Los ángeles capitalinos se tomaron unas largas vacaciones, y sin querer han dejado a esta ciudad en la espera constante del próximo segundo.

Ahora, me sumerjo borroso en el primer instante del día, que no por ser el primero es el mejor, no, siempre hay que escalar la podredumbre matutina para aspirar lo que sobra del alba, a veces fétida, otras, sólo real.

La mañana es cobriza y me sobra el aliento alcalino. Mis manos apenas reaccionan. El sol diluido, paulatino en el gris, calienta los olores animales, aún persiste el sudor de la rebaba del mezcal, mis brazos me duelen y mi cara se ve hinchada. Bostezo tras bostezo, alcanzo a percibir mi humanidad bucal, punible. Necesito de agua.

El cuarto y la cortina se mueven con trémula pena, al ras, el celular marca la hora y los recados desgastados parpadean en la pantalla. Los sonidos de las palomas y el devenir de algunos aviones se entretienen en las ventanas. No hay nada mejor que el sin sentido antes del café, ya que la vida corre y en alguna oportunidad se estampa en el espejo obsceno del día a día, y me veo, alguien me golpeó en la noche, sangre en el piso y mi ropa ¿Qué pasó?

Aurora es nueva, suspira en un silencio intermitente y la imagen desnuda se introduce en mi conciencia. Miro sus ojos y el recuerdo se aparece en las lagañas, ayer buscaba razones en el horizonte contaminado y mis ojos la secuestraron mordiendo la libido de camino a casa, después, compartí con ella un respiro que se despejaba en el claro del bar, tiempo que se pasó en platicar de nada y luego, no logró recordar qué paso.

Llega el soplo frío de un segundo despertar y ella se levanta su mirada está en la cornisa del sueño, le deseo un buen día, no reconoce la voz, su cara pierde color, se levanta y golpea su cabeza, las manos le cubren el rostro. Ella corre y toma cada una de sus sudadas piezas. Dice pensando: “¿donde está mi reloj?”.

La miro transparente. Me recargo con un hombro en la pared. “Reloj, reloj, reloj, me debes el Uber de anoche wey” sin duda el reloj es lo que la mantiene en el recuerdo. El café de sus ojos es tan tenue que se insinúa en la sombra que el sol ha formado en su iris, se siente observada y me ve reprochando el momento. “Me voy a comprar el periódico a la esquina, cuando te vayas, no cierres, no sé donde dejé las llaves”: termino y recrimina las palabras antes dichas con una mirada que corta el cuarto. Estoy paralizado, ahora sé que no quiere hablar y tampoco quiere que me vaya.

Empieza a gritar, el claxon de cualquiera la hace reaccionar, da vueltas en un mismo eje y la luz se enreda en su cabello. La ventana le da directo en la cara, se borra nuestro pedazo de aire y crece la tensión, toma su celular, lo prende y lo apaga, enciende un cigarro y el televisor, se escuchan las noticias. Me siento en la sala, con mi ansiedad a tope la veo borrosa, dos plantones, uno en Fray Servando otro en eje central, ella sigue: “mi gato, Martina me va a matar, ya pasó otra vez y este pendejo seguro no recuerda la madriza que le pusieron ayer”: ¿Martina? ¿su gato? ¿otra vez? ¿Madriza?.

Tres minutos y sigue buscando su reloj mientras se viste, no lo encuentra. Se acerca a la puerta, trata de abrirla, no puede en un principio, inútil soy sólo testigo. La abre con lo que nos faltaba de futuro, la azota y se va.

Media mañana

Salgo, el sol se balancea en un trapecio y el simple cruzar de miradas es un reto para caminar más rápido, subo al microbus. Lo estrecho del aire te separa de los otros y el ambiente capitalino me desgasta los oídos.

Al lado, otros camiones transportan rostros espantados por los movimientos bruscos, nadie parece acostumbrarse, brincan y rebasan automóviles a diestra y siniestra, alcanzo a escuchar a un hombre ya mayor que reclama, -oiga no mame, no trae vacas- y se baja.

