El Candado

Salí a caminar y me rodea un cielo blanco único, pálido en los enseres húmedos, bruma intermitente y en medio, una pareja en la banca de la plaza, ella lee el libro Las Pasiones del Alma, filosofía de Descartes y él se resbala lentamente al ras de su hombro, besa sin miramientos un escapulario que le cuelga del cuello. Silencio. Me sorprende la ruptura y creo sin manifiestos que decaen en un arrebato momentáneo, y pienso después, que bien que estoy soltero, ya que por costumbre puedo dormir con verdades a medias y sin culpas de por medio.

La niebla me distrae y consigo una epifanía, he tomado una decisión, compro un candado para el cuarto de la azotea, subo las escaleras, miro la ciudad sin calificativos, entonces, aviento la llave del candado y oigo a la distancia el sonido metálico al caer sobre el asfalto, cierro por dentro de la puerta con el candado, y es que ya no quiero salir, me quiero dormir hasta desaparecer.

Sí, evaporarme con una filosofía a medias, con el deseo sereno y claro, sin la ceguera de la fe.

Libre.

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