El mar, la playa, siempre procuran un escape, vacaciones, el mar que limpia y balancea el cuerpo, sí, hay tantos parámetros de la playa como un lugar para descansar, por lo que me considero afortunado, he tenido algunas oportunidades para vivir cerca del océano.

La primera en el año 88, mi familia y yo nos fuimos a vivir al puerto de Veracruz en medio de una temporada llena de conflictos y con deudas a tope, siendo yo un infante pues no se entendía mucho el porqué, pero la idea de ir a otro lugar tampoco me ayudaba, dejando atrás amigos, escuela, barrio, las cosas que hacen consistencia a un púber se diluían en medio de inseguridades propias de un adolescente.

Veracruz de entrada fue muy amable, con gente sin preocupaciones pero con mucha pasión, por lo que mi periodo de secundaria la pasé bien, yo siempre triste y deprimido pero el ambiente jarocho siempre fue muy cordial conmigo. El hotel Emporio con su pastel de elote, el Sanborcito y sus picadas, La Antigua y sus pescados inigualables a la orilla de la boca del río, las dunas en Chachalacas, el malecón del puerto, en si, ahí, empecé con la idea de correr aunque nunca supe que era para sacar la ansiedad. La verdad es que puros buenos recuerdos de este puerto marítimo, después, en medio de berrinches, tuve que aceptar el regresar a Cd. de México, a sabiendas de que disfrutaba mi estancia en este lugar histórico, y sí, me quería quedar ahí, seguir en ese ambiente que nos ayudó a salir adelante después de la catástrofe familiar ocurrida en 1985.

Me quedó la idea en el subconsciente que necesitaba irme a otro lugar para poder estar bien, escapar, pero nunca ubiqué porqué hasta ahora.

En el 2008, tuve la oportunidad de huir a Cancún, un lugar con la playa algo lejana, por lo que no se logra disfrutar, o no existe la idea de tenerla a la mano, tuve que abortar misión y regresar algo derrotado a CDMX.

Ahora, con la coyuntura de trabajar en Playa del Carmen, también en medio de momentos adversos, aunque sin búsquedas o pretensiones de un futuro mejor, hablo del pico de la Pandemia en julio del 2020, veo que me adapté fácil, como si fuera algo muy natural, no quería recordar el haber vivido en Veracruz como antecedente, pero en realidad el vivir al lado del mar ayuda a sentirme bien, aire limpio, vecindades más amables, distancias cortas y niveles de pasión siempre más altos que en las grandes ciudades, también podría ser la idea de estar a la orilla del mundo con días espectaculares, escenarios indescriptibles desde el amanecer hasta que anochece, los sudores en las pieles, las vestidos ligeros, ciudad sin edificios, sin lugares lúgubres, olores diversos siempre a naturaleza, y claro, la pasión por la libertad, crecer, competir, buscarse un lugar en medio de una ciudad llena de migrantes.

En el aire flota la idea de valorar cada palpitación, cada respiro, ideas ya olvidadas en una ciudad más sólida como México, dónde tienes que crearte personajes obscuros para poder avasallar y ser «exitoso», acá también, pero debes ser más pintoresco, la falta de gracia podría ahogarte gris en medio del azul caribe.

Ahora, después de años, ubico que huir a otros lugares para escapar de mis miedos, de mis traumas, era en parte porque extrañaba Veracruz, he logrado entender que a pesar de las adversidades, la suerte de encontrar un lugar que te abre los brazos es una oportunidad para construir de manera más sólida un futuro en cada momento, no en cada berrinche o en el pasado oxidado que se ve cada vez más lejano.

Vecinos Pasajeros

Les presento, son Angeline y Jacobo, ella de Burdeux, él de Puebla, y viajan recorriendo las #carreteras en su remolque La Emisora Voyage

En medio de la situación actual, podría ser un acto de valentía, de adaptación y de sobrevivencia «pasajera», ver y decidir por del día a día.

Uno de los rostros aventureros del #aquiyahora

En la idea de recorrer el estado de Quintana Roo, gracias a la iniciativa del fotógrafo Enrique Rivera, pude conocer la comunidad de Tres Reyes en el municipio de Lázaro Cárdenas.

A hora y media de Playa del Carmen, pudimos observar que este lugar es muy respetuoso de las tradiciones, de la parte espiritual, es limpio y emerge como una fiel muestra de las costumbres de esta península enclavada en el Caribe Mexicano.

Tuvimos la fortuna de estar en una ceremonia del Hanal Pixal, una familia de la localidad nos invitó y pudimos participar de toda la festividad, hablo de la preparación del altar, la comida, y en medio, un ritual lleno de misticismo peninsular.

