Ave pintada de negro

Caminar en este pedazo de playa, desde hoy su nombre ya se puede ir con la indiferencia. El frío rompe en la espalda en este panorama que fallece, es acompañado de gotas negras, frías, que sobran de la desgracia y que dan de lleno en el rostro. El cielo nublado se apetece con el mar ennegrecido, algunas aves vuelan, son siluetas frágiles y en la orilla de la playa, bultos de peces se conglomeran en bultos mortuorios. Es el petróleo, ayer en la tarde un buque tanque derramó combustible, varado por el temporal no tuvo otra opción. Son las sutilezas de la industria que no para, y es que ¿cómo un hijo de mil putas no puede tener nombre?, es una catástrofe anónima donde todos somos culpables.
 
La gente se acerca de a poco, se colocan como estatuas de sal observando como parte de su historia desapareció, todos abrigados, se abrazan limpiándose la melancolía, la impotencia. Es este un pueblo pesquero, arrasaron su identidad de un tajo, no ha quedado nada.
 
Escucho un grito: — ¡Daniel! -, es Cristina, la deje en la cama, nuestra casa está en frente del mar, me levante con olor a mierda y no pude siquiera avisarle, no quise compartir el primer momento de nulidad, como poder acompañarse en el asco. Se acerca corriendo, me pega en el pecho: ¿Porqué no me avisaste?-, no le contesto, sabe que no quiero hacerlo, se cruza de brazos, está enojada, y sin preguntarse nada se acerca al mar y recoge con sus manos parte del agua empantanada, se dobla, queda en cuclillas y se toma de la cara. Despertarla para esto, no queda nada más inquirir. 
 
En medio del insomnio al estar contemplando es que escucho unos disparos, a contraluz alcanzo a ver a una silueta disparando al suelo, me adelanto a la pregunta, me aproximo y es Juan disparándoles a algunas aves que yacen en la arena, canaliza lo inútiles que podemos llegar a ser, me dice: -No te acerques Daniel-, no me hablaba así desde que murieron sus padres, nunca supimos como fue, el funeral se siguió en el secreto. Sus ojos brillan de rabia, su boca esta encajada, tiesa, pálido de miedo, sus ojeras se acrecientan, se limpia la boca y vuelve a disparar, ¿qué hacer?, me quedo a un lado escuchando cada disparo, uno a uno se instalan en la consciencia, son preguntas sin contestar, se acerca Cristina: — ¡ya deja el arma!-. Juan voltea y le apunta con la mirada: — ¡Tienes alguna mejor idea, estos animales ya están muertos!- , Cristina le vuelve a pedir que deje de disparar, Juan carga cartucho, jalo a Cristina y la abrazo, Juan voltea hacia el cielo, dispara, se escucha el eco en toda la playa, la gente alrededor comienza a alejarse, toman camino para la carretera, los disparos les hacen reaccionar.
 
Juan se deja caer, aspira, los tres nos quedamos en anónimas transparencias, no podemos ver más allá de algo que se nos perdió, pero habla Cristina: — alguien tiene que limpiar esto-, observo, son kilómetros de arena y agua contaminada, es el lugar en el que vivimos, limpiar nuestro hogar, nuestro pasado, recomenzar en lo perdido, seguramente vendrá la ayuda federal, habrá ayuda de organismos internacionales, se escribirán notas en algunos periódicos, el presidente mandará sus protocolarias condolencias, y en algunos años la indiferencia volverá su lugar…la raíz del problema seguirá su camino a través del dinero.
 
A lo lejos veo a un niño, se va acercando, trae algo en las manos, se sienta sobre una roca, y empieza a frotar lo que trae cargando, trato de no interrumpir el momento. Juan voltea y habla a través de una melancolía entregada: -Mis padres antes de morir me dijeron que cuidará de mi trabajo, de mi hogar, que estuviera consciente de lo que tenía, porque eso es lo que me mantendría con una razón de vida. Ellos murieron ahogados, odie al mar, como odiaba mi propia vida, y ahora que veo tanta mierda, recuerdo sus palabras, agradecer al mar, agradecer a la vida por lo que tengo…no, no me queda nada…-, en medio de la sorpresa, es que noto que no hay mucho por decir, Cristina le da un abrazo y Juan comienza a llorar. El mar siempre te ha de dar lecciones, con desgracias y con vida, él trabajaba como capitán de un barco pesquero hasta que lo jubilaron.
 
