Ghost in the shell ¿Es el alma nuestra única virtud?

Entro a la sala de cine y recuerdo que la película está basada en un manga del año de 1989. El Cyberpunk japonés le funciona como estafeta, y pienso en los años grunge que estaban por venir -no puedo esperarte hasta fin de siglo-. La película Matrix es sin duda una variable de éxito que surge como antecedente y Dreamworks cree en el proyecto, así como en Scarlett Johansson para satisfacer cada pequeño rasgo de un personaje que flota como diosa húmeda (tecnológica) en el imaginario colectivo (de culto) en los noventas.

Masamune Shirow es el dibujante del comic original, y el titiritero que Mokoto (Scarlett Johansson) busca para retarle, y ver que el fallo original, la memoria, es culpa de él, como padre, como dictador. Un premisa de la literatura básica, anquilosada.

Primera secuencia, un golpe seco en los sentidos: las geishas automatizadas son dibujos sombríos, trazos inertes de personajes que sabes te traicionarán sin saberlo, que te ofrecerán sake al mismo tiempo que te borrarán información hasta matarte. De ahí, sabemos, claro, que todo puede pasar.

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Mokoto revive en medio de imágenes excelsas, sacadas de lo mejor del imaginario oriental, y duda en respirar, y ahí, el alma y la filosofía como ejercicio humano van más allá de los avances tecnológicos. Las viñetas, en este caso secuencias, son aderezadas con trazos de un futuro no tan lejano donde vemos una megalópolis llena de abstractos y departamentos silentes, anónimos, sacados de nuestros complejos sociales que buscan el cielo más allá de la torre de babel. Los hombres y mujeres desfilan como sombras, indolentes ante sus grandes construcciones, adversas, llenas de vaho, y con respiros básicos para sobrevivir entre la tecnología y el libre mercado. Los fotogramas (sin duda) delimitan pinturas esotéricas y tecnológicas, un lenguaje japonés que impresiona en cada uno de sus contraluces.

El libre albedrío o el destino sin manifiesto son sinónimo de terrorismo, los cuales se ubican en medio de grandes corporaciones que parecieran no tener fin. Resuenan como ecos de nuestro pasado animal, espiritual.

Mención aparte, Juliette Binoche en un justo revival, se absuelve materna en ésta historia de ciencia ficción. Scarlett por su parte, juega a ser robot y en su mirada se puede ver un cristal totalmente agudo, delineado, y enmarca una actuación impredecible, detrás de ella, Mokoto, un cyborg al que le falla la memoria y es pertinaz en ese asunto de oler el pasado como intuición, como esfuerzo de un mundo mejor, más allá de las imágenes transparentes, publicitarias.

Es una historia que describe como la tecnología se oxida con la melancolía, sentencia divina del género de ciencia ficción, esa misma sentencia que engloba al individuo (seas humano, cyborg) en un círculo de vida no retornable, desechable, al fin y al cabo nuestra esperanza como humanidad nació muerta el día que ya no supimos que hacer con nuestros juguetes de avanzada, con nuestros fantasmas recientes.

Sé bucear en silencio.

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