Estas imágenes son parte de la magia que a partir de la sencillez y el respeto se puede lograr para honrar a los que ya no están.

Esto, en su corta visita al Pachamama.

Realización, guion y diseño de audio: Andrés Villela

El 16 de Julio se celebra el santoral de la Virgen del Carmen, matrona del mar, la estrella marítima, y en Playa del Carmen, lugar carmelita por denominación, hubo un sin fin de festejos. En un recorrido por la tarde, al encontrarnos en Parque Fundadores, estaba en proceso un ritual en particular, donde varios grupos de diversas partes del país celebraban este día.

La festividad que se está llevando a cabo es por nuestra Patrona de la Virgen del Carmen, que se celebra en estas fechas, y pues estamos entonces haciendo conformidad de unión y conquista, de nuestra tradición ancestral, de nuestra diosa conchera.

Cynthia Mabel Vargas Rojas, representante del Caribe Mexicano
Foto: Andrés Villela

Resultaba especial, ya que a la vista de todos los presentes, los estandartes así como las vestimentas que eran de muchas partes del país, así como los cantos y oraciones, se sumaban a la fotografía de este instante, al rompecabezas de este lugar mágico y turístico.

La iglesia en esos momentos estaba cerrada, entonces el ritual lo llevaron a cabo en el quiosco del parque, y el recorrido lo realizaron en los grandes escalones y pasillos de este lugar emblemático.

Foto: Andrés Villela

No hay pago, cada quién viene con sus propios recursos para alabar a la Virgen del Carmen. Le celebración es en cantos, desde ayer estamos velando y cantando toda la noche para hacer estos bastones de flores, que se traen como ofrenda…netamente es de corazón y por devoción a la Virgen del Carmen.

Alejandro Moreno Peña, organizador.
Foto: Andrés Villela

Esta ocasión fue diferente, ya que tuvieron invitados de otros lugares del país, de Yucatán, Querétaro, así como de otros países, Italia, Francia. Un invitado especial, fue la imagen del Santo Niño de Atocha que vino desde Ciudad de México acompañado de una de sus principales líderes: Remedios, quién forma parte de una familia real de gran tradición en, como ellos denominan: la Ciudad de Tenochtitlán.

Sin duda, un ritual para enmarcar y recordar como parte de la historia que se escribe día a día aquí en Playa del Carmen.

Texto: Andrés Villela

Los ángeles capitalinos se tomaron unas largas vacaciones, y sin querer han dejado a esta ciudad en la espera constante del próximo segundo.

Ahora, me sumerjo borroso en el primer instante del día, que no por ser el primero es el mejor, no, siempre hay que escalar la podredumbre matutina para aspirar lo que sobra del alba, a veces fétida, otras, sólo real.

La mañana es cobriza y me sobra el aliento alcalino. Mis manos apenas reaccionan. El sol diluido, paulatino en el gris, calienta los olores animales, aún persiste el sudor de la rebaba del mezcal, mis brazos me duelen y mi cara se ve hinchada. Bostezo tras bostezo, alcanzo a percibir mi humanidad bucal, punible. Necesito de agua.

El cuarto y la cortina se mueven con trémula pena, al ras, el celular marca la hora y los recados desgastados parpadean en la pantalla. Los sonidos de las palomas y el devenir de algunos aviones se entretienen en las ventanas. No hay nada mejor que el sin sentido antes del café, ya que la vida corre y en alguna oportunidad se estampa en el espejo obsceno del día a día, y me veo, alguien me golpeó en la noche, sangre en el piso y mi ropa ¿Qué pasó?

Aurora es nueva, suspira en un silencio intermitente y la imagen desnuda se introduce en mi conciencia. Miro sus ojos y el recuerdo se aparece en las lagañas, ayer buscaba razones en el horizonte contaminado y mis ojos la secuestraron mordiendo la libido de camino a casa, después, compartí con ella un respiro que se despejaba en el claro del bar, tiempo que se pasó en platicar de nada y luego, no logró recordar qué paso.

Llega el soplo frío de un segundo despertar y ella se levanta su mirada está en la cornisa del sueño, le deseo un buen día, no reconoce la voz, su cara pierde color, se levanta y golpea su cabeza, las manos le cubren el rostro. Ella corre y toma cada una de sus sudadas piezas. Dice pensando: “¿donde está mi reloj?”.

