Bologna Centrale

-Benvenuti a bordo dil treno Frecciargento, capolinea Venecia-: es la lectura involuntaria de la señal luminosa en la pared del vagón. Estoy en un tren, a los lados, planicies mediterráneas de una Italia enojada por la crisis que despierta en tanto, es el virus de la economía griega latente en la comunidad europea. Las luces no se apagan y los rostros de los travelers algo adustos. Me sobran centavos de euros y la absorción de un momento sin sentido en una plática futura o en una anécdota sin contar. Sí, es el tiempo que siempre quisimos perder, sí, es ese preludio que no cuentas más que para pasar a la siguiente escena, al siguiente diálogo con importancia.

Se dobla la poca fortuna y sigue el sin sentido en las pantallas de TV que tan sólo muestran las ciudades que van en el trayecto, un bostezo y el reflejo de una mirada sobre la ventana del tren como advertencia. Mirar apenas con un sentido práctico sobre la región Emilia Romagna antes de arribar al noreste húmedo de Italia. Las campiñas sobresalen del paisaje, pero no por el invierno recién, no, es por el trabajo conferido en años seculares y milenarios. La ruta de Roma a Venecia atraviesa sin horizontes oblicuos, más bien perpendiculares, y el café fortísimo se entromete sin miramientos en el paladar, y de vez en vez, de entre los árboles sin hojas, un verde vetusto algo melancólico y fugado con la falta de nicotina. Intento leer la revista L’espresso y el protagonista, Berlusconi, el presidente rockstar. Mastico una menta para calmar el ansia y los colores del paisaje me enganchan, no es que sean más brillantes, no, simplemente la gama crece y los nombres son diversos para cada novedad, terminando por ser individuales, secretos.

Siempre es así cuando no te alcanza con solo mirar, y no, no hay que delimitar la información, quizás engañosa al principio, pero la constancia te lo confirma, existe una línea cromática novedosa, punteada con una necesidad tradicional de la estética sin pretender. Así es, viven en una realidad pigmentada. Escuchas, alguien atiende a la Traviata de Verdi en su Ipod y la música aún los mantiene en la tradición, aunque sea algo trágica. Atrás; unos ancianos, la conversación dista en Padua cuando recién salía del fascismo y sus grandes construcciones en los años sesenta. Imagino que el tren frena súbito como solución del momento inerte, cobrando algo de movimiento, algo de vida, pero no existe tal; he perdido, pensé atónito ante el destino.

Un ciervo nos mira en la imaginaria de los pre alpes italianos y mi atención va al giro en torno a ti, blanca, rossa y con los labios gruesos, sí, el ciervo te ha visto en este panorama inerte antes de llegar a Bologna. El café se mueve con el vaivén del tren y me acompaña una risa personalmente snob, pretendo sin sentido de fondo, y claro, hay una burla en la risa checoslovaca de ella. La angustia sin papeles, migrada y con un dejo de espesor clandestino, y sí, se sabe con el control de una consecuencia en la aventura migratoria. Un flirteo entre nuestros países, pero nos hace falta una fábula en nuestro modelo para armar conversaciones, y sin pensar, los idiomas ya no forman parte de una certeza, sin embargo, persigo su sonrisa en la conversación. No, aún no logro entender lo que ella dice y sigo el diálogo con las manos y veo que aspira, hace una pausa y se reconfortan sus rasgos. La acabo de conocer y juego a ser complaciente, cuando en verdad no lo soy, y llamo su atención con un juego de niños sobre la mesa, dedos arriba que caminan en el aire.

Se detiene el tren sin filamentos, sin guardianes y te diviertes hablando por teléfono a México, a tu casa en la Narvarte que no existe sin estar, un mundo paralelo, y te detienes en la boca de ella, alientos irrepetibles. Transgredo a la gente de enfrente, no me molesta, sé que estoy en un beso vago. Afuera ya está Bologna, e intuyo, espero, que hagamos el amor. Me ve complaciente, durante el trayecto disfrutaba que mientras hablábamos, yo pudiera escribir. Me preguntó: ¿Qué escribes en un mundo que ya no lo hace? y ya Bologna sobra de entre las vías del tren y tratas de entender el inglés checoslovaco, difícil. Se llama Ida y la conociste tomando una birra en la Piazza Navona de Roma. Ahora, salimos del tren y la estación yace ahumada, fría, nocturna, y pretendes saber que quieres morir en ese momento porque no necesitas un futuro sin el ciervo imaginario que vive para mirarla, amarla. 

E’ finito, arribamos, estamos en Bologna Centrale.

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