El cigarro que me sobraba en el recuerdo

Llegué cansado al aeropuerto el Dorado, afuera, en la acera, la gente delimitada por una cadena ya espera a los parientes, gritos buscando nombres lejanos, sonrisas con acento, abrazos alargados en la espera, todo en medio de la costumbre colombiana de arribar, mientras tanto, yo incrustado en un soliloquio abordé un taxi en la madrugada recién, y le suscribí al chofer mi necesidad de un hotel barato, veinte dólares la noche… me pesa el aliento y el aire acondicionado se revuelve con un arrullo pausado. La humedad es excesiva.

Le marco por teléfono y su voz se repite: “¿Cómo puede decirme eso?”. No lo sé, ha de ser mi necesidad de doblarme al final de la conversación para hacerte ver que no pasa nada, recuerda, es nuestra tradición. “Lo hice sin pensar, discúlpame”, y es que nadie me ha enseñado a discutir.

Se quiebra la noche por uno de sus lados, llueve sin presagio y quieres que me instale en donde los problemas te hacen reír, pero no puedo, no ahora… siempre está el instinto que me empuja en el perdón que se me olvidó en un cajón que nunca se abre. Recostado sobre la cama del cuarto de hotel, la ventana obtura la luz de los faros salpicada por la lluvia, fango personal. Me rasco el pómulo, buscando con ansia al esqueleto. Con el auricular en mi mano, imito a una estatua que no respira y que pretende escuchar que la línea del teléfono ha quedado en coma.

Cecilia se ha ido esta noche y se ha llevado todas las palabras.

La cordillera bogotana se pierde en la esquina contigua. Me rebota el verde esmeralda. Infame. Tomo Carrera Séptima y entro a la cafetería del Planetario Distrital en el Parque Independencia. Sólido, y noto sin excusas, que Ciudad Bogotá en su apellido lleva todos los muros de ladrillo rojo que pudiera haber imaginado.

Venir a otro país para cerrar un ciclo ¡qué pedazo de búsqueda sentimental!, ¿es necesario? es necesario buscar un doctor para desaparecer a éste mártir de bolsillo que me cargo, o es necesario que la tarde abra paso al futuro sin instrucciones para adelantarlo. No lo sé. El café sobre la mesa roja está intacto, no he tomado ni una sola gota, se espesa en la parte de abajo, arriba algo transparente se funde con el aliento gris del cigarro y empieza otro episodio de una tragicomedia latinoamericana.

Ella viene de frente, envuelta de gotas inciertas, tímida en medio de la exquisitez bogotana, algo medrosa mira al piso, piensa qué decir, despertar y reconocer que nunca existió; sabe que la verdad no puede ser un ideal para todos. La bufanda le cubre las mejillas, y en las hojas secas se escucha: “no hay mucho por hacer”. Me ve, Oscar viene a su lado, quiere jugar a las canicas.

Cecilia se sienta en la silla con respaldo de alumunio, cruje en el ánima: “¿Cómo está Pablo?” baja la mirada pidiendo sensatez y termina diciéndole al mesero que quiere un vaso con agua. Oscar toma del agua de Cecilia sin pretender meterse en la conversación. Respondo, trato que sea con soltura:  “Bien, aquí en otro país, sin nadie por conocer y con esta idea de saber que viene una buena plática”.

Cecilia piensa y toma de la mano a Oscar, se ve algo perturbada, una verdad le sale del pecho y se atora en la garganta. Inquiero sin pesimismo, y sacudo mi testa: “Pues ya me dijiste lo de Oscar, pero no sabía que era la causa del silencio durante tantos meses”. Miro a Cecilia, ve el reflejo del ventanal que está al lado de nosotros, afuera la gente camina, conversa, vidas en colores que buscan la paz social, duradera. Responde: “el silencio fue mi opción, no puede juzgarlo, no puede siquiera pretender hacerlo, cree que ha sido fácil para mi, usted siempre buscando cerrar los ciclos en su tiempo, en su forma, necesitaba de este espacio para pensar y saber qué iba a pasar con mi vida”. Miro a Oscar y le digo: “es gracioso cómo te puedes tomar un espacio con él. Claro, así es más práctico” , Oscar se ríe y va al baño, o eso creo, a Cecilia le sale una lágrima y me da una bofetada: “Usted siempre padre, psicólogo, sabe, yo no podía estar como si no pasara nada, no podía siquiera respirar pensando en lo nuestro, dejé Colombia por usted y no lo valoró. Al final, yo ya buscaba mi camino, y dejó que así pasará. Actuó como un autómata”.

Oscar regresa del baño, hace una pausa y me reclama, los gritos aturden la cafeteria, necesita escucharse para saberse vivo, y un sarcasmo sincopado, suena Maná a todo volumen en un bus, un dejo del pop básico de mi país, absurdo efecto doppler. Cecilia se mantiene en oraciones que no concluyen, suelta el llanto de manera tácita, sin disimular.

Le miro: “ Te fuiste al igual que un fantasma nuboso, nihilista, podríamos decir, sí, que mo lo gané por egoísta, pero necesitaba una última palabra, y la lejanía aturde, porque en mi recuerdo también te quise”. Hace una pausa, Cecilia se limpia la nariz: “por eso estoy aquí”. La sencillez se presenta con Oscar: “Pablo, lo logró, ¿ya se siente mejor?”. Lo miro fuerte: “No, no estoy mejor…hago lo que considero pertinente, aunque te cale después”.

«Egoísta de mierda».

Oscar me da un puñetazo, caigo y no deseo reaccionar, la verdad ya lo esperaba de alguna u otra manera. Cecilia se levanta y empieza a correr, algo se le rompió y no sabe qué es. Oscar le sigue, ya son un problema por solucionar. Termino por pagar la cuenta, me voy caminando al otro lado, un viaje abonado por la vida para conocer lo que ya sabía: -Soy un egoísta de mierda-. El egoísmo me ha sido insuficiente para ser feliz.

“¿Sabe?, me gustaría regresar a Colombia, ¿se iría conmigo Pablo?”. Su mirada brilla, se me sale una sonrisa, me aprieto la bufanda, golpeo el filtro del cigarro en la pared y le digo de broma: “claro, nada más espero que no te vayas antes y enojada. Me gustaría en algún momento poder decirte adiós, porque ¿sabes?… aún te querré”. «No sea imbécil Pablo».

“Adiós Cecilia” y prendo el cigarro que me sobraba en ese recuerdo.

Mercado de Pulgas, Zona Centro, Bogotá, Colombia. Foto: Andrés Villela.

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