Día bicentenario (primera parte)

Eran las 12:30 del día 15 de septiembre del 2010, y una llamada al celular: -necesitamos un camarógrafo para el palacio nacional, es un circuito cerrado de la cena privada después del grito ¿vas?- , yo en un principio les dije que no, pero después medité con mi otro yo. Mi vida personal ya contaba con antecedentes: tenía planes para ir al cine, después una reunión en Chiluca, y una advertencia: no asistir a los festejos ya que el enojo ciudadano se podría aparecer en el festejo del bicentenario.

La ansiedad no me procura tener la mente clara, no sabía si aceptar la oferta y contar con el pago al corte. Accedí gracias a mi morbo antropológico y a la falta de lana, entonces sabía que tenía que salir de casa como a las 2:30 para llegar a Chabacano a las 4:30, para de ahí pasar cada uno de los retenes y llegar al Zócalo.

El Circuito Interior y Reforma estaban cerrados por los festejos, Viaducto y los ejes viales consecutivos estarían con mucho tráfico, decidí irme hasta eje 10 y tomar Tlalpan desde el principio, pero Periférico era una trampa canalla en medio de la celebración, todos los que habían decido salir y varar en los infinitos planes bicentenarios tenían que pasar por ahí. La maquinaria del auto chasqueaba su mala fortuna en los oídos, el calor trasquilaba el asfalto y al pasar sobre la Secretaria de Defensa pude observar que habían quitado las hiper-lonas de Zapata, Hidalgo y compañía, en su lugar, un escuadrón de militares marchaban, miraban intachables a su lado derecho. ¿Qué verían? Al otro lado está el principio de Polanco, no hallé una respuesta concreta, pero se encuentran cerca uno del otro, como si se supieran, como si compartieran un dejo de algo que no entienden pero suponen que así debe ser, porqué así se construyó DF. Sí, sin duda, es una ciudad llena de piezas sin asir.

Llegué a Chabacano a las 4:30, nos encontramos los camarógrafos, el switcher, la productora y un servidor, después de una pausa procurada por el caos al no tener gafetes, fuimos a parar a la calle de Escuela Médico Militar y ahí pasamos hacia todos los retenes para llegar por la calle de Moneda y entrar a Palacio Nacional, adentro, me di cuenta que nunca había ingresado a sacrosanto lugar, grandes jardines trabajados en un verde taciturno, árboles que han visto pasar un sinfín de historias pero que sin memoria y sin voz no pueden más que aguantar estoicos entre el poder de facto de la elite mexicana. El patio principal se disfrazó de lounge turístico, dos grandes pantallas en las esquinas nos mostraban parte del desfile que aún no pasaba del Ángel de la Independencia, y al observar vi que cada detalle de los autos alegóricos y disfraces estaban perfectamente cuidados, trabajados, pero no pude tener empatía con lo que veía. No, todo era insuficiente para no olvidar lo que pasa en nuestro país.

¿Celebrar en medio del caos? No hay una escisión concreta, ni personal y dejé que todo pasará.

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