Cristina le ofrece un té, él acepta y se van a la casa, el niño sigue sentado en la roca, me acerco y veo que trae una gaviota matizada de negro, apenas y respira, el niño me ve en medio de una inocencia trasquilada por el miedo: — ¿por qué el mar esta pintado de negro?…-, como decirle que lo negro del mar es un símbolo nada más, como decirle que las tragedias son momentos que marcan nuestro camino para que se de el movimiento, como decirle que en medio de la mierda es cuando sale la fuerza para seguir adelante, como explicarle que las respuestas siempre llegan tarde, yo queriendo escaparme de la ciudad y su frialdad, me cambie acá , huyendo de mi idealismo confrontado, la psicología estudiada no ayudaba para la neurosis colectiva, gané mucho dinero pero decidí instalarme en una vida más tranquila. Ahora me encuentro con esto, la inercia nos sigue a todos lados. 
 
Cristina regresa, su caminar es trastabillado, lento, tiene que levantar los pies para no tropezarse, trae su cámara de video, es periodista, a ella le pareció buena idea el estar aquí, su investigación se basa en el nuevo camino de la vida marina gracias al cambio climático, la tesis ahora puede tener un giro radical, trabaja para organismos internacionales que hacen seguimiento al Protocolo de Kyoto. Se instala a un lado de nosotros, empieza a grabar y dice a cuadro: — Esta mañana la intransigencia de la industria sigue con su caminar avasallador, esta ciudad pesquera perdió su patrimonio, muchas familias han perdido su forma de subsistir, y sé que lamentablemente a nadie le importa, ¿qué tiene que pasar para que el mundo se de cuenta de lo que estamos haciendo? -, el niño puso atención a lo que dijo Cristina, se acerca a ella y dice a la cámara: — Yo quiero inundar a todos los barcos, para que dejen tranquilo al mar-, Cristina va a la cámara y veo que enfoca a la gaviota que trae en las manos, el niño continúa: — esta ave ya está pintada de negro, así no era, y ella no puede hablar, pero sé que esta mal, vean -. Cristina empieza a llorar, la imagen es demasiado fuerte, los ojos de la gaviota brincan buscando parte del instinto, sus plumas están atrapadas en medio del petróleo, no hay sangre, pero es la angustia la que hace mover sus patas delgadas, busca el zafarse, y las manos pequeñas del niño se contrastan con lo negro de la arena que se ve en segundo plano, la cámara se queda estática y yo también.
 
Escuchamos un disparo, ¡Juan!, corremos hacia la casa, la angustia se queda atascada en la garganta, siento como las manos quieren alcanzar al pasado inmediato. Cristina se tropieza, la levanto, llegamos al portón, aviento la puerta, y la pared en rojo salpicado contrasta con el blanco que sale sobrando. Juan sentado, inerte, encontró su respuesta, le cierro los ojos, mi tristeza sale con un golpe seco en la pared, Cristina se quedó en el grito suspendido por más lágrimas, está sentada en el portón, enfrente de ella aparece el niño, éste deja la gaviota sobre las escaleras, Cristina lo detiene, le tapa los ojos, y él le dice: — si el ave ya se murió ¿porqué me tapas los ojos?-, cierro la puerta, me recargo en el piso y es que me doy cuenta…podemos ver como matamos al mundo, podemos ver como la gaviota muere, pero no podemos permitirnos el observar que un amigo esté muerto, pero son muertes del mismo palo, del mismo momento, es una cadena, es lo que somos.

Juan murió, sí, como una ave pintada de negro y aun así, no le queremos ver.


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