Sí, es como la Unión Soviética

Siempre dejo mi auto sobre Prol. Uxmal y camino dubitativo por una línea imparcial, sin nombre, acaso sinsentido (-la brisa de la muerte enamorada- diría Fito Páez), sobre la acera dónde se encuentra el Centro Deportivo Coyoacán y enfrente sin luz: la dulcería Laposse sobre Av. Cuauhtémoc. Es el preludio de costumbre para ver una película en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México.

La espera: una hilera larga de autos formados para entrar al estacionamiento, son las ocho de la noche y la marquesina iluminada, satisfecha, el ciclo de cine alemán invita, pretende y claro, veré por armisticio: -Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo-, una película brasileira. Se oxida la ansiedad y el pasillo de las oficinas es recién una entrada que acompaña el ingreso y la salida de los espectadores. Algunos hablan de la expectación generada por la sinopsis y otros, divergen lo que les mostró la película vista. Es un Babylon de experiencias cinematográficas que nunca termina.

La Cineteca y un tono sincopado, marcaban una distancia desobediente a todo orden en cuanto a diálogos inherentes en una normalidad entre comillas, y Dulce cansada, yo taciturno, en una espera monotípica, sentados en una banca del recoveco principal, que obedece a una madera barnizada, fuerte, simple, sosteníamos una plática poco menos que informal. El aire desmenuzado, las ocho treinta de la noche (esperábamos a Natalia), mientras tanto, realizábamos una transferencia de ideas necesarias: -La vanidad es esa parte de la conquista que espera los pequeños detalles para poder desdoblarse y ofrecer así (después de un tiempo), la parte más vulnerable en un gran plato de verduras orgánicas para empezar una relación afectiva-.

No, así no era la plática, pero mi ideario subjetivo tiende a interpretar.

Terminamos la conversación con una observación: -es difícil encontrar un equilibrio en dónde ambas vanidades puedan estar al mismo nivel, podrían anularse mutuamente, uno debe ser más vanidoso que otro, ni modo-. Al acabar, fue que voltee sin permiso a mi lado derecho y sobre la otra banca, un señor nos miraba, tenía una gorra roja que le tapaba los ojos chatos, delgado cual tallo de trigo, sin el diente del medio, tez blanca, ilustrada con muchos pliegues por el paso de los años, era (en esa fotografía) un personaje secundario que sin pretender escuchaba mi pregunta: ¿A poco no Don? Él con una sonrisa nos dio una conclusión muy certera: -Sí, es como la Unión Soviética-.

Al momento llegó Natalia y nos quedamos muy soviéticos, sin ganas de vanidades, ya estábamos algo cansados antes de arribar a la Cineteca.

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