La miro transparente. Me recargo con un hombro en la pared. “Reloj, reloj, reloj, me debes el Uber de anoche wey” sin duda el reloj es lo que la mantiene en el recuerdo. El café de sus ojos es tan tenue que se insinúa en la sombra que el sol ha formado en su iris, se siente observada y me ve reprochando el momento. “Me voy a comprar el periódico a la esquina, cuando te vayas, no cierres, no sé donde dejé las llaves”: termino y recrimina las palabras antes dichas con una mirada que corta el cuarto. Estoy paralizado, ahora sé que no quiere hablar y tampoco quiere que me vaya.

Empieza a gritar, el claxon de cualquiera la hace reaccionar, da vueltas en un mismo eje y la luz se enreda en su cabello. La ventana le da directo en la cara, se borra nuestro pedazo de aire y crece la tensión, toma su celular, lo prende y lo apaga, enciende un cigarro y el televisor, se escuchan las noticias. Me siento en la sala, con mi ansiedad a tope la veo borrosa, dos plantones, uno en Fray Servando otro en eje central, ella sigue: “mi gato, Martina me va a matar, ya pasó otra vez y este pendejo seguro no recuerda la madriza que le pusieron ayer”: ¿Martina? ¿su gato? ¿otra vez? ¿Madriza?.

Tres minutos y sigue buscando su reloj mientras se viste, no lo encuentra. Se acerca a la puerta, trata de abrirla, no puede en un principio, inútil soy sólo testigo. La abre con lo que nos faltaba de futuro, la azota y se va.

Media mañana

Salgo, el sol se balancea en un trapecio y el simple cruzar de miradas es un reto para caminar más rápido, subo al microbus. Lo estrecho del aire te separa de los otros y el ambiente capitalino me desgasta los oídos.

Al lado, otros camiones transportan rostros espantados por los movimientos bruscos, nadie parece acostumbrarse, brincan y rebasan automóviles a diestra y siniestra, alcanzo a escuchar a un hombre ya mayor que reclama, -oiga no mame, no trae vacas- y se baja.

La tranquilidad llega con un semáforo en rojo, instante en que los edificios de alrededor se esconden ante el viento tóxico que satura los ojos llorosos del desposeído que pide limosna. Tic, Tac, el reloj no deja de molestar. El tiempo desgasta, miro: Insurgentes se ve como todos los días, abraza lo que le llega de la somnolencia boreal, y sus calles, edificios, cortan de un tajo la historia de toda persona.

Doblar las esquinas, seguir la recta y el motor que arrulla. Las ondas hertzianas se dejan escuchar, efecto, cortinilla, tambores, requinto, entrada: «la tarde suavemente…se aleja, la oscuridad tendió su red al mar, la espera entre las sombras, dios sabrá por que, no hay nada que yo pueda hacer».


Oficina

Es el cubículo un espacio inerte, no hay mucho que desmenuzar. Miro que las horas se sostienen en tres paneles que te obligan a ver hacia atrás, adelante, un monitor, números binarios convertidos en ideas trabajadas para alguien más y jugamos a quebrantar los pequeños poderes, ser más que el otro, indudable sentimiento del ADN que llevamos desde hace tiempos infinitos y que aceptamos entre el olor de los tamales mañaneros.

Las conversaciones están dilatadas en un sinsentido pasmoso y sin tapujos ofreces un protocolo cordial. Los silencios se estresan y juegan con la espalda llena de nudos, marketing, superación personal, status quo, te reflejas en el monitor apagado y ves a alguien que no conoces pero que toleras para seguir adelante, sabes e intuyes sin miramientos que no te debe importar.

La rutina es constante y las repeticiones se basan en:

Saludos mentirosos: – ¿Qué pasó jefe? buenos días-.

Mente narcotizada: -Señora, me puede traer un café- para quitarme esta paranoia.

Política empresarial: -Qué cree, el contador no se encuentra, el cheque ya está, pero el único que puede entregarlo es él, puede hablar en 5 minutos, para ver si lo encuentra-.

Palabras comunes: -Oye Fernando puedes hablar con el creativo, tengo una duda-, ya que como veras no estoy haciendo nada.

Círculo vicioso: -Vamos a comer-, aventura que deja a la mirada de todos la nula capacidad para decidir algún lugar que pueda satisfacer a la mayoría o al jefe.

Los momentos necesitan venderse, todo trabajo es comerciable. Llegarle al precio a la realidad se basa en porcentajes que se rompen con el opaco brillo de una moneda. Abro la ventana de la oficina y el aire arrastra una quietud que empalaga. El trabajo termina y sales para recibir de manera directa y frontal al tráfico inmóvil que gasta la poca paciencia que te queda para sobrellevar el día.

