Día vaporoso

Los ángeles capitalinos se tomaron unas largas vacaciones, y sin querer han dejado a esta ciudad en la espera constante del próximo segundo.

Ahora, algún vestigio de mi narciso se sumerge en el primer instante del día, que no por ser el primero es el mejor, no, siempre hay que escalar la podredumbre matutina para aspirar lo que sobra del alba, a veces fétida, otras, sólo real.

La mañana es cobriza y me sobra el aliento alcalino. Mis manos apenas reaccionan. El sol diluido, paulatino en el gris, calienta los olores oníricos, animales, aún persiste el sudor de la rebaba del mezcal, mis brazos me duelen y mi cara se ve hinchada, gases intestinales juegan a chingar la existencia. Bostezo tras bostezo, alcanzo a percibir mi humanidad bucal, punible. Necesito de agua.

El cuarto y la cortina se mueven con trémula pena, al ras, el celular marca la hora y los recados desgastados parpadean en la pantalla. Los sonidos de las palomas y el devenir de algunos aviones se entretienen en las ventanas. No hay nada mejor que el sin sentido antes del café, ya que la vida corre y en alguna oportunidad se estampa en el espejo obsceno del día a día, y me veo, alguien me golpeó en la noche, sangre en el piso y mi ropa ¿Qué pasó?

Aurora es nueva, suspira en el silencio intermitente, veo su cuerpo y la imagen desnuda se introduce en mi conciencia. Miro sus ojos y el recuerdo se aparece en las lagañas, ayer buscaba razones en el horizonte contaminado y mis ojos la secuestraron mordiendo la libido de camino a casa, después, compartí con ella un respiro que se despejaba en el claro del bar, tiempo que se pasó en platicar de nada y luego, no logró recordar qué paso.

Llega el soplo frío de un segundo despertar y ella se levanta, no me ha visto, su mirada está en la cornisa del sueño, le deseo un buen día, no reconoce la voz, su cara pierde color, se levanta y golpea su cabeza, las manos le cubren el rostro. Ella corre y toma cada una de sus sudadas piezas. Dice pensando: “¿donde está mi reloj?”.

La miro transparente. Me recargo con un hombro en la pared. “Reloj, reloj, reloj, me debes el Uber de anoche wey” sin duda el reloj es lo que la mantiene en el recuerdo. El café de sus ojos es tan tenue que se insinúa en la sombra que el sol ha formado en su iris, se siente observada y me ve reprochando el momento. “Me voy a comprar el periódico a la esquina, cuando te vayas, no cierres, no sé donde dejé las llaves”: termino y recrimina las palabras antes dichas con una mirada que corta el cuarto. Estoy paralizado, ahora sé que no quiere hablar y tampoco quiere que me vaya.

Empieza a gritar, el claxon de cualquiera la hace reaccionar, da vueltas en un mismo eje y la luz se enreda en su cabello. La ventana le da directo en la cara, se borra nuestro pedazo de aire y crece la tensión, toma su celular, lo prende y lo apaga, enciende un cigarro y el televisor, se escuchan las noticias. Me siento en la sala, con mi ansiedad a tope la veo borrosa, dos plantones, uno en Fray Servando otro en eje central, ella sigue: “mi gato, Martina me va a matar, ya pasó otra vez y este pendejo seguro no recuerda la madriza que le pusieron ayer”: ¿Martina? ¿su gato? ¿otra vez? ¿Madriza?.

Tres minutos y sigue buscando su reloj mientras se viste, no lo encuentra. Se acerca a la puerta, trata de abrirla, no puede en un principio, inútil soy sólo testigo. La abre con lo que nos faltaba de futuro, la azota y se va.

Media mañana

Salgo, el sol se balancea en un trapecio y el simple cruzar de miradas es un reto para caminar más rápido, subo al microbus, estructura laminada que se mueve y bloquea los huesos, las carnes. Lo estrecho del aire te separa de los otros. La sinceridad publicitaria de los espectaculares embusteros me obligan a ver hacia arriba, y el grito capitalino me desgasta los oídos. Las piernas de ellas se rozan al caminar y algunas medias juegan a romperse, fatalidad.

Al lado, otros camiones transportan rostros espantados por los movimientos bruscos, nadie parece acostumbrarse, brincan y rebasan automóviles a diestra y siniestra, alcanzo a escuchar a un hombre ya mayor que reclama, -oiga no mame, no trae vacas- y se baja.