La tranquilidad llega con un semáforo en rojo, instante en que los edificios de alrededor se esconden ante el viento tóxico que satura los ojos llorosos del desposeído que pide limosna. Tic, Tac, el reloj no deja de molestar. El tiempo desgasta, miro: Insurgentes se ve como todos los días, abraza lo que le llega de la somnolencia boreal, y sus calles, edificios, cortan de un tajo la historia de toda persona.

Doblar las esquinas, seguir la recta y el motor que arrulla. Las ondas hertzianas se dejan escuchar, efecto, cortinilla, tambores, requinto, entrada: «la tarde suavemente…se aleja, la oscuridad tendió su red al mar, la espera entre las sombras, dios sabrá por que, no hay nada que yo pueda hacer».


Oficina

Es el cubículo un espacio inerte, no hay mucho que desmenuzar. Miro que las horas se sostienen en tres paneles que te obligan a ver hacia atrás, adelante, un monitor, números binarios convertidos en ideas trabajadas para alguien más y jugamos a quebrantar los pequeños poderes, ser más que el otro, indudable sentimiento del ADN que llevamos desde hace tiempos infinitos y que aceptamos entre el olor de los tamales mañaneros.

Las conversaciones están dilatadas en un sinsentido pasmoso y sin tapujos ofreces un protocolo cordial. Los silencios se estresan y juegan con la espalda llena de nudos, marketing, superación personal, status quo, te reflejas en el monitor apagado y ves a alguien que no conoces pero que toleras para seguir adelante, sabes e intuyes sin miramientos que no te debe importar.

La rutina es constante y las repeticiones se basan en:

Saludos mentirosos: – ¿Qué pasó jefe? buenos días-.

Mente narcotizada: -Señora, me puede traer un café- para quitarme esta paranoia.

Política empresarial: -Qué cree, el contador no se encuentra, el cheque ya está, pero el único que puede entregarlo es él, puede hablar en 5 minutos, para ver si lo encuentra-.

Palabras comunes: -Oye Fernando puedes hablar con el creativo, tengo una duda-, ya que como veras no estoy haciendo nada.

Círculo vicioso: -Vamos a comer-, aventura que deja a la mirada de todos la nula capacidad para decidir algún lugar que pueda satisfacer a la mayoría o al jefe.

Los momentos necesitan venderse, todo trabajo es comerciable. Llegarle al precio a la realidad se basa en porcentajes que se rompen con el opaco brillo de una moneda. Abro la ventana de la oficina y el aire arrastra una quietud que empalaga. El trabajo termina y sales para recibir de manera directa y frontal al tráfico inmóvil que gasta la poca paciencia que te queda para sobrellevar el día.

Camino reventado

Al doblar la esquina en Masaryk he sentido que los pasos se quedan en un segundo que se extiende hasta el inicio de la noche. Llueve, el cielo se regodea en múltiples orgasmos, mis zapatos lloran y el pantalón se tatúa en la piel. El cigarro se mantiene intacto y la acera corre tras el agua, enfrente, sobre la misma calle se encuentra un gordo, que grita, reclama, playera negra y pantalón abajo de su cintura. Una persona a su lado se encuentra tirada, seguro se tropezó con él, invadió espacio, un momento de distracción, y al caer sobre un cuerpo que no era el suyo, éste último lo empujó. Territorio, pertenencia, todo viene empaquetado en la sangre. Paso de lado, me mira haciéndome entender que no es asunto mío y así es, me sigo de frente.

Subo al camión y un movimiento aleatorio, borroso, y súbito. El micro se estaciona en la calle de Horacio y el Conservatorio Nacional, fotografía silente, nunca he escuchado música salir de ahí, o visto a algún músico salir caminando de sus puertas, volteo y ella alcanza a sonreír, sin pretensiones, sin referencias, creo la conozco de algún lado. Reforma pasa de frente, se deviene rápido en múltiples pasados. Los faros con brillantes luces amarillas pasan por arriba. Las palas y picos caen con un ritmo tribal que sube con el humo pestilente de las alcantarillas.