Camino reventado

Al doblar la esquina en Masaryk he sentido que los pasos se quedan en un segundo que se extiende hasta el inicio de la noche. Llueve, el cielo se regodea en múltiples orgasmos, mis zapatos lloran y el pantalón se tatúa en la piel. El cigarro se mantiene intacto y la acera corre tras el agua, enfrente, sobre la misma calle se encuentra un gordo, que grita, reclama, playera negra y pantalón abajo de su cintura. Una persona a su lado se encuentra tirada, seguro se tropezó con él, invadió espacio, un momento de distracción, y al caer sobre un cuerpo que no era el suyo, éste último lo empujó. Territorio, pertenencia, todo viene empaquetado en la sangre. Paso de lado, me mira haciéndome entender que no es asunto mío y así es, me sigo de frente.

Subo al camión y un movimiento aleatorio, borroso, y súbito. El micro se estaciona en la calle de Horacio y el Conservatorio Nacional, fotografía silente, nunca he escuchado música salir de ahí, o visto a algún músico salir caminando de sus puertas, volteo y ella alcanza a sonreír, sin pretensiones, sin referencias, creo la conozco de algún lado. Reforma pasa de frente, se deviene rápido en múltiples pasados. Los faros con brillantes luces amarillas pasan por arriba. Las palas y picos caen con un ritmo tribal que sube con el humo pestilente de las alcantarillas.

Sombrillas con pies van deprisa, los ríos improvisados se vuelcan en la acera. El Auditorio Nacional se pavonea y la vida se ha movido, ha dejado un rastro que huele a bochorno cuando se estira.

Reforma, Insurgentes, los autos se aparean, diez minutos y sigo en el mismo lugar. Le pregunto ¿Qué lee?: “La Ciudad sin Nombre” y las luces de la calle juegan con ella, las sombras se dispersan en sus ojos de gato que me alcanzan, saben que busco algo que hace tiempo se me perdió; su cabello quebrado brinca y encuentra alguna salida, aunque vive ensimismado. Los pómulos se abren y resbalan hasta llegar al mentón. La boca es pequeña, en momentos entre palabra y palabra ronrronea, me explica contenta algunas impresiones del libro. Volteo, Insurgentes sigue ahí. Cuál es tu nombre: “Me llamo Aurora”, “Soy Fernando” me arrastra el diálogo: “copy de una agencia de publicidad, ordeno ideas y genero otras, quiero independizarme” ella dice que estudia en una escuela de fotografía, que nació en febrero y que es acuario, 26 años. Las intermitentes le dan de frente, su mano recorre el hombro y vuela. Ella no esta aquí, nada mas está presente en lo que habla. “Voy a llegar tarde a la casa, mi madre siempre se enoja, tengo un gato que maúlla cuando tardo en llegar, pero debe de entender”, voltea para ver si la escucho, respondo con una sonrisa, está compartiendo soledad, sin más le pido su teléfono, me lo da, y dice: “Sueño que te veo y estás” no sé que contestar, seguro mi rostro se pintó de payaso y sopló fuerte esperando a que reviente la cabeza buscando de adentro una respuesta.

Madrugada

Puede que en estos momentos las estrellas se vean un poco estúpidas ya que no saben que hacer con el viento. Aurora se dilata en el asiento algo intranquila. Se oye el crujir de la noche, se abre a su fe de sentirse viva. Las estrellas saben que es su hora, pero el aire juega con su suficiencia, se quiebran sin cesar en el parabrisas del taxi.

La Condesa se mueve en su propio reflejo, es un bosque citadino lleno de vaho nocturno. El frío humedece su brazo que sale de la puerta del coche, juega a entrometerse en el viento, arriba, abajo, horizontal, vertical, se termina el juego. Llegamos al lugar, personas sacadas de una historieta japonesa están en la entrada. Las luces del lugar llegan a la cúpula celeste. Sotomayor se escucha y los golpes del sampleo ya empiezan a jugar con las neuronas. El guardapuertas nos pregunta si queremos entrar, le digo: “prefiero esperar y terminar de éste cigarro, entra tu Aurora”. Anclado en el momento se esfuma el cigarro, lo tiró y la acera mojada lo barre hasta desaparecerlo. Entro y me encuentro con cuerpos que avanzan en un caos que los dirige a los baños y a las barras improvisadas, las luces, estrobos y móviles juegan con mi paladar lleno de ácido.

Gritos símiles alcanzan al dios caníbal que los oye escondido detrás de las cortinas, manos y brazos fuera de foco se mueven queriendo atrapar los sonidos. Aurora aparece en el último plano, el espacio se diluye en perfume barato. El mundo en su cuarta dimensión se abre, sirenas electrónicas cantan en lenguas muertas, resucitando en bocas de náufragos sedientos de muertes pequeñas. Las panteras negras disfrazadas de noche se comen constelaciones.

