Ayer soñé que caminaba sobre la calle de Puebla en la Colonia Roma, llegando a la esquina ya estaba en Colima. Reflexionándolo, así de primera, son calles que no tienen algo que los relacione en particular, son paralelas, salvo mis referencias de infancia en los ochentas no hay ningún vínculo, época dónde el presidente López Portillo y el máximo de corrupción iban de la mano con el Negro Durazo, quién estaba al mando de la seguridad nacional, en esos años había cierta percepción de maldad normalizada, caminar en Ciudad de México era un tipo de ruleta rusa. En el sueño, de repente llegaba a otra esquina, pero era la calle de Bartolache en la Colonia del Valle y percibía, como se percibe cuando soñamos, lugares nebulosos, moldeables, cómo por ejemplo que Mérida en la Roma estaba paralela a Eje Siete a la altura de Avenida Universidad, otra vez en la Del Valle. Sí, siguen siendo trozos de infancia dónde los Renault 5 y los «Vochitos» inundan el tránsito de mis escombros fantasmales, mentales.

Súbito y sin razón aparente, estaba en una casa en medio de un bosque, llanuras repletas con árboles cortos, era una tarde con cielo aborregado, azules tenues con algunos tintos negros que bordaban el horizonte. En plena admiración del paisaje, así sin más, veía correr del límite más cercano a un león, él cual, se acercaba a gran velocidad, quien al trote empujaba con el ruido las ventanas de la casa, y yo, algo precavido, corría de puntas a la cocina, abría el refrigerador para un último almuerzo y no había nada.

Ansiedad.

En ese momento me desperté y supe que había comido demasiado. Sí, era fin de año, no había nada en el refrigerador, entonces es que salí a comprar algo y la ciudad había desaparecido.


Al observar la puerta abierta de una escuela, así, de la nada, recordé mi primera idea pervertida. Mi cabeza en momentos es fácil, y es que ubiqué en los límites de mi infancia sin mucho esfuerzo, un recuerdo, un secuestro de la memoria. Mi maestra de sexto grado, una mujer con significado, delimitada con una curva delineada y pliegues particulares, ella, sí ella, me pidió que le ayudará a bajar unas cajas con enciclopedias de su automóvil, un Renault 82 amarillo, humilde, fetiche; de donde abrió la cajuela y vi en medio de su escote una señal: ¿porqué a mi? y como adolescente naïve sentí ese sentir insolente por primera vez. La esquizofrenia mentirosa se detuvo en mi pecho y subió directo a la cabeza, se llenó de sangre adolescente y delimitó mi bochorno infantil, como en ese entonces, ahora, ayer, durante.

La vergüenza se cayó a pedazos de manera atroz y miré a mi maestra de manera infinita como un animal que ha encontrado su presa, quise que fuera mía en ese momento, la aceché sin ropa, me imaginé besando algunos pedazos de piel, las que en ese momento podría reconocer cualquier niño de doce años, para ese entonces ya era demasiada la excitación, y ahí, atado a mi lengua salpicaba mares de gozo fortuito, ajeno a toda fantasía inocente; recuerdo, fue un lento caminar por el pasillo de mosaicos blancos recién pulidos, y traté de acercarme, rozar sus piernas con mi brazo, un accidente involuntario, cínico, una señal obtusa que me dijera que ella se sentía igual que yo. Sí, francamente era un iluso precoz.

No, no pensé en todas mis madres, ni en en la cruz que debía cargar, nada más alcanzaba a escuchar su entrepierna rozando en cada paso y entonces quise apretarla en mis brazos, abalanzarme y accionar como lo hacían en las películas cuando los dos protagonistas se buscaban en el párrafo más glotón. Entonces, como en cualquier película B de adolescentes, tropecé con mi tragedia, caí al piso sin obstáculo alguno, limpio, casi sublime, y ahí, toda mi excitación se estrelló sobre la boca ensangrentada, vi hacía el frente, las cajas testigos con los libros sobre el piso, y en segundo plano, alcanzaba a ver algunos figurines borrosos corriendo en un sentido caos, risas perdidas en el blanco solar de las ventanas, de repente, unas manos me tomaron de los brazos, trataba de no llorar mi derrota y escuché una sentencia: –ya ves Efraín, eso les pasa a los niños por calientes-.

