación que trasciende fronteras-. No, la construcción de los personajes y del guión, han sido sin duda lo que llevo la película a buen cauce.

Abel es un niño de 9 años, el cuál está internado en un “espacio” psiquiátrico tratando de evadir la realidad, lo interesante es que al momento de llegar a su casa, la cual cuenta con niveles altos de disfunción es que asume el rol del padre, pausa, es la primera situación a destacar en el personaje, existe una línea muy delgada para poder caer en lo desatinado y no, sin darnos cuenta, Diego Luna logra construir en el personaje de Abel un sin número de –programaciones sociales y culturales del mexicano- que causan gracia pero no por ser graciosos, hay una realidad implícita en cada una de las acciones de Abel que tienen un gran valor como retrato fiel de la actualidad de nuestro país, y sí, cuando nos percatamos, hay que reírnos de la violencia intrafamiliar y sus latentes consecuencias en la mente de todo pequeño que crezca en medio de ese ambiente, estamos viendo –claro- un absurdo.

Un punto que me llama la atención, es el manejo de la relación padre-hijo, la cual no ha variado mucho desde hace décadas, dónde seguimos educando a las nuevas generaciones como si fueran Pedro Infante y estuviéramos en la década de los 40as, es por eso que en nuestro cine (como en muchas otras cosas), el discurso narrativo se repite una y otra vez. En Abel, la idea infantil del ser padre, es gritar, golpear, ser juez sin formar parte y al mismo tiempo procurar protección en un desapego (no, no estoy hablando de política) y claro, los niveles de ansiedad nos mantienen en un auto sabotaje cíclico (no, no estoy hablando de fútbol y la ausencia de delanteros) para que al toparnos con la realidad debamos ver que simplemente nos ahogamos en un vaso sin agua.

La película aplaudida en Cannes, sin cuestionarlo, nos muestra el Abel que la mayoría de los mexicanos llevamos dentro y eso, aunque no lo crean, ya marca una diferencia.

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