De repente un zumbido escondido en una sombra vuela enfrente de mí, me golpea en el rostro, el piso sabe a madera, reacciono, tratan de levantarme pero se les cae la tacha, se reclaman uno al otro y me dejan tirado.

Un foco rojo es mi faro y ella se sienta debajo como acto divino, voy para allá y me vuelven a golpear, pregunto alrededor si alguien vio al cabrón hijo de puta. El instinto me lleva a la barra, me preguntan si traigo ácidos, le digo: “no mames y dame un mezcal”, rompo con la quietud y me acerco a ella: -si el día pudiera repetirse, quisiera volverte a conocer. La locura nunca puede ir en círculos-. Me ve sabiendo que lo que digo se borrará cuando acabe esta canción.

Pienso: -¿Porqué le exigimos tanto a nuestros fantasmas?-.

Alguien me jala, una patada, dos, tres, mi cabeza estalla, trato de levantarme con aspavientos, resbalo sin culpa, escupo sangre esperando siquiera herir su dignidad. No veo, me disuelvo en el inconsciente y amanezco otra vez pensando:

Los ángeles capitalinos se tomaron unas largas vacaciones, y sin querer, han dejado a esta ciudad en la espera constante del próximo segundo.

Capítulo 1

Uno nunca está preparado para una despedida, pero aparte, al perder a un hermano ¿Cómo decir adiós con premura?

Mi hermano murió hace un año, y creo, pude despedirme de Juan en muchas conversaciones, ante su enfermedad, no había que puntualizar mucho, el sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer específico para la gente con VIH era un cocktail explosivo, entonces siempre eran palabras, oraciones generales, pero teníamos un tono que lo cubría todo, era una melodía personal que se iba apagando a diario, en cada drenado de agua en los pulmones, en cada quimioterapia, ambos lo sabíamos en corto, pero nunca lo mencionábamos. Era nuestro secreto.

En el caso particular de Juan, el estar en el Instituto Nacional de Cancerología, a toda hora, en cada momento, existía esta sensación de vivir al día para poder establecer una normalidad, aunque esta idea era vaga, errante, por lo mismo nuestra despedida fue intermitente y sin ceremonias, era sólo por momentos y en algunas pláticas, cómo cuando me quedé la primera noche con él en el hospital. Les cuento.

Él, líder, puntual, me daba las instrucciones de qué hacer: Lavarme las manos al entrar al cuarto, ponerme un cubre bocas, así como los guantes de latex, y claro, cómo funcionaba el reposet. En esa ocasión, en el cuarto se encontraba otro paciente con cáncer en los pulmones, su hijo al igual que yo era primerizo en la idea de quedarse a cuidar. Nuestras conversaciones eran interrumpidas por la tos del señor, que era cansada, sin fuerza, pero con muchas repeticiones. Recuerdo bien, al momento de que Juan me decía las horas para darle cada una de sus medicinas, el señor dejó de toser, pero fue un silencio apabullante, casi atroz, y pasaron pocos minutos así, con todo el espacio enmudecido.

El hijo sin vernos salió corriendo del cuarto para buscar a la enfermera, la cuál entró, y sin diagnóstico, salió rápidamente a buscar al doctor en turno. El ambiente era tardo, lento, los colores blancos y ocres de la recámara se acentuaban al paso del tiempo.

Juan y yo no atinábamos a decir nada, la muerte había llegado de una manera silenciosa y sin previo aviso. En las siguientes dos horas, mi hermano y yo éramos testigos de como el tiempo dirigía de manera puntual el escenario: enfermeras saliendo y entrando del cuarto sin detenerse un momento, con una sincronía perfecta, un baile sin trasiego, siguiendo el protocolo. El doctor con el hijo, en el cincel de la puerta para darle el parte médico, y después de unas llamadas en medio de sollozos, la salida fúnebre. Nuestro vecino con el rostro tapado era deslizado en una camilla, y ahí, en medio del limbo, en nuestra divina comedia, pude ver que Juan se daba cuenta en dónde se encontraba colocado, estaba al borde, lo real le había dado de lleno en la rostro. No dijo una sola palabra durante dos horas, él que era tan elocuente se quedó sin centro, sin pretextos, sin magia.

Sin saberlo, empezaba nuestra complicidad, abrimos nuestra caja negra.