Desde entonces, una quimera me acompaña a diario cada vez que les sonrío: Las mujeres lo saben, sí, siempre lo saben.

Hoy es día de la Santa Cruz, un día que traigo bien colgado de la cabeza. Mi abuelo Lucho era albañil, era su día especial y ahora que ando por la carretera camino a Atenco, recuerdo que cada año se ponía muy borracho y nos daba mucha risa cuando nos contaba cómo él ayudó a edificar gran parte de la Ciudad de México. Mi abuelo decía que el D.F. parecía construido con retazos de muchas ciudades en dónde nadie se conocía. Decía: -pinche ciudad rara, nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer, nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí- y se empezaba a reír.

El medía su vida a partir de las construcciones en las que participó. Murió el año pasado, se pegó un tiro una mañana donde los gallos ya no cantaron más al escuchar el balazo. Mi abuelo ya no aguantaba su historia y su espalda, ya no podía trabajar y se sentía inútil, -poco hombre- decía.

Mi garganta desde ese día nace con un dolor que cala cada vez que camino, tendré que acostumbrarme algún día. El sol quema mis pestañas, la tierra es árida alrededor, algunos magueyes y cactus me saludan del diario, voy en la carretera con mi amigo Juan. Él me presta su burro, le gusta acompañarme y le pago con una empanada de picadillo y su refresco. Hace dos años que no vamos a la escuela y nos dedicamos a caminar para comer; ahora vamos a Atenco, vivo en los alrededores y cargo con un puñado de madera vieja, plantas y ramos de flores para vendérselas a mi tío Pedro que tiene una tienda de abarrotes en el centro del pueblo.

El aire se siente pesado. Mi abuelo decía que siempre que ocurría así, era porque algo iba a pasar. Desde que querían poner el aeropuerto por acá, el aire siempre me pesa.

Veo sombras corriendo en el horizonte de la carretera, gritan, pasan a un lado, no reconozco a nadie, me duele el estómago. Juan ya corre con ellos, se escuchan balas, él cae fulminado, muerto. Me hago como puedo a un lado de la carretera, mi pulso se acelera y me pongo de espaldas. El burro tira la madera, los ramos, y corre hacia la llanura. Cierro los ojos, escucho: -madreen a ese pinche tira, se cayó el pendejo-, algunos machetes golpean lo que parecen ser huesos y llegan hasta el piso, en mi cabeza suenan como truenos furiosos y mis manos tiemblan, empiezo a orar en silencio. Oigo más disparos y gente con botas pesadas se detienen detrás de mí, las voces se mezclan y hay helicópteros volando alrededor, escucho: -Mátenlos a todos, hijos de la chingada, ya se cagaron a Duarte-, -Oiga mi general, acá esta uno de esos pendejos, y trae unos ramos de flores-.

Veo unas botas negras de frente, volteo hacia arriba y sé que algo me va a pasar, el sol y el casco no me dejan ver su cara, no puedo decir nada, el grito se atoró en el estómago.

Una pistola me apunta al vientre, escucho la voz de mi abuelo: -nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer-. Siento mi estómago caliente y ya no tengo miedo, termino por escuchar:

“Nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí-.


En memoria de Javier Cortés Santiago, niño de 14 años muerto de un tiro a 70 centímetros de distancia con un arma calibre 38, víctima de un ramo de flores, vendidas para la democracia vestida de violencia, el 3 de mayo 2006. El cuento fue escrito ese mismo año.


