Siempre lo saben, siempre…

Al observar la puerta abierta de una escuela, así, de la nada, recordé mi primera idea pervertida. Mi cabeza en momentos es fácil, y es que ubiqué en los límites de mi infancia sin mucho esfuerzo, un recuerdo, un secuestro de la memoria. Mi maestra de sexto grado, una mujer con significado, delimitada con una curva delineada y pliegues particulares, ella, sí ella, me pidió que le ayudará a bajar unas cajas con enciclopedias de su automóvil, un Renault 82 amarillo, humilde, fetiche; de donde abrió la cajuela y vi en medio de su escote una señal: ¿porqué a mi? y como adolescente naïve sentí ese sentir insolente por primera vez. La esquizofrenia mentirosa se detuvo en mi pecho y subió directo a la cabeza, se llenó de sangre adolescente y delimitó mi bochorno infantil, como en ese entonces, ahora, ayer, durante.

La vergüenza se cayó a pedazos de manera atroz y miré a mi maestra de manera infinita como un animal que ha encontrado su presa, quise que fuera mía en ese momento, la aceché sin ropa, me imaginé besando algunos pedazos de piel, las que en ese momento podría reconocer cualquier niño de doce años, para ese entonces ya era demasiada la excitación, y ahí, atado a mi lengua salpicaba mares de gozo fortuito, ajeno a toda fantasía inocente; recuerdo, fue un lento caminar por el pasillo de mosaicos blancos recién pulidos, y traté de acercarme, rozar sus piernas con mi brazo, un accidente involuntario, cínico, una señal obtusa que me dijera que ella se sentía igual que yo. Sí, francamente era un iluso precoz.

No, no pensé en todas mis madres, ni en en la cruz que debía cargar, nada más alcanzaba a escuchar su entrepierna rozando en cada paso y entonces quise apretarla en mis brazos, abalanzarme y accionar como lo hacían en las películas cuando los dos protagonistas se buscaban en el párrafo más glotón. Entonces, como en cualquier película B de adolescentes, tropecé con mi tragedia, caí al piso sin obstáculo alguno, limpio, casi sublime, y ahí, toda mi excitación se estrelló sobre la boca ensangrentada, vi hacía el frente, las cajas testigos con los libros sobre el piso, y en segundo plano, alcanzaba a ver algunos figurines borrosos corriendo en un sentido caos, risas perdidas en el blanco solar de las ventanas, de repente, unas manos me tomaron de los brazos, trataba de no llorar mi derrota y escuché una sentencia: –ya ves Efraín, eso les pasa a los niños por calientes-.

Desde entonces, una quimera me acompaña a diario cada vez que les sonrío: Las mujeres lo saben, sí, siempre lo saben.

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