Día Bicentenario -fallido- (parte 3)

Felipe Calderón bajaba por las escaleras muy satisfecho, era la fiesta que él imaginaba antes de llegar a la silla presidencial, sobrado y erguido, no tenía problemas en lo inmediato, es el juego de evadir historia. Los presentes esperaban, no con ansiedad pero sin con ganas de empezar la cena y yo lo seguía con la cámara, ambos asistimos a una noche histórica que anunciaba algo más que una celebración en nuestro país. Mientras tanto, afuera a unos cuantos metros, en el Zócalo capitalino, miles de voces cantaban en medio del negocio formado a través de la guerra contra el narcotráfico, pero adentro del Palacio nadie los atendía.

El switcher me decía por el intercomunicador: -no dejes de seguirlo, síguelo-, pero no lo podía ver entre las personas alrededor, cabezas, espaldas, flashes intermitentes, todos inmersos en el ritual del saludar y tomarse la foto, pero él no se alcanzaba a ver. Un sungun de la cámara de CEPROPIE funcionaba como faro inocente para poder seguir lo que sobraba de la escena cortada. –Cámara uno, búscalo ¿Dónde está el presidente?- yo veía nada más su frente y algunos retazos de la acción en el presente, figuras barridas, ensimismadas, abrí el diafragma de la cámara y nada, apenas algunas sonrisas. –Lo estoy buscando, pero no se ve- y sí, mi tiro era el peor para describir lo que estaba pasando, después de cuarenta minutos lo pude observar y tuve que voltear para acomodar el cámara y ahí, a mi lado izquierdo se encontraba José Ramón Fernández, quería dejar el tripie anclado para decirle –Joserra eres la neta, dale duro a la selección que representa nuestra historia fallida-, pero no pude hacerlo, inmerso y ejecutante buscaba a ese alguien a quien todos querían congratular por algo y por nada, en ese protocolo muy a la vieja usanza priísta. Sí, poco ha cambiado, los gastos públicos eran (y son) repartidos entre abrazos y felicitaciones. Joserra ya se quería ir, no podía culparlo, en medio de todos los invitados no tenía con quién charlar.

El anfitrión cumplía en el atender a los invitados, le pidieron se encaminara al templete que tenía de frente, los cadetes militares le hacían guardia, estoicos e invisibles en la respiración. El cuadro de la cámara estaba en un plano americano, el fondo rojo pintado sobre la madera, un escudo nacional en medio, un atril con un libro para firmar en primer plano, y estaba preparado para un plano secuencia natural, virar unos segundos hacia la derecha, seguir los pasos, las sonrisas y de pronto, la pareja presidencial rubricaba el documento que daba fe de la celebración del bicentenario, era un instante ligero, no había palpitaciones, y sí, la mayoría aplaudía la acción sin vítores, como si celebraran un día más, de esos cotidianos que les sobran, se los permite esa certeza del saberse afortunados por acceder a lo que creen se merecen. La independencia de nuestro país ya estaba guardada para mejores ocasiones.

La noche pasó sin muchas aspiraciones para llegar a un clímax y en el epílogo de la celebración: Celso Piña ofrecía parte de su recital a la concurrencia que no le atendía, mientras yo cantaba:y no es por eso, que haya dejado de quererte un solo día, estoy contigo, aunque estés lejos de mi vida, por tu felicidad a costa de la mía-. La falta de respeto salió a flote por parte de los concurrentes cuando algunos ya comenzaban a salir en el transcurso del evento, y sí, al encuadrar con el zoom y el foco al escenario, es que la cantante del mariachi estaba ofendida, nadie cantaba los grandes temas del México del siglo pasado, que podíamos esperar de la farsa que se escabulle entre las pretensiones. Así, terminaba el “convite” sin mucho aspaviento, sin mucho que decir.

El palacio nacional quedo absorto, el instante estaba abolido en las cuatro esquinas y algunos diálogos retumbaban en el eco del retazo bicentenario, yo ya guardaba la cámara, el tripie y los cables cuando observé el libro conmemorativo en medio del templete, abierto en sus páginas buscaba algunas frases o firmas que sobraran en la madrugada, voltee a ambos lados y nadie de la producción miraba, y decidí escribir en el registro conmemorativo. Subí al templete y leí algunas líneas anteriores: –Sr. Presidente que este día de festejos sea un impulso para el gran trabajo que usted realiza, yo lo seguiré apoyando en su administración- pudo haber firmado Juan Pérez o José Sánchez, la verdad es que no me fijé, pero me pareció una frase inútil, ya que el “ Sr.” no leerá el libro y es más, les debieron haber dicho que no era un libro de recados y supuse en ese momento que mi frase tendría que ser diferente y escribí, esperando que el recuerdo no me traicione: – La independencia significa autonomía, para conseguirlo se necesita consciencia de la misma, y la confrontación en una guerra no es la vía para lograrlo. La educación y la cultura podrá generar lo que estamos buscando: un país del que estemos orgullosos. Andrés Villela-. No era una frase para trascender o encontrar, era una idea que había lanzado para poder ofrecerme una noche que simplemente pudiera recordar para después.

Salí del recinto sin antecedentes y a las cuatro de la mañana ya estaba en una reunión en la Narvarte. Mi independencia se encontraba en el sueño de un sofá-cama. Era lo único que necesitaba para continuar con el festejo de un Bicentenario algo fallido.

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