-Tengo palabras concurridas, tardas y es que el sentido de nuestra vida juzga, traba la libertad trasquilada, insalvable y en ocasiones, es una casa. La nuestra-

No sé, pretendí esconderme en el baño público para confundirme con la nada, y ahora, trato de explicar los olores compartidos y el juego acaba denostando las esquirlas del otro contiguo y sus tufos en medio del desatino, tan personales, tan únicos. Sé que los olores nunca se repiten, pero eso sí, palpo, me siento en una última oportunidad, así son los baños públicos, un último chance para seguir avante en el día. En hilera, pies honestos por debajo de los paneles blancos, plásticos, empujando las muertes pequeñas. Los ángulos en las paredes pintados por la luz de las ventanas apenas, un espacio de fuga, es el ocaso que ventila la podredumbre humana acompañada de pintas de ocio al frente: –si lees esto, eres un pendejo-, una idea pululante, colectiva, y sí, es un espacio de ayuda al desprotegido, sea que vengas a morir o que escribas idioteces mientras empujas lo que te sobra.

Sin procurar, observo una ventana al lado izquierdo de mi cubículo y persiste una maceta secreta, casi intocable, roja, de barro, un helecho entrampado, particular, con un matiz verde lechoso, líneas oblicuas en los costados que suben por en medio del marco que encierra a la ventana, y en medio, un caracol, lento, pernicioso, volátil en su paso ondulante, su piel mucosa no deja de transpirar. La lluvia ejerce en él un instinto para salir. Su carcasa: una coraza café teñida con vórtices, con rincones diversos y una certeza: un infinito sin nombre dibujado en su casa.

Hace meses que no encuentro un lugar dónde poder estar, se ha escapado la certeza en la puerta que siempre está detrás de mí, esa puerta que cierro para expirar mi visión única sin patrias, unilateral, sin traspiés, ahí, dónde se desvanece un después, un futuro que sin pasado me permite estar atrapado. Alcanzo a saborear mi egoísmo de entre la lluvia, etéreo.

Reviro, el caracol sigue encumbrado con su casa arriba, el blanco espeso del celeste atrás, y él, sigue adelante sin trasiegos, en un tiempo sin límites, escogiendo su propio camino, sin ansias, vagando, deslizando el temporal entre hechos borrosos, sin entrañas supuestas, sin prisas, y ahí, seguirá en los andamios prestados sin presentimientos vacuos.

Una sombra asoma de entre la ventana y una mujer toma una fotografía, otra, la lluvia le prestó este instante sin presagios. Miro con pena, me sobra una nostalgia y me ve, hace otro clic y es que caigo en cuenta, me he convertido en caracol.

“Sin mentiras sólo queda esto que somos, y la tragedia: sí hermanos orangutanes estamos enfermos de humanidad”.

El mono concejal terminó el discurso y no hubo más que silencio en lo que quedaba del Palacio Legislativo.

El presidente orangután entonces rompió en llanto, y todos en la manada se pegaron un tiro. Frente a esa verdad, ya nadie podía gobernar.

Llorando te escribo cuñada. Esto es tan doloroso para todos nosotros. La compañía pesquera nos mandó un telegrama, dice que Leonardo murió hace dos semanas, no dice cómo ni por qué; son frías letras que llegaron y no hay más que abrazarlas para encontrarles un frágil alivio.

Mañana llega el cuerpo y ya se organizaron los servicios funerarios para el 6 de noviembre, él nunca cambio su domicilio y los trámites podrían tardar semanas. Estamos devastados. Espero en verdad, que puedas estar aquí para esa fecha, quiero ver a mi sobrino y quiero abrazarlo. Sé que en estos meses él iba a Oaxaca para verte y no hago más que enojarme, nunca hay tiempo para ahuyentar al futuro que ya me duele.

En este momento en que te escribo no puedo más que ver que los eventos trágicos se escriben literarios. Ahora que mi hermano ya no está, también ubico que nunca te escribí y te pido disculpas.

