Semáforo en rojo (cuento corto)

La madrugada se dobló aburrida, harto observo el reloj del celular, entonces elevo un murmullo al benefactor de la reunión -que bueno que traje el vino tinto, no aguanto la pinche certeza de venir sólo a esta fiesta– escuchamos Breakbot, se detiene el track y el espacio enmudece árido, volteo a la pared condescendiente.

En el monólogo interno delimité la fe nocturna en el zócalo de la pared, y escojo otra idea para escabullirme, leo un tuit recién con el hastag #absurdo: Sal al balcón a ver si hay un camión repartidor de carnes frías//☞ a veces es un buen distractor para fiestas aburridas pero no hay balcón.

La veo ahí, sentada, contrasta con la pared ocre gracias a la blanca tesitura de su cuello, y su voz busca una interacción superficial en todos las conversaciones, ligera en la mirada, a veces intermitente; aspiro y hago consciente que extraño el empezar conversaciones para poder intercambiar palabras y traspasos, roces análogos, donde el cortejo me crucifique en un altar melancólico, instantáneo, casi binario, y trato de hablar para todos en la reunión sin ningún tema en específico: -El semáforo es un parámetro para calibrar que tanto somos corruptibles. Todos nos hemos pasado siquiera un alto como acto natural, no conozco a alguien que no se haya pasado un semáforo en rojo como acto de sacar ventaja, de impaciencia, o de siquiera diversión. Yo, en estado consciente del saber que es una regla que debo seguir, aún me cuesta trabajo cruzar sin sacar ventaja de su color-.

Entonces expongo un silencio, nadie contesta, eso me pasa por ser un antropólogo desechable.

La extraño, busco su mirada y sin pretender, rozamos los pies con extrema precaución, deviene mi primera ansiedad de la noche y es que nuestra fugaz relación se basa en lo que podría pasar ahora, mierda, y ¿ qué le digo ? que espera tan atroz y se agota el minuto siguiente, entonces quisiera brincar éste primer interrogatorio, pero el espacio compartido ya es una pequeña jaula para matar aleteos.

Lo logré, me tuve que tropezar con ella y ya me inquiere acerca de mis proyectos personales – los he matado a todos de un tajo, pero gracias al tiempo libre soy especialista en pasta a la boloñesa-, se ríe y le pregunto por su historia recién -he viajado poco, pero extraño a mi perro, lo dejé hace un año con mi ex-cuñada- y ahí, sin más me contó cada una de sus sentencias actuales. -No, aún no me recupero, sigo en duelo- callamos e imagino una conversación con ella: sabes, me incomoda saber que hoy nos acostemos, pero mañana, en el celeste trazado en luz violeta no podremos vernos en la manía natural, y necesitaré de las pequeñas diferencias, o de esas costumbres que nos permiten estar vivos, dónde yo podría contar un chiste y me dirías imbécil, pero no, no es así, así no está en el guion.

En medio de mi silencio se va al baño.

Me siento en el sofá-cama que sobra de la sala, sabemos que el silencio tiene algo de razón, saldremos de la reunión y tomaremos el automóvil, nos perderemos en esa esperanza para saber que hay algo más fuerte que nosotros, y así, podremos compartir nuestras sintonías sin temor, de repente, al llegar a su departamento la ansiedad moral ya no lo será, y a nuestro beso le pondremos el nombre de una canción: Post Break-Up Sex de The Vacinnes, entonces haremos el amor de manera miserable, y después, sabremos por los chismes de los amigos, que mi esposa para ese momento ya se habría ido del departamento.

Me ha pedido el divorcio esta mañana y lo único que me dejó fue el semáforo en rojo.

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