Final, nuestra caja negra

Capítulo 1

Uno nunca está preparado para una despedida, pero aparte, al perder a un hermano ¿Cómo decir adiós con premura?

Mi hermano murió hace un año, y creo, pude despedirme de Juan en muchas conversaciones, ante su enfermedad, no había que puntualizar mucho, el sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer específico para la gente con VIH era un cocktail explosivo, entonces siempre eran palabras, oraciones generales, pero teníamos un tono que lo cubría todo, era una melodía personal que se iba apagando a diario, en cada drenado de agua en los pulmones, en cada quimioterapia, ambos lo sabíamos en corto, pero nunca lo mencionábamos. Era nuestro secreto.

En el caso particular de Juan, el estar en el Instituto Nacional de Cancerología, a toda hora, en cada momento, existía esta sensación de vivir al día para poder establecer una normalidad, aunque esta idea era vaga, errante, por lo mismo nuestra despedida fue intermitente y sin ceremonias, era sólo por momentos y en algunas pláticas, cómo cuando me quedé la primera noche con él en el hospital. Les cuento.

Él, líder, puntual, me daba las instrucciones de qué hacer: Lavarme las manos al entrar al cuarto, ponerme un cubre bocas, así como los guantes de latex, y claro, cómo funcionaba el reposet. En esa ocasión, en el cuarto se encontraba otro paciente con cáncer en los pulmones, su hijo al igual que yo era primerizo en la idea de quedarse a cuidar. Nuestras conversaciones eran interrumpidas por la tos del señor, que era cansada, sin fuerza, pero con muchas repeticiones. Recuerdo bien, al momento de que Juan me decía las horas para darle cada una de sus medicinas, el señor dejó de toser, pero fue un silencio apabullante, casi atroz, y pasaron pocos minutos así, con todo el espacio enmudecido.

El hijo sin vernos salió corriendo del cuarto para buscar a la enfermera, la cuál entró, y sin diagnóstico, salió rápidamente a buscar al doctor en turno. El ambiente era tardo, lento, los colores blancos y ocres de la recámara se acentuaban al paso del tiempo.

Juan y yo no atinábamos a decir nada, la muerte había llegado de una manera silenciosa y sin previo aviso. En las siguientes dos horas, mi hermano y yo éramos testigos de como el tiempo dirigía de manera puntual el escenario: enfermeras saliendo y entrando del cuarto sin detenerse un momento, con una sincronía perfecta, un baile sin trasiego, siguiendo el protocolo. El doctor con el hijo, en el cincel de la puerta para darle el parte médico, y después de unas llamadas en medio de sollozos, la salida fúnebre. Nuestro vecino con el rostro tapado era deslizado en una camilla, y ahí, en medio del limbo, en nuestra divina comedia, pude ver que Juan se daba cuenta en dónde se encontraba colocado, estaba al borde, lo real le había dado de lleno en la rostro. No dijo una sola palabra durante dos horas, él que era tan elocuente se quedó sin centro, sin pretextos, sin magia.

Sin saberlo, empezaba nuestra complicidad, abrimos nuestra caja negra.

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