Sé que tienen un hijo y ahora al niño que espero dentro de mi vientre le daré su nombre. Mi esposo está de acuerdo, aunque tiene sus reservas, espera que nuestro hijo no sea un “poeta” como Leonardo, me cala en el corazón lo que dice pero es verdad. ¿Sabes? cada vez que mi marido pronuncia su nombre es como si su sombra se sentara en el lugar que siempre le guardábamos en la mesa; nunca llegó. Ahora veo que a pesar de que Leonardo no estuvo presente yo lo extrañaba, siempre esperaba sus cartas y su fantasma se aparecía por aquí en el pasillo de la casa, abría el zaguán negro y nos traía regalos de los puertos visitados, veía las plantas y movía la tierra de las macetas; para él podría ser un ritual, entre tanto mar sé que extrañaba la tierra.

Él siempre estaba caminando en el imaginario por la casa.

Mi madre y yo siempre quisimos tomarlos en cuenta, a pesar de que supiéramos que ustedes no iban a arribar; en navidad y en año nuevo les preparábamos comida y él nos mantenía en una esperanza sutil.

La muerte siempre te permite recordar y ahora abro las cartas que él me escribió, decía que no había miramientos por parte del sol, no le arropaba; que el horizonte nunca acababa de satisfacerle, pero que Dios le hacía ver que la suerte no tiene que ver con las decisiones divinas, y era entonces que él terminaba por maldecir al azar; pero nunca a Dios, nunca.

Sus mañanas duraban seis meses, seis meses en dónde estabas escrita en esa razón que le daba para estar con ese frío infinito, cauto.

Le salía lo poeta a mi hermano el pescador.

Ahora sé que su presencia puede estar nada más en palabras e historia, sé que él me dio sólo párrafos, cartas, y es que no sabes cómo las siento, lo quise tanto. Mi hermano.

Me detengo un momento cuñada, no puedo escribir más.

En verdad después de llorarlo tanto, ahora entiendo lo que me dijo ya hace 15 años: “al poeta y al pescador no les queda más que la marea para sobrevivir”. Esto me lo decía alguna vez sentado sobre la sala, viendo a las personas que pasaban indiferentes por la calle. Él ya estaba grande, yo apenas empezaba a vivir, mis recuerdos con él son de antes de que partiera por primera vez para Alaska. Ahora que me duele, escucho las historias de mi madre que decían que él de pequeño le escribía al mar y se armaba cuentos, a veces pirata, a veces capitán; yo lo miraba “ausente” pero lo respetaba.

Volteo y veo que nada más nos rodean estas fotografías de personas que no sé si queremos recordar. Hay una en particular, que seguro has visto, con el mar atrás; aparece él de niño, se encontraba en el puerto de Veracruz y estaba triste, mi padre se había ahogado un día antes… rescató a Leonardo, pero él murió.

Sigo llorando cuñada, a mi hijo le daré su nombre.

Saludos fraternos.

Norma.

Isla Mujeres 2008

Estaremos en un picnic tipo inglés, té con leche y galletas, como te gusta, pero seré el conejo blanco y no habrá relojes para escapar, reirás al final.


-No Javier, todo podría ser más simple-. Sí, lo sé, simple como tu sueño recurrente, donde estábamos sentados en Park Lane, con un mantel de diseño algo vintage, mientras comías una “empire biscuit” y te burlabas de mi disfraz de conejo.

En nuestra realidad era diferente, fumabas un cigarro, lo hacías sin ensuciar tu cabello a pesar del viento de marzo en nuestra Ciudad de México, y no querías ser displicente, entrabas sutil en el enojo, esquivando mi abrazo, y después, callada. Tu mirada como consecuencia de un calculo frío era tu estrategia para dinamitar mi paciencia, pero al final, mi personaje de estatua de sal, el pasivo agresivo, siempre te daba miedo.

Aunque yo seguía decidiendo a partir de la ansiedad, al borde de nuestra quiebra económica, pero tu enojo diario era una uña escarbando sin miramientos mi herida en carne viva. No, no era nuestra única razón, pero era la más visible ¿la más viable?