Sombrillas con pies van deprisa, los ríos improvisados se vuelcan en la acera. El Auditorio Nacional se pavonea y la vida se ha movido, ha dejado un rastro que huele a bochorno cuando se estira.

Reforma, Insurgentes, los autos se aparean, diez minutos y sigo en el mismo lugar. Le pregunto ¿Qué lee?: “La Ciudad sin Nombre” y las luces de la calle juegan con ella, las sombras se dispersan en sus ojos de gato que me alcanzan, saben que busco algo que hace tiempo se me perdió; su cabello quebrado brinca y encuentra alguna salida, aunque vive ensimismado. Los pómulos se abren y resbalan hasta llegar al mentón. La boca es pequeña, en momentos entre palabra y palabra ronrronea, me explica contenta algunas impresiones del libro. Volteo, Insurgentes sigue ahí. Cuál es tu nombre: “Me llamo Aurora”, “Soy Fernando” me arrastra el diálogo: “copy de una agencia de publicidad, ordeno ideas y genero otras, quiero independizarme” ella dice que estudia en una escuela de fotografía, que nació en febrero y que es acuario, 26 años. Las intermitentes le dan de frente, su mano recorre el hombro y vuela. Ella no esta aquí, nada mas está presente en lo que habla. “Voy a llegar tarde a la casa, mi madre siempre se enoja, tengo un gato que maúlla cuando tardo en llegar, pero debe de entender”, voltea para ver si la escucho, respondo con una sonrisa, está compartiendo soledad, sin más le pido su teléfono, me lo da, y dice: “Sueño que te veo y estás” no sé que contestar, seguro mi rostro se pintó de payaso y sopló fuerte esperando a que reviente la cabeza buscando de adentro una respuesta.

Madrugada

Puede que en estos momentos las estrellas se vean un poco estúpidas ya que no saben que hacer con el viento. Aurora se dilata en el asiento algo intranquila. Se oye el crujir de la noche, se abre a su fe de sentirse viva. Las estrellas saben que es su hora, pero el aire juega con su suficiencia, se quiebran sin cesar en el parabrisas del taxi.

La Condesa se mueve en su propio reflejo, es un bosque citadino lleno de vaho nocturno. El frío humedece su brazo que sale de la puerta del coche, juega a entrometerse en el viento, arriba, abajo, horizontal, vertical, se termina el juego. Llegamos al lugar, personas sacadas de una historieta japonesa están en la entrada. Las luces del lugar llegan a la cúpula celeste. Sotomayor se escucha y los golpes del sampleo ya empiezan a jugar con las neuronas. El guardapuertas nos pregunta si queremos entrar, le digo: “prefiero esperar y terminar de éste cigarro, entra tu Aurora”. Anclado en el momento se esfuma el cigarro, lo tiró y la acera mojada lo barre hasta desaparecerlo. Entro y me encuentro con cuerpos que avanzan en un caos que los dirige a los baños y a las barras improvisadas, las luces, estrobos y móviles juegan con mi paladar lleno de ácido.

Gritos símiles alcanzan al dios caníbal que los oye escondido detrás de las cortinas, manos y brazos fuera de foco se mueven queriendo atrapar los sonidos. Aurora aparece en el último plano, el espacio se diluye en perfume barato. El mundo en su cuarta dimensión se abre, sirenas electrónicas cantan en lenguas muertas, resucitando en bocas de náufragos sedientos de muertes pequeñas. Las panteras negras disfrazadas de noche se comen constelaciones.

De repente un zumbido escondido en una sombra vuela enfrente de mí, me golpea en el rostro, el piso sabe a madera, reacciono, tratan de levantarme pero se les cae la tacha, se reclaman uno al otro y me dejan tirado.

