La irreverencia de morir escribiendo

Hoy me tropiezo en la irreverencia de morir escribiendo. El café me sabe intransigente. Un mexicano en Buenos Aires escribiendo una despedida… ¡habrase visto¡.

La niebla porteña se estanca en la taza y el sueño arrendado se pasea entre las teclas de esta máquina de escribir. Me cuenta que llevo tres días sin dormir, días en los que trato de disipar palabras para que me expliquen por qué Buenos Aires hoy se levantó tan de madrugada y se colocó de frente al destino.

La mesa de madera cruje con el viento y lo que sobra del polvo se deviene en silencio cubriendo mi pesar. Las hojas de algunas plantas se balancean de entre la luz blanca del sol de invierno y mi respiración se hace más fuerte. Pongo la mano sobre la ventana y veo la avenida Directorio en el barrio porteño del Caballito. Viejos edificios con herencia europea me preguntan -¿qué escribís che?-. Será que a mis 70 años queda poco por escribir.

Mi barba blanca cae en el ocio del sillón y la televisión no sirve, ayer, en un arranque de irreverencia la empujé, no tenía de dónde sostenerme en el vacío, quería enviciarme con la señal televisiva y, al prenderla, ya no podía seguirme. Es que no entiendo este mundo, me perdí en algún momento y la TV, junto con mi sensatez, rodó por el piso. Ella me hubiera dicho -no te compliques, este mundo se perdió el día que la leche amaneció con el apellido light, ¿qué te parece sí te preparo café y vemos la televisión?– Me río, se vuelve absurdo recordarla.

Todos estos años de acompañar mi parte complicada me hizo olvidar cuan voluble puede llegar a ser mi cabeza y cómo ella la podía moldear tan naturalmente con su ligereza. Ahora que murió, mi parte complicada regresó más fuerte que nunca, no debía compartirla, era necesario hacerla mía.

Este artículo que escribo es mí despedida como corresponsal de México en Argentina: un pendiente de vida que se ríe desde el post-it colgado de la conciencia. Cuarenta años de escribir y toda la memoria se dispara directo a esta soledad que ya no proyecta más, ¿la última palabra será parte de la última exhalación?… el cansado respirar dejó de importarme.

Me detengo en los ecos de mi hogar, de afuera se viene la calle con los gritos de Peronistas, de las Madres de la Plaza de Mayo, del campeonato del 78, de las Malvinas, el coro al unísono de las Cacerolas, me construí toda una vida con cantos de esperanza, ¿qué será sí es que me regreso a México? Buenos Aires me huele melancólica y ahora que mi Andrea Caletri no está, pues es más fácil que el rumbo me lleve a mi país, confirmando que los caminos siempre han de llevarte a dónde debes estar sin preguntar por qué.

Es que me duelen las manos arrugadas, las venas ya pesan en su torrente y me siento a escribir:

“En esta despedida no puedo hablar de mí y de toda esta historia que me cargo, veo que en el análisis de la escritura cotidiana olvidé que el valor no está en las noticias. Tantas personas que pasan, tantas historias que se cruzan, ninguno de ellos me conoció, ninguno de ellos pudo compartirse en alguna parte de lo que no escribí.  Mi parte objetiva me hacía controlar sentimientos para que pudieran sentirse cómodos con lo que redactaba, lo profesional se quedó en lo paradójico del no vivir en lo que me pasaba alrededor.

Evaluar…sentir, son las hojas del invierno porteño, es la brisa de tu mar mujer que se impregna en mi rostro…

Esta es sin duda una inútil confesión de cómo al despedirme de todos ustedes no puedo realizar una hipótesis o un análisis serio de lo que pudiera ser una semblanza de mi accionar. Nada de lo que pasó me puede regresar lo que gané o perdí. Respiro y veo…no puedo hablarles de nada más, porque nada más esta pasando…me voy viviendo y me voy muriendo.

A Andrea Caletri.

Sin vos, ninguna palabra.

Jorge Alberto Vizcarra”.

Me voy para México. La historia se acaba en Buenos Aires. Nuestros hijos ya me esperan.

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Bueno, ya acabé. Esto de contar historias siempre me deja con ganas de un café. El editor me espera. Espero que no se enoje porque utilicé su apellido (Caletri), terminé el cuento que mi pidió para su despedida, se va de regreso a la Argentina.

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