Felipe Calderón bajaba por las escaleras muy satisfecho, era la fiesta que él imaginaba antes de llegar a la silla presidencial, sobrado y erguido, no tenía problemas en lo inmediato, es el juego de evadir historia. Los presentes esperaban, no con ansiedad pero sin con ganas de empezar la cena y yo lo seguía con la cámara, ambos asistimos a una noche histórica que anunciaba algo más que una celebración en nuestro país. Mientras tanto, afuera a unos cuantos metros, en el Zócalo capitalino, miles de voces cantaban en medio del negocio formado a través de la guerra contra el narcotráfico, pero adentro del Palacio nadie los atendía.

El switcher me decía por el intercomunicador: -no dejes de seguirlo, síguelo-, pero no lo podía ver entre las personas alrededor, cabezas, espaldas, flashes intermitentes, todos inmersos en el ritual del saludar y tomarse la foto, pero él no se alcanzaba a ver. Un sungun de la cámara de CEPROPIE funcionaba como faro inocente para poder seguir lo que sobraba de la escena cortada. –Cámara uno, búscalo ¿Dónde está el presidente?- yo veía nada más su frente y algunos retazos de la acción en el presente, figuras barridas, ensimismadas, abrí el diafragma de la cámara y nada, apenas algunas sonrisas. –Lo estoy buscando, pero no se ve- y sí, mi tiro era el peor para describir lo que estaba pasando, después de cuarenta minutos lo pude observar y tuve que voltear para acomodar el cámara y ahí, a mi lado izquierdo se encontraba José Ramón Fernández, quería dejar el tripie anclado para decirle –Joserra eres la neta, dale duro a la selección que representa nuestra historia fallida-, pero no pude hacerlo, inmerso y ejecutante buscaba a ese alguien a quien todos querían congratular por algo y por nada, en ese protocolo muy a la vieja usanza priísta. Sí, poco ha cambiado, los gastos públicos eran (y son) repartidos entre abrazos y felicitaciones. Joserra ya se quería ir, no podía culparlo, en medio de todos los invitados no tenía con quién charlar.

El anfitrión cumplía en el atender a los invitados, le pidieron se encaminara al templete que tenía de frente, los cadetes militares le hacían guardia, estoicos e invisibles en la respiración. El cuadro de la cámara estaba en un plano americano, el fondo rojo pintado sobre la madera, un escudo nacional en medio, un atril con un libro para firmar en primer plano, y estaba preparado para un plano secuencia natural, virar unos segundos hacia la derecha, seguir los pasos, las sonrisas y de pronto, la pareja presidencial rubricaba el documento que daba fe de la celebración del bicentenario, era un instante ligero, no había palpitaciones, y sí, la mayoría aplaudía la acción sin vítores, como si celebraran un día más, de esos cotidianos que les sobran, se los permite esa certeza del saberse afortunados por acceder a lo que creen se merecen. La independencia de nuestro país ya estaba guardada para mejores ocasiones.

La noche pasó sin muchas aspiraciones para llegar a un clímax y en el epílogo de la celebración: Celso Piña ofrecía parte de su recital a la concurrencia que no le atendía, mientras yo cantaba:y no es por eso, que haya dejado de quererte un solo día, estoy contigo, aunque estés lejos de mi vida, por tu felicidad a costa de la mía-. La falta de respeto salió a flote por parte de los concurrentes cuando algunos ya comenzaban a salir en el transcurso del evento, y sí, al encuadrar con el zoom y el foco al escenario, es que la cantante del mariachi estaba ofendida, nadie cantaba los grandes temas del México del siglo pasado, que podíamos esperar de la farsa que se escabulle entre las pretensiones. Así, terminaba el “convite” sin mucho aspaviento, sin mucho que decir.

El palacio nacional quedo absorto, el instante estaba abolido en las cuatro esquinas y algunos diálogos retumbaban en el eco del retazo bicentenario, yo ya guardaba la cámara, el tripie y los cables cuando observé el libro conmemorativo en medio del templete, abierto en sus páginas buscaba algunas frases o firmas que sobraran en la madrugada, voltee a ambos lados y nadie de la producción miraba, y decidí escribir en el registro conmemorativo. Subí al templete y leí algunas líneas anteriores: –Sr. Presidente que este día de festejos sea un impulso para el gran trabajo que usted realiza, yo lo seguiré apoyando en su administración- pudo haber firmado Juan Pérez o José Sánchez, la verdad es que no me fijé, pero me pareció una frase inútil, ya que el “ Sr.” no leerá el libro y es más, les debieron haber dicho que no era un libro de recados y supuse en ese momento que mi frase tendría que ser diferente y escribí, esperando que el recuerdo no me traicione: – La independencia significa autonomía, para conseguirlo se necesita consciencia de la misma, y la confrontación en una guerra no es la vía para lograrlo. La educación y la cultura podrá generar lo que estamos buscando: un país del que estemos orgullosos. Andrés Villela-. No era una frase para trascender o encontrar, era una idea que había lanzado para poder ofrecerme una noche que simplemente pudiera recordar para después.