La tranquilidad llega con un semáforo en rojo, instante en que los edificios de alrededor se esconden ante el viento tóxico que satura los ojos llorosos del desposeído que pide limosna. Tic, Tac, el reloj no deja de molestar. El tiempo desgasta, miro: Insurgentes se ve como todos los días, abraza lo que le llega de la somnolencia boreal, y sus calles, edificios, cortan de un tajo la historia de toda persona.

Doblar las esquinas, seguir la recta y el motor que arrulla. Las ondas hertzianas se dejan escuchar, efecto, cortinilla, tambores, requinto, entrada: «la tarde suavemente…se aleja, la oscuridad tendió su red al mar, la espera entre las sombras, dios sabrá por que, no hay nada que yo pueda hacer».


Oficina

Es el cubículo un espacio inerte no hay mucho que desmenuzar. Miro que las horas se sostienen en tres paneles que te obligan a ver hacia atrás, adelante, un monitor, números binarios convertidos en ideas trabajadas para alguien más y jugamos a quebrantar los pequeños poderes, ser más que el otro, indudable sentimiento del ADN que llevamos desde hace tiempos infinitos y que aceptamos entre el olor de los tamales mañaneros.

Las conversaciones están dilatadas en un sinsentido pasmoso y sin tapujos ofreces un protocolo cordial. Los silencios se estresan y juegan con la espalda llena de nudos, marketing, superación personal, status quo, te reflejas en el monitor apagado y ves a alguien que no conoces pero que toleras para seguir adelante, sabes e intuyes sin miramientos que no te debe importar.

La rutina es constante y las repeticiones se basan en:

Saludos mentirosos: – ¿Qué pasó jefe? buenos días-.

Mente narcotizada: -Señora, me puede traer un café- para quitarme esta paranoia.

Política empresarial: -Qué cree, el contador no se encuentra, el cheque ya está, pero el único que puede entregarlo es él, puede hablar en 5 minutos, para ver si lo encuentra-.

Palabras comunes: -Oye Fernando puedes hablar con el creativo, tengo una duda-, ya que como veras no estoy haciendo nada.

Círculo vicioso: -Vamos a comer-, aventura que deja a la mirada de todos la nula capacidad para decidir algún lugar que pueda satisfacer a la mayoría o al jefe.

Los momentos necesitan venderse, todo trabajo es comerciable. Llegarle al precio a la realidad se basa en porcentajes que se rompen con el opaco brillo de una moneda. Abro la ventana de la oficina y el aire arrastra una quietud que empalaga. El trabajo termina y sales para recibir de manera directa y frontal al tráfico inmóvil que gasta la poca paciencia que te queda para sobrellevar el día.

Camino reventado

Al doblar la esquina en Masaryk he sentido que los pasos se quedan en un segundo que se extiende hasta el inicio de la noche. Llueve, el cielo se regodea en múltiples orgasmos, mis zapatos lloran y el pantalón se tatúa en la piel. El cigarro se mantiene intacto y la acera corre tras el agua, enfrente, sobre la misma calle se encuentra un gordo, que grita, reclama, playera negra y pantalón abajo de su cintura. Una persona a su lado se encuentra tirada, seguro se tropezó con él, invadió espacio, un momento de distracción, y al caer sobre un cuerpo que no era el suyo, éste último lo empujó. Territorio, pertenencia, todo viene empaquetado en la sangre. Paso de lado, me mira haciéndome entender que no es asunto mío y así es, me sigo de frente.

Subo al camión y un movimiento aleatorio, borroso, y súbito. El micro se estaciona en la calle de Horacio y el Conservatorio Nacional, fotografía silente, nunca he escuchado música salir de ahí, o visto a algún músico salir caminando de sus puertas, volteo y ella alcanza a sonreír, sin pretensiones, sin referencias, creo la conozco de algún lado. Reforma pasa de frente, se deviene rápido en múltiples pasados. Los faros con brillantes luces amarillas pasan por arriba. Las palas y picos caen con un ritmo tribal que sube con el humo pestilente de las alcantarillas.

Sombrillas con pies van deprisa, los ríos improvisados se vuelcan en la acera. El Auditorio Nacional se pavonea y la vida se ha movido, ha dejado un rastro que huele a bochorno cuando se estira.

Cambio de tema: -¿porqué le exigimos tanto a nuestros fantasmas?-.