Al despertarnos, ni una palabra, ni una sutura. Las sabanas rompían el silencio con el roce de mis pies, y veía la pared por minutos, al voltear solo atinaba a escuchar tus pasos al salir del cuarto sin despedirte, ya en el baño, al lavarme la cara, construía la satisfacción de romper olas en medio del espejo y sacudirme del frío personal. En el almuerzo, mi orgullo estaba dilatado, anulamos un beso inconforme, de esos que pasan de largo en la cocina, nos veíamos y solo bajábamos la cabeza. Después, en la noche, la seducción se había ido de vacaciones.

Decidimos entonces salir a cenar, ser más simples, pero en el tiramisu había un punto de quiebre, dos, y nos desquiciábamos en una turba de enconos, olvidábamos nuestro origen hace más de una década y un reclamo se convertía en un pretexto para irte, bella, apasionada.

No regresaste.

Te imaginé: detenías el auto, era una noche fresca, las gotas de lluvia te acompañaban y entre las luces de la avenida querías atrapar otro final, éste te debería calmar, pero los automóviles te distraían, no podías concentrarte. Encendías la radio, nuestra canción “Torre de Marfil” de Cerati. Furiosa gritabas esperando a que el pasado se fuera, pero lo veías de frente, odiaste los buenos momentos, y así llegabas a la antesala, el olvido te estaba esperando. Ahí, querrías eliminarme de tu lista de contactos y verías que tu esfuerzo inmediato por ser feliz era en vano, después en medio del odio personal, querrías comerme en medio del picnic recurrente en tus sueños, y así, saberte en justicia, deseosa, mordaz.

A la distancia, te regalaré un momento de ficción, en un picnic inglés como te gusta, me verás morir como un conejo sobre la hierba seca de octubre, y reirás en pequeño, limpiarás tu última lágrima y me verás patalear poco a poco hasta desfallecer, podrás oler mi final en la tierra mojada, así, teñido de rojo ensuciando mi traje blanquecino, entonces me comerás y seré feliz en redención, sintiendo la tierra con mis últimos respiros; partirás en medio del cielo amarillo y en tu jubilo me darás la espalda sin chistar.

Lo mejor, dejaré el disfraz de conejo blanco en nuestro país de las maravillas.

Sí, sí lo sé, tengo el presentimiento de que en unas horas me tengo que repetir en una imagen seria con los padres de Estela. La zozobra se coloca en la situación. Necesito el libro La Montaña Mágica de Thomas Mann para regalárselo a mi suegro. Es un presente prometido que me lleva a caminar entre las librerías de la calle empedrada de Carrillo Puerto, en el barrio de Coyoacán.

La pretensión se pasa por un lado pero en su lugar se queda el siempre bienvenido orgullo. La circunstancia y éste libro así me lo permiten. No puedo hacer mucho: siempre hay un libro que no conozco. “Dale, mirá que es un Nóbel alemán“: me dice un uruguayo burlón que vende libros, de esos que a los demás les sobran. Estela me lo pidió ayer: estábamos bailando y la tomé de la cintura, se dio una vuelta al pregonar del Afro Cuban All Star y su espalda quedó en mi pecho, la besé del cuello y me dijo bien romántica: “le tienes que regalar a mi papá el libro La Montaña Mágica, es su cumpleaños el domingo ¿lo has leído?“. Parte de mi rostro cayó en pausa: “no, no lo he leído“.

Por personas letradas y con ganas de que yo me entere de su vida, ahora sé que el señor era alemán y que vivió sus últimos años en Zurich, nacionalizado estadounidense, escribió Tristan, Los Buddenbrook, Muerte en Venecia entre otras; diferentes caras en diversas tiendas me armaron esta sinopsis, pero cual fatum burlón veo que el libro está agotado en todos lados.