Salí del recinto sin antecedentes y a las cuatro de la mañana ya estaba en una reunión en la Narvarte. Mi independencia se encontraba en el sueño de un sofá-cama. Era lo único que necesitaba para continuar con el festejo de un Bicentenario algo fallido.

Mi cámara se instaló a 6 metros del templete, en dónde Felipe Calderón y esposa firmarían un libro conmemorativo del Bicentenario para que después los invitados pudieran hacerlo. El plan era el siguiente: al terminar la ceremonia del grito, los invitados bajarían por las escaleras para llegar al “convite”, y al final de éste proceso llegaría él que se despachó en este lugar, después, firmaría el libro antes mencionado y seguiríamos aspectos importantes de la reunión, yo tenía como instrucciones el seguirlo durante su recorrido, las otras cámaras estarían respaldando lo que yo pudiera contar con aspectos de la Orquesta de la Marina que estaba instalada a mis espaldas.

En la espera, fue que a mi lado izquierdo ya estaba Azcárraga Jean con esposa, pasaron dos minutos y en la misma mesa se instaló Salinas Pliego, con hijo y cónyuge a su diestra, ambas familias fueron un ejemplo máximo de tolerancia, como si la historia no les hubiera dado pretextos para tener una competencia mediática ¿porqué debería de ser así? si ambos tiene sendas y desorbitadas tajadas del pastel, no, para que desgastarse en rivalidades perennes, de barrio, es más cómodo convivir. Horcasitas platicó con ambos de una manera afable, casi de cuates, decretos, leyes y acuerdos de por medio. El Secretario de Comunicaciones y Transportes debe tener una excelente e interesante plática, ambos estaban muy atentos. Blake y Lozano, se apersonaron detrás de Horcasitas y ambos saludaron con sonrisas obvias, pertinentes, una leve carcajada acompañaba el diálogo, todos seguían el guion a la perfección, no había sorpresas. Aburrido.

La perspectiva ya era incómoda, mis pies obviaban el desgaste temporal y en el pasillo principal, en medio de las mesas, observé al Ing. Carlos Slim acompañado de Carlos Marín. El dueño de Telmex caminaba resuelto y el director editorial del periódico Milenio algo le decía. Slim a mi entender, no prestaba atención ¿Qué le estaba vendiendo Marín? No lo sé, pero de los periodistas, es el más político. El Ingeniero tendría que escuchar bien las entrelíneas, pero pensé: -seguro lo ha tratado más que yo, él sabrá cuidarse sin duda-. Del otro lado del patio estaba Salinas de Gortari, tomándose fotos con el que así lo quisiera, también se le veía relajado, la historia no le pesa, es de los ex -presidentes que siempre lleva consigo en el alguno de los bolsillos una sonrisa bien ensayada ¿Qué pensar? canalicé con él cada una de mis frustraciones generacionales durante toda una década y ¿Qué ha pasado? Nada. El señor sigue muy contento y yo trabajando en producción, escribiendo relatos a sus costillas, volví a preguntar ¿Qué pensar?.

Fox y Sahagún se fueron muy rápido, el Palacio Nacional les quemaba los pies, como si una voz en sus cabezas les dijera –rápido, váyanse antes de que el destino les alcance-, así como Chespirito, aunque éste último se fue en silla de ruedas y sin torta de jamón. Chabelo estaba muy serio, cansado, 40 años en TV ya le cobraron factura, pensé que no tendría mucho que decirle al niño-señor vendedor de sueños y frustraciones, pero ¡por fin!, había llegado el anfitrión.

Eran las 12:30 del día 15 de septiembre del 2010, y una llamada al celular: -necesitamos un camarógrafo para el palacio nacional, es un circuito cerrado de la cena privada después del grito ¿vas?- , yo en un principio les dije que no, pero después medité con mi otro yo. Mi vida personal ya contaba con antecedentes: tenía planes para ir al cine, después una reunión en Chiluca, y una advertencia: no asistir a los festejos ya que el enojo ciudadano se podría aparecer en el festejo del bicentenario.

La ansiedad no me procura tener la mente clara, no sabía si aceptar la oferta y contar con el pago al corte. Accedí gracias a mi morbo antropológico y a la falta de lana, entonces sabía que tenía que salir de casa como a las 2:30 para llegar a Chabacano a las 4:30, para de ahí pasar cada uno de los retenes y llegar al Zócalo.