Reforma, Insurgentes, los autos se aparean, diez minutos y sigo en el mismo lugar. Le pregunto ¿Qué lee?: “La Ciudad sin Nombre” y las luces de la calle juegan con ella, las sombras se dispersan en sus ojos de gato que me alcanzan, saben que busco algo que hace tiempo se me perdió; su cabello quebrado brinca y encuentra alguna salida, aunque vive ensimismado. Los pómulos se abren y resbalan hasta llegar al mentón. La boca es pequeña, en momentos entre palabra y palabra ronrronea, me explica contenta algunas impresiones del libro. Volteo, Insurgentes sigue ahí. Cuál es tu nombre: “Me llamo Aurora”, “Soy Fernando” me arrastra el diálogo: “copy de una agencia de publicidad, ordeno ideas y genero otras, quiero independizarme” ella dice que estudia en una escuela de fotografía, que nació en febrero y que es acuario, 26 años. Las intermitentes le dan de frente, su mano recorre el hombro y vuela. Ella no esta aquí, nada mas está presente en lo que habla. “Voy a llegar tarde a la casa, mi madre siempre se enoja, tengo un gato que maúlla cuando tardo en llegar, pero debe de entender”, voltea para ver si la escucho, respondo con una sonrisa, está compartiendo soledad, sin más le pido su teléfono, me lo da, y dice: “Sueño que te veo y estás” no sé que contestar, seguro mi rostro se pintó de payaso y sopló fuerte esperando a que reviente la cabeza buscando de adentro una respuesta.

Madrugada

Puede que en estos momentos las estrellas se vean un poco estúpidas ya que no saben que hacer con el viento. Aurora se dilata en el asiento algo intranquila. Se oye el crujir de la noche, se abre a su fe de sentirse viva. Las estrellas saben que es su hora, pero el aire juega con su suficiencia, se quiebran sin cesar en el parabrisas del taxi.

La Condesa se mueve en su propio reflejo, es un bosque citadino lleno de vaho nocturno. El frío humedece su brazo que sale de la puerta del coche, juega a entrometerse en el viento, arriba, abajo, horizontal, vertical, se termina el juego. Llegamos al lugar, personas sacadas de una historieta japonesa están en la entrada. Las luces del lugar llegan a la cúpula celeste. Sotomayor se escucha y los golpes del sampleo ya empiezan a jugar con las neuronas. El guardapuertas nos pregunta si queremos entrar, le digo: “prefiero esperar y terminar de éste cigarro, entra tu Aurora”. Anclado en el momento se esfuma el cigarro, lo tiró y la acera mojada lo barre hasta desaparecerlo. Entro y me encuentro con cuerpos que avanzan en un caos que los dirige a los baños y a las barras improvisadas, las luces, estrobos y móviles juegan con mi paladar lleno de ácido.

Gritos símiles alcanzan al dios caníbal que los oye escondido detrás de las cortinas, manos y brazos fuera de foco se mueven queriendo atrapar los sonidos. Aurora aparece en el último plano, el espacio se diluye en perfume barato. El mundo en su cuarta dimensión se abre, sirenas electrónicas cantan en lenguas muertas, resucitando en bocas de náufragos sedientos de muertes pequeñas. Las panteras negras disfrazadas de noche se comen constelaciones.

De repente un zumbido escondido en una sombra vuela enfrente de mí, me golpea en el rostro, el piso sabe a madera, reacciono, tratan de levantarme pero se les cae la tacha, se reclaman uno al otro y me dejan tirado.

Un foco rojo es mi faro y ella se sienta debajo como acto divino, voy para allá y me vuelven a golpear, pregunto alrededor si alguien vio al cabrón hijo de puta. El instinto me lleva a la barra, me preguntan si traigo ácidos, le digo: “no mames y dame un mezcal”, rompo con la quietud y me acerco a ella: -si el día pudiera repetirse, quisiera volverte a conocer. La locura nunca puede ir en círculos-. Me ve sabiendo que lo que digo se borrará cuando acabe esta canción.

Alguien me jala, una patada, dos, tres, mi cabeza estalla, trato de levantarme con aspavientos, resbalo sin culpa, escupo sangre esperando siquiera herir su dignidad. No veo, me disuelvo en el inconsciente y amanezco otra vez pensando:

Los ángeles capitalinos se tomaron unas largas vacaciones, y sin querer, han dejado a esta ciudad en la espera constante del próximo segundo.

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