Me rasco el codo, así pasa cada vez que estoy nervioso. Camino entre algunos charcos que, como estática fluvial, distorsionan el reflejo de mi caminar. Llevo al señor Mann colgando de la sien. La esperanza, el viento y la lluvia no hacen más que empujarme a esta necesidad de encontrarlo. Estela seguramente me espera en la sala, lee a Lovecraft debajo de una lámpara encendida, hojea el libro, la mano izquierda se desliza entre las piernas y de reojo masculla sus sandalias. Toma un sorbo de vino tinto. Arregla su cabello con un lápiz y cuenta una historia, dos, ve el reloj y pretende hablarme al celular, duda y no lo hace.

Yo sigo buscando, mañana domingo será difícil el conseguirlo. ¿Qué será? Me armo entonces una historia del libro: el protagonista tuvo que subir a una montaña y pensó en encontrar un libro que le pidió su mujer, y de entre elfos y duendes el libro apareció, o será que de la montaña salían palabras en lugar de hojas y él escogía algunas para escribir y así tener un lugar en la historia. Es tarde y tengo que dejar de pensar en pendejadas.

Me llevo el cigarro a la boca. Nervios. A esta hora tan sólo quedan bares abiertos, por eso me meto al Hijo del Cuervo y a cada persona que veo con un libro le pregunto, busco una casualidad pero no me dicen nada y sus miradas se siguen en dónde los había interrumpido. Le pido al mesero una cerveza, me llevo las manos a la cara, el sudor ya cae con vergüenza y de entre mis dedos observo una bolsa que creo reconocer, dentro de ella se alcanza a ver un libro. Me acerco y no lo puedo creer: ¡es la Montaña Mágica de Thomas Mann! No hay nadie sentado: espero… muchas personas entran y salen del lugar pero nadie se sienta y el libro me observa a cada pulsación. Froto la mesa esperando a que el futuro me dé la bofetada y, de pronto, ella se sienta indiferente: ¡es Estela que ya tiene el libro! ¡claro, es su bolsa!.

Me dice: “te iba a marcar al celular y preferí venir. Sabía que no lo encontrarías. Vine a buscarte y encontré el libro”. Ella se ríe y continua: “me lo vendió un uruguayo hace 5 minutos, es uno que vende libros sobre Carrillo Puerto. Burlándose me dijo que alguien se lo había pedido antes, pero no se lo vendió porque, según dijo, ‘el tal por cual no conocía a Thomas Mann’. Supuse que eras tú”. Aquí es dónde me regreso con el señor Mann. Él, sin ser uruguayo, seguro me habría regalado algún cuento para hacerme reír sin ninguna pretensión.

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Imagen de Kacper Kiec

En Londres anochece antes de las cinco de la tarde, aún no me acostumbro, y como respuesta ideática he de acumular todo el humor británico posible. Me instalo en la añoranza: busco ciervos celtas en el imaginario, pero acabaron por ser un estampado en el cojín de esta tienda vintage. Sí, que fastidio. Flaqueo por caminar durante horas, obtuve como recompensa un ojo en el zapato, que por ser zapato, debe tenerlo para avanzar sin ceguera hacia el presagio.

En frente, el sector mercantil de Portobello, barrio histórico nivelado con aceras y casas paralelas, verticalmente estiladas, con detalles victorianos en las cornisas y con una obsesión, las construcciones están en armonía cromática como si así lo hubieran pretendido. Ansiedad apenas.

Me repito, quieto, sin querer comprar en el puesto de antigüedades. Sí, es una idea ínfima, tarda, y al menos obtengo un reflejo en el aparador, con un trasiego de miradas únicas, irrepetibles, entonces me siento en la acera y se presenta la costumbre, donde el frío de Londres nunca es un milagro.

Una certeza personal se pasea en el mercado que comienza en la esquina próxima, tengo frío, envidia de los abrigos diversos, anticonceptivos para matizar la muchedumbre, y claro, la elegancia de ellas con sus bufandas, saboreando los tacones altivos que resaltan sus piernas largas, escondidas, pero nunca inmaculadas para la imaginación. Sí, caminan radiantes. Un tocadiscos de treinta y tres revoluciones me he robado una fuga mental: la recopilación del Funky Organ Studio de Londres, le escucho desde hace diez minutos sin chistar.