El Circuito Interior y Reforma estaban cerrados por los festejos, Viaducto y los ejes viales consecutivos estarían con mucho tráfico, decidí irme hasta eje 10 y tomar Tlalpan desde el principio, pero Periférico era una trampa canalla en medio de la celebración, todos los que habían decido salir y varar en los infinitos planes bicentenarios tenían que pasar por ahí. La maquinaria del auto chasqueaba su mala fortuna en los oídos, el calor trasquilaba el asfalto y al pasar sobre la Secretaria de Defensa pude observar que habían quitado las hiper-lonas de Zapata, Hidalgo y compañía, en su lugar, un escuadrón de militares marchaban, miraban intachables a su lado derecho. ¿Qué verían? Al otro lado está el principio de Polanco, no hallé una respuesta concreta, pero se encuentran cerca uno del otro, como si se supieran, como si compartieran un dejo de algo que no entienden pero suponen que así debe ser, porqué así se construyó DF. Sí, sin duda, es una ciudad llena de piezas sin asir.

Llegué a Chabacano a las 4:30, nos encontramos los camarógrafos, el switcher, la productora y un servidor, después de una pausa procurada por el caos al no tener gafetes, fuimos a parar a la calle de Escuela Médico Militar y ahí pasamos hacia todos los retenes para llegar por la calle de Moneda y entrar a Palacio Nacional, adentro, me di cuenta que nunca había ingresado a sacrosanto lugar, grandes jardines trabajados en un verde taciturno, árboles que han visto pasar un sinfín de historias pero que sin memoria y sin voz no pueden más que aguantar estoicos entre el poder de facto de la elite mexicana. El patio principal se disfrazó de lounge turístico, dos grandes pantallas en las esquinas nos mostraban parte del desfile que aún no pasaba del Ángel de la Independencia, y al observar vi que cada detalle de los autos alegóricos y disfraces estaban perfectamente cuidados, trabajados, pero no pude tener empatía con lo que veía. No, todo era insuficiente para no olvidar lo que pasa en nuestro país.

¿Celebrar en medio del caos? No hay una escisión concreta, ni personal y dejé que todo pasará.

Levantarte en medio de una recámara sin una idea fija por realizar, determinando nebulosas sin martirio, sin objetivos certeros, esperando el sonido inocuo del teléfono para y por un freelance, hablar a los clientes y determinar si es que en algún momento pensaron en pagar sus deudas, buscando más trabajo en la red o con los amigos, y sí, una taza de café reconforta, un tiempo despierta de entre mil segundos, de vez en siglos una epifanía: -la autonomía no es fortuita se construye del diario-, y los sinsabores de la edad media dónde me puedo dar el lujo de destruir 10 años de trabajo y de repente naufragar. La vida y las decisiones cobran factura, aunque hay un sabor a libertad , y sí, un alivio sin sentido.

La suerte de éste respiro sabático me convierte en realidad en un desempleado en las listas engrosadas del estado, las formas de esta situación pueden ser muchas para establecer un símil a cualquier edad, pasantía, despidos, renuncias, jubilación y /o decisión personal, esta última: única pero sensata. En nuestro caso, un sillón puede mediar el estado poco grácil para una transición indirecta, las paredes blancas enfrente y la televisión encendida, los cuernos del sol sin arder y la mirada de mi padre buscando algún camino que le dictaminé los pasos a seguir, una determinación difícil después de jubilarse y de 35 años dedicando cada acto a nuestra familia. Los hijos crecen, tienen cierta independencia, y él, náufrago del sistema, al igual que yo, quedamos en medio de una isla desierta compartiendo un sillón para ver la televisión.

Los naufragios sociales son consecuencia de la exigencia personal a través del deber ser, dónde el agua del stress llega a las orejas, empuja el hipotálamo, atrás, adelante, y el ojo brinca buscando una salida en las venas. Los aquelarres de la estruktura, sí, el matrimonio, el trabajo en grandes corporativos ominosos, el defender una idea, valores, ética, la complicación de un vida disfuncional por sí sola, y henos aquí, buscando los resultados de fútbol y una acción más determinada sin soliloquios, ambos, sentados en el sillón nos vemos de lado y nos tomamos del mentón, miramos fijamente y tiramos una reflexión por la borda –somos un fiel retrato del otro, hijo, padre, misma situación en diferentes tiempos-. La idea de salir adelante con autonomía es de genes, y es por eso que esta isla que nos acompaña es suficiente para construir una vida más digna y sin ésta fotografía de por medio ¿o no padre? Hay mucho que navegar por delante.