Me raya la rayuela

Mujer te repites en las paredes, es el eco del saberte en tu voz distorsionada:– Qué pasa que no contestas mis mensajes-. Te escucho desde el altavoz sin ansia, mientras tanto juego con una pelota pequeña rebotándola sobre el piso. Ando buscando el centro de este espacio que nunca termina por quedarse quieto.

En la mesa de esta sala se encuentra el libro Rayuela de Cortázar, dónde quemo el tiempo con cada hoja impresa del capítulo 56. Leo y releo para saberme parte de este juego que como una escena se imprime en la memoria:

“Caminas distraída para encontrarte, te aplazas en el recuerdo y juegas a la rayuela en cada pedazo momentáneo de este lapso sin línea temporal”.

 -Hablemos del principio-: me corregiste.

Me como una jícama con limón, respiro en las encías y le digo: -El principio parece siempre debe venir con un hola ¿cómo estás?, pero… a ver espera, que te parece sí comenzamos con la despedida, así ya no habría fatalidad en el decir adiós-. Se me queda viendo con cierto reproche, sus pómulos rosas y la sonrisa burlona me lo hacen ver.

Voltea hacia el piso, se toma de los cabellos, piensa y me dice: -Si el final es el principio ¿Qué es lo continúa entonces?-.

Suena el teléfono, dejo la pelota en la mesa de la sala y contesto: -Adiós mujer, gracias por la jícama-. Ella ríe: - Hola, ya sé que sigue, continúa esta idea del saberte jugando a la rayuela-.

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