El credo del cerdo

Una idea saturada repicotea en el imaginario ahora que le beso el hombro a Lisa, me pregunto ¿será que mañana estemos así? entramados, y siento que es un momento irrepetible, sí, de esos que regresan cuando menos lo espero, y sin pedirlo, es una felicidad transitoria, verdadera en sus vértices más visibles. El olor partisano de ambas pieles, de una sociedad confortable e instantánea por las mañanas inundadas de costumbres, y no me debe importar nada.

Estoy trabado en el entresueño, una madrugada de éste otoño viejo, en un octubre sin aniversarios y no me acostumbro al frío, veo, la calefacción en la esquina del cuarto, inútil, se descompuso en 1958, así menciona mi abuelo Noé cada vez que quiere encenderla, una antigüedad miope, silenciosa en los bulbos, deberíamos venderla en el mercado del jardín Pushkin, siempre hay alguien ahí que quiere comprar algo de segunda mano, pero el abuelo no quiere, puede más la pertenencia que el sentido práctico del olvido. Me molesta el frío seco, y estrujo la cobija en mis brazos, trato de ubicar mi olor de entre las sábanas y sobra el olor de la descomposición de las sobras en el mercado Hidalgo.

Escucho el chillido de un cerdo y el grito desesperado de alguien, ruidos de ajetreo, un silencio abrupto, escalofriante. Rezo para poder dormir.

La humedad de las paredes se instala en mi nariz reseca y los gritos del vecino de a lado para despertar a sus hijos es un cuento de nunca acabar. Lucio el perro, ladra buscando algo de calor, mea exquisito sobre el patio y una patrulla pasa por la calle Dr. Durán, ruidos en simulacros cotidianos y mi hermana acecha por la ventana, apenas y entra el sol silente por la recámara; Mateo, un cuidador de autos le persigue de diario cada vez que tiene que salir, le he dicho que quiero acompañarla pero siempre ataja a señalar: -no, estoy bien, no quiero que piense que tengo miedo-.

En la cena, nos sobraban algunas conchas, siempre están a la mesa desde que tengo uso de razón ¿mi abuela sabrá que hay algo más para cenar? es inquietante esta sensación de que muchas acciones diarias sepan a lo mismo.  -Javier come, mira te hice un champurrado pa que las remojes-, y sí, son parte de una fotografía, fantasmas de la costumbre que ahuyentan las miradas de un futuro detenido. Así es siempre, y más cuando huele a frijoles quemados sobre la olla de acero azul.

Lo sabía cuando llegué del trabajo, la suerte estaba echada, las cuatro esquinas estaban repletas de policías. Lucio estaba de frente a la puerta del departamento, ladraba en conjunto con los ruidos interminables de barrio, en la ventana: un cielo ennegrecido, grotesco, y el terror, la mirada blanquecina de mi hermana sobre el piso del departamento, tranquila, diluida entre el amanecer, y es que Mateo no le había pedido permiso para ultrajarla, no, sin explicaciones el hijo de mil putas había golpeado a tres vecinas buscando, escarbando entre la tierra mojada, oliendo entre la muerte exquisita para satisfacer, sí, para satisfacer sus ideas marginales que revoloteaban entre las moscas, no le fue suficiente y terminó por acabar a mi abuelo estrellando la calefacción en su cabeza, desfigurando un recuerdo, y mi abuela terminó por desmayarse para nunca levantarse al pegarse con la cabeza en el borde de la mesa. Alrededor, las conchas sin sopear.

Un cerdo de entre el mercado me observa, está parado, cruel, al lado del basurero del mercado sobre la calle de Dr. Arce, mira al igual que yo a este cuerpo de espaldas tirado sobre las bolsas azules y blancas de plástico, sobra el dolor putrefacto. Lisa me abraza leyendo un rosario, llora por mi falta de fe, es que, acabo de matar a Mateo.

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