La búsqueda y cómo me perdí en la montaña mágica.

Sí, sí lo sé, tengo el presentimiento de que en unas horas me tengo que repetir en una imagen seria con los padres de Estela. La zozobra se coloca en la situación. Necesito el libro La Montaña Mágica de Thomas Mann para regalárselo a mi suegro. Es un presente prometido que me lleva a caminar entre las librerías de la calle empedrada de Carrillo Puerto, en el barrio de Coyoacán.

La pretensión se pasa por un lado pero en su lugar se queda el siempre bienvenido orgullo. La circunstancia y éste libro así me lo permiten. No puedo hacer mucho: siempre hay un libro que no conozco. “Dale, mirá que es un Nóbel alemán“: me dice un uruguayo burlón que vende libros, de esos que a los demás les sobran. Estela me lo pidió ayer: estábamos bailando y la tomé de la cintura, se dio una vuelta al pregonar del Afro Cuban All Star y su espalda quedó en mi pecho, la besé del cuello y me dijo bien romántica: “le tienes que regalar a mi papá el libro La Montaña Mágica, es su cumpleaños el domingo ¿lo has leído?“. Parte de mi rostro cayó en pausa: “no, no lo he leído“.

Por personas letradas y con ganas de que yo me entere de su vida, ahora sé que el señor era alemán y que vivió sus últimos años en Zurich, nacionalizado estadounidense, escribió Tristan, Los Buddenbrook, Muerte en Venecia entre otras; diferentes caras en diversas tiendas me armaron esta sinopsis, pero cual fatum burlón veo que el libro está agotado en todos lados.

Me rasco el codo, así pasa cada vez que estoy nervioso. Camino entre algunos charcos que, como estática fluvial, distorsionan el reflejo de mi caminar. Llevo al señor Mann colgando de la sien. La esperanza, el viento y la lluvia no hacen más que empujarme a esta necesidad de encontrarlo. Estela seguramente me espera en la sala, lee a Lovecraft debajo de una lámpara encendida, hojea el libro, la mano izquierda se desliza entre las piernas y de reojo masculla sus sandalias. Toma un sorbo de vino tinto. Arregla su cabello con un lápiz y cuenta una historia, dos, ve el reloj y pretende hablarme al celular, duda y no lo hace.

Yo sigo buscando, mañana domingo será difícil el conseguirlo. ¿Qué será? Me armo entonces una historia del libro: el protagonista tuvo que subir a una montaña y pensó en encontrar un libro que le pidió su mujer, y de entre elfos y duendes el libro apareció, o será que de la montaña salían palabras en lugar de hojas y él escogía algunas para escribir y así tener un lugar en la historia. Es tarde y tengo que dejar de pensar en pendejadas.

Me llevo el cigarro a la boca. Nervios. A esta hora tan sólo quedan bares abiertos, por eso me meto al Hijo del Cuervo y a cada persona que veo con un libro le pregunto, busco una casualidad pero no me dicen nada y sus miradas se siguen en dónde los había interrumpido. Le pido al mesero una cerveza, me llevo las manos a la cara, el sudor ya cae con vergüenza y de entre mis dedos observo una bolsa que creo reconocer, dentro de ella se alcanza a ver un libro. Me acerco y no lo puedo creer: ¡es la Montaña Mágica de Thomas Mann! No hay nadie sentado: espero… muchas personas entran y salen del lugar pero nadie se sienta y el libro me observa a cada pulsación. Froto la mesa esperando a que el futuro me dé la bofetada y, de pronto, ella se sienta indiferente: ¡es Estela que ya tiene el libro! ¡claro, es su bolsa!.

Me dice: “te iba a marcar al celular y preferí venir. Sabía que no lo encontrarías. Vine a buscarte y encontré el libro”. Ella se ríe y continua: “me lo vendió un uruguayo hace 5 minutos, es uno que vende libros sobre Carrillo Puerto. Burlándose me dijo que alguien se lo había pedido antes, pero no se lo vendió porque, según dijo, ‘el tal por cual no conocía a Thomas Mann’. Supuse que eras tú”. Aquí es dónde me regreso con el señor Mann. Él, sin ser uruguayo, seguro me habría regalado algún cuento para hacerme reír sin ninguna pretensión.

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Imagen de Kacper Kiec

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