Un foco rojo es mi faro y ella se sienta debajo como acto divino, voy para allá y me vuelven a golpear, pregunto alrededor si alguien vio al cabrón hijo de puta. El instinto me lleva a la barra, me preguntan si traigo ácidos, le digo: “no mames y dame un mezcal”, rompo con la quietud y me acerco a ella: -si el día pudiera repetirse, quisiera volverte a conocer. La locura nunca puede ir en círculos-. Me ve sabiendo que lo que digo se borrará cuando acabe esta canción.

Pienso: -¿Porqué le exigimos tanto a nuestros fantasmas?-.

Alguien me jala, una patada, dos, tres, mi cabeza estalla, trato de levantarme con aspavientos, resbalo sin culpa, escupo sangre esperando siquiera herir su dignidad. No veo, me disuelvo en el inconsciente y amanezco otra vez pensando:

Los ángeles capitalinos se tomaron unas largas vacaciones, y sin querer, han dejado a esta ciudad en la espera constante del próximo segundo.

Ayer soñé que caminaba sobre la calle de Puebla en la Colonia Roma, llegando a la esquina ya estaba en Colima. Reflexionándolo, así de primera, son calles que no tienen algo que los relacione en particular, son paralelas, salvo mis referencias de infancia en los ochentas no hay ningún vínculo, época dónde el presidente López Portillo y el máximo de corrupción iban de la mano con el Negro Durazo, quién estaba al mando de la seguridad nacional, en esos años había cierta percepción de maldad normalizada, caminar en Ciudad de México era un tipo de ruleta rusa. En el sueño, de repente llegaba a otra esquina, pero era la calle de Bartolache en la Colonia del Valle y percibía, como se percibe cuando soñamos, lugares nebulosos, moldeables, cómo por ejemplo que Mérida en la Roma estaba paralela a Eje Siete a la altura de Avenida Universidad, otra vez en la Del Valle. Sí, siguen siendo trozos de infancia dónde los Renault 5 y los «Vochitos» inundan el tránsito de mis escombros fantasmales, mentales.

Súbito y sin razón aparente, estaba en una casa en medio de un bosque, llanuras repletas con árboles cortos, era una tarde con cielo aborregado, azules tenues con algunos tintos negros que bordaban el horizonte. En plena admiración del paisaje, así sin más, veía correr del límite más cercano a un león, él cual, se acercaba a gran velocidad, quien al trote empujaba con el ruido las ventanas de la casa, y yo, algo precavido, corría de puntas a la cocina, abría el refrigerador para un último almuerzo y no había nada.

Ansiedad.

En ese momento me desperté y supe que había comido demasiado. Sí, era fin de año, no había nada en el refrigerador, entonces es que salí a comprar algo y la ciudad había desaparecido.


Al observar la puerta abierta de una escuela, así, de la nada, recordé mi primera idea pervertida. Mi cabeza en momentos es fácil, y es que ubiqué en los límites de mi infancia sin mucho esfuerzo, un recuerdo, un secuestro de la memoria. Mi maestra de sexto grado, una mujer con significado, delimitada con una curva delineada y pliegues particulares, ella, sí ella, me pidió que le ayudará a bajar unas cajas con enciclopedias de su automóvil, un Renault 82 amarillo, humilde, fetiche; de donde abrió la cajuela y vi en medio de su escote una señal: ¿porqué a mi? y como adolescente naïve sentí ese sentir insolente por primera vez. La esquizofrenia mentirosa se detuvo en mi pecho y subió directo a la cabeza, se llenó de sangre adolescente y delimitó mi bochorno infantil, como en ese entonces, ahora, ayer, durante.

La vergüenza se cayó a pedazos de manera atroz y miré a mi maestra de manera infinita como un animal que ha encontrado su presa, quise que fuera mía en ese momento, la aceché sin ropa, me imaginé besando algunos pedazos de piel, las que en ese momento podría reconocer cualquier niño de doce años, para ese entonces ya era demasiada la excitación, y ahí, atado a mi lengua salpicaba mares de gozo fortuito, ajeno a toda fantasía inocente; recuerdo, fue un lento caminar por el pasillo de mosaicos blancos recién pulidos, y traté de acercarme, rozar sus piernas con mi brazo, un accidente involuntario, cínico, una señal obtusa que me dijera que ella se sentía igual que yo. Sí, francamente era un iluso precoz.

