Jugando a la Rayuela en casa de Cortázar

No sé porque en Enero del 2011, en la decisión de ir a París, no pensé en redactar el trayecto o siquiera la crónica de cómo llegué a la casa de Cortázar, ahora reviso esta crónica, y se lee pedante, pero es un mal necesario, debe ser que ahora, en el Apocalipsis mercadológico me he instruido para acabar algunos pendientes pendencieros,  y creo sin temor a equivocarme, que solamente es un mal pretexto para compartirlo con el azar, ya que tengo fotos, ya que tengo recuerdos colgados en el libro Rayuela, es (ubico) un afán lúdico y claro, exponencial a la infinita potencia.

Al saber que podría visitar París con mi esposa, ubiqué los años en que Cortázar escribió una de sus obras más significativas y caóticas, y supe que debía visitar el departamento dónde se alojó hasta el día que murió, quería comenzar una catalítica costumbre: oler a los muertos y robarles algo de historia, aunque, en razones aparentes tenía que reconocer un espacio real y no literario del escritor, busqué en Internet (como hago ahora para recapitular las referencias) y en el mapa de París sabía que cerca del Metro Chateau d’Eau (la línea 4), se encontraba la Rue Martel con el número 4, que fue donde murió en el año 1984,  y yo, estaba hospedado cerca de la estación Saint Mandé (la línea 1), a la orilla este de la ciudad, era, recuerdo, un trayecto de aproximadamente una hora, sin traspiés, sin muchos esfuerzos. Leyendo ahora las referencias, hay algunos artículos sin mucho que abordar, el más sobresaliente es el del maestro Augusto Monterroso escrito en las páginas de la Jornada en el año del 2002, dónde los párrafos terminan en esquinas silenciosas, dónde el dinosaurio iba de París a las oficinas de la ONU en Nueva York en la sencillez de un cambio de oración, dónde recuerda a Carol Dunlop y a Julio como unos fantasmas cercanos, y yo, estrecho en la actualidad, alcanzo a sonreír.

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Foto Andrés Villela

Instalado en el metro, quise ubicar la luz que iluminaba la cara melancólica del Perseguidor, ya era un martes de invierno con pisos sin mosaicos en los vagones del metro. Miradas caminando sin ecos hacía el pasado inmediato de los túneles con azufre y la tarde nebulosa se iba en el imaginario rapaz sobre las paredes. Un silencio frío, húmedo, salí de la tangente y parado en el oblicuo vagón con color menta me di cuenta que había terminado mi trayecto.

Caminé y nadie seguía la pregunta.

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Foto Andrés Villela

Los andenes no hablaban demasiado e iba con prisa, al subir las escaleras que dan a la calle, dos personas esperaban a alguien, me voltearon a ver, pero terminé con la expectativa de manera momentánea, siguieron con su conversación,  mientras, la calle se erigía en tonos grises, era a veces, sin pretenderlo, como una foto en blanco y negro llena de caducidad en las fechas, y  quise recuperar el aliento, entonces encendí un cigarro y caminé hasta llegar a la esquina de Rue Martel con Rue Richer, y miré enfrente, un edificio de cinco o seis niveles, abajo un portón grande, al lado una placa dónde mencionan que ahí vivió el escritor Julio Cortázar, no encontré con quien compartir una conversación espontánea, y sí, no supe que hacer, en retrospectiva, veo, era demasiada la improvisación, ir, tocar la puerta, tomar las fotos necesarias, salir, regresar, pegar todas las páginas del libro Rayuela sobre las paredes y entonces preguntarle a las ventanas si es que vive un cronopio para que cante en medio de la lluvia, o una esperanza por despejar las dudas personales.

No sé, creo, debí dejar una nota de agradecimiento (o esta crónica que no escribí) para que alguien más la lea y sepa que ahí, es un punto dónde el imaginario latinoamericano tiene una referencia.

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