Un ramo de flores

Hoy es día de la Santa Cruz, un día que traigo bien colgado de la cabeza. Mi abuelo Lucho era albañil, era su día especial y ahora que ando por la carretera camino a Atenco, recuerdo que cada año se ponía muy borracho y nos daba mucha risa cuando nos contaba cómo él ayudó a edificar gran parte de la Ciudad de México. Mi abuelo decía que el D.F. parecía construido con retazos de muchas ciudades en dónde nadie se conocía. Decía: -pinche ciudad rara, nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer, nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí- y se empezaba a reír.

El medía su vida a partir de las construcciones en las que participó. Murió el año pasado, se pegó un tiro una mañana donde los gallos ya no cantaron más al escuchar el balazo. Mi abuelo ya no aguantaba su historia y su espalda, ya no podía trabajar y sentía inútil, -poco hombre- decía.

Mi garganta desde ese día nace con un dolor que cala cada vez que camino, tendré que acostumbrarme algún día. El sol quema mis pestañas, la tierra es árida alrededor, algunos magueyes y cactus me saludan del diario, veo la carretera cansada y voy con mi amigo Juan. Él me presta su burro, le gusta acompañarme y le pago con una empanada de picadillo y su refresco. Hace dos años que no vamos a la escuela y nos dedicamos a caminar para comer; ahora vamos a Atenco, vivo en los alrededores y cargo con un puñado de madera vieja, plantas y ramos de flores para vendérselas a mi tío Pedro que tiene una tienda de abarrotes en el centro del pueblo.

El aire se siente pesado. Mi abuelo decía que siempre que ocurría así, era porque algo iba a pasar. Desde que querían poner el aeropuerto por acá, el aire siempre me pesa.

Veo sombras corriendo en el horizonte de la carretera, gritan, pasan a un lado, no reconozco a nadie, me duele el estómago. Juan ya corre con ellos, se escuchan balas, él cae fulminado, muerto. Me hago como puedo a un lado de la carretera, mi pulso se acelera y me pongo de espaldas. El burro tira la madera, los ramos, y corre hacia la llanura. Cierro los ojos, escucho: -madreen a ese pinche tira, se cayó el pendejo-, algunos machetes golpean lo que parecen ser huesos y llegan hasta el piso, en mi cabeza suenan como truenos furiosos y mis manos tiemblan, empiezo a orar en silencio. Oigo más disparos y gente con botas pesadas se detienen detrás de mí, las voces se mezclan y hay helicópteros volando alrededor, escucho: -Mátenlos a todos, hijos de la chingada, ya se cagaron a Duarte-, -Oiga mi general, acá esta uno de esos pendejos, y trae unos ramos de flores putas -.

Veo unas botas negras de frente, volteo hacia arriba y sé que algo me va a pasar, el sol y el casco no me dejan ver su cara, no puedo decir nada, el grito se atoró en el estómago.

Una pistola me apunta al vientre, escucho la voz de mi abuelo: -nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer-. Siento mi estómago caliente y ya no tengo miedo, termino por escuchar:

“Nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí-.


En memoria de Javier Cortés Santiago, niño de 14 años muerto de un tiro a 70 centímetros de distancia con un arma calibre 38, víctima de un ramo de flores, vendidas para la democracia vestida de violencia, el 3 de mayo 2006. El cuento fue escrito ese mismo año.


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