Me sosiego, el ojo del zapato muere por resarcirse en ésta cafetería portuguesa, me he sentado y pedí un café corto. Un recuerdo se yuxtapone, me río, me hacía falta una idea anárquica, poco londinense, un significado atravesado de lo que he dejado atrás, cuando tenía 18 años.

Ella aparecía nítida a sus 38, me miraba buscando una réplica para llenar su vida de entre las sábanas. Me acuerdo del olor a cenizas sobre el piso y la arena, hedores casi naranjas de entre la ventila que daba a la calle, estábamos en una playa inquieta y ella me apretaba, de la espalda hasta la ingle y miraba destazando lo que nos sobraba de la pared.

Una cabaña con ventiladores sucios, occisos, y ella miraba para alcanzar al infinito próximo en cada jadeo, era sin duda, una forma transgresora de querer obviar el cielo. La fortuna de unos senos con equilibrio, rosados, balanzas de justicia. Las piernas abiertas, mojadas, apretando y delimitando el espacio con un suspiro, dos, rasgando lo que quedaba de la acera y un azul intermitente, imbatible.

Una araña nos miraba en la pared, escuchaba autista nuestras pulsiones a un ritmo unísono, mientras tanto, ella cerraba la boca buscando una palabra decente, casi cordial para no gritar, mientras que la playa tiritaba con el sonido de la luz apenas, moscos por doquier y en la radio escuchábamos al trío yucateco Los Montejo con la canción Para Olvidarte a Ti, y sí, ella reía con pudor, no pretendía un futuro ideal. -Un día te he de buscar en la memoria, y he de sonreír viviendo por ello. Por cierto, he tenido que matar a la araña.- y ahora, se parte el recuerdo en dos, sabía que no volvería a verla.

Ahora, sin querer, en un parpadeo, al necesitar de un repaso ubico su sentencia al despedirnos: — algún día estarás en Londres y me recordarás al estar una cafetería portuguesa, al frente, mirarás a un ciervo, y escribirás este momento sobre mi, sabiendo que toda historia será más grande que tu y yo, y en ese momento, como recuerdo cobraré vida-.

Sí, es una burla, terminé por comprar el cojín con el ciervo estampado de la tienda vintage. Necesito otros zapatos.

Mind your gap.

Íbamos a empezar a filmar, un párrafo del guion decía: -Ves ese árbol, en momentos me gusta imaginar que cuando se le caen todos los limones pierde la memoria, porque cada limón le sirve para recordar que es limonero, aunque claro, ambos sabemos que eso es pura ficción, una tontería-.

Clara me lanza una pregunta por el pasillo de la Cineteca: -¿Me consideras un limón, si me cayera podrías olvidarme cómo en el argumento infantil que acabas de leer?-, volteo, y creo que ésta pregunta saliendo de su boca se puede convertir en trampa, entonces trato de sonreír.

La sonrisa no me ayuda y delimito mi respuesta:  –  De “olvido” no se puede empezar una plática porque podrían ser las ramas secas de ese limonero desnudo, es una imagen quisquillosa, inocente, pero algo fatalista-.

Se apagan las luces de la sala, ya va a comenzar la función.

–Dame los retazos de un rollo de película para ir construyendo éste cuento-: te escucho y cambia mi semblante, me saboreo un pedazo de anhelo, dudo:  – pero para empezar una historia necesitamos saber qué está buscando la protagonista-.

 Entonces Clara pone una oración en el aire para empezar: – Busco que me quieras -.

 – Como personajes buscamos el mismo final-: cambio de posición en la butaca, y Clara se cuelga de la luz que ya se postra en la pantalla, me dice: -  Entonces terminemos este cuento sin “olvido” sin limoneros desnudos-.

Comienza la proyección, te beso sin prisas y caen limones a nuestro alrededor, terminé de leer el guion y veo ya somos parte de nuestra memoria.


Captura de pantalla (2)

Foto Limón Partido / Andrés Villela