No, no pensé en todas mis madres, ni en en la cruz que debía cargar, nada más alcanzaba a escuchar su entrepierna rozando en cada paso y entonces quise apretarla en mis brazos, abalanzarme y accionar como lo hacían en las películas cuando los dos protagonistas se buscaban en el párrafo más glotón. Entonces, como en cualquier película B de adolescentes, tropecé con mi tragedia, caí al piso sin obstáculo alguno, limpio, casi sublime, y ahí, toda mi excitación se estrelló sobre la boca ensangrentada, vi hacía el frente, las cajas testigos con los libros sobre el piso, y en segundo plano, alcanzaba a ver algunos figurines borrosos corriendo en un sentido caos, risas perdidas en el blanco solar de las ventanas, de repente, unas manos me tomaron de los brazos, trataba de no llorar mi derrota y escuché una sentencia: –ya ves Efraín, eso les pasa a los niños por calientes-.

Desde entonces, una quimera me acompaña a diario cada vez que les sonrío: Las mujeres lo saben, sí, siempre lo saben.

Hoy es día de la Santa Cruz, un día que traigo bien colgado de la cabeza. Mi abuelo Lucho era albañil, era su día especial y ahora que ando por la carretera camino a Atenco, recuerdo que cada año se ponía muy borracho y nos daba mucha risa cuando nos contaba cómo él ayudó a edificar gran parte de la Ciudad de México. Mi abuelo decía que el D.F. parecía construido con retazos de muchas ciudades en dónde nadie se conocía. Decía: -pinche ciudad rara, nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer, nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí- y se empezaba a reír.

El medía su vida a partir de las construcciones en las que participó. Murió el año pasado, se pegó un tiro una mañana donde los gallos ya no cantaron más al escuchar el balazo. Mi abuelo ya no aguantaba su historia y su espalda, ya no podía trabajar y se sentía inútil, -poco hombre- decía.

Mi garganta desde ese día nace con un dolor que cala cada vez que camino, tendré que acostumbrarme algún día. El sol quema mis pestañas, la tierra es árida alrededor, algunos magueyes y cactus me saludan del diario, voy en la carretera con mi amigo Juan. Él me presta su burro, le gusta acompañarme y le pago con una empanada de picadillo y su refresco. Hace dos años que no vamos a la escuela y nos dedicamos a caminar para comer; ahora vamos a Atenco, vivo en los alrededores y cargo con un puñado de madera vieja, plantas y ramos de flores para vendérselas a mi tío Pedro que tiene una tienda de abarrotes en el centro del pueblo.

El aire se siente pesado. Mi abuelo decía que siempre que ocurría así, era porque algo iba a pasar. Desde que querían poner el aeropuerto por acá, el aire siempre me pesa.

Veo sombras corriendo en el horizonte de la carretera, gritan, pasan a un lado, no reconozco a nadie, me duele el estómago. Juan ya corre con ellos, se escuchan balas, él cae fulminado, muerto. Me hago como puedo a un lado de la carretera, mi pulso se acelera y me pongo de espaldas. El burro tira la madera, los ramos, y corre hacia la llanura. Cierro los ojos, escucho: -madreen a ese pinche tira, se cayó el pendejo-, algunos machetes golpean lo que parecen ser huesos y llegan hasta el piso, en mi cabeza suenan como truenos furiosos y mis manos tiemblan, empiezo a orar en silencio. Oigo más disparos y gente con botas pesadas se detienen detrás de mí, las voces se mezclan y hay helicópteros volando alrededor, escucho: -Mátenlos a todos, hijos de la chingada, ya se cagaron a Duarte-, -Oiga mi general, acá esta uno de esos pendejos, y trae unos ramos de flores-.

Veo unas botas negras de frente, volteo hacia arriba y sé que algo me va a pasar, el sol y el casco no me dejan ver su cara, no puedo decir nada, el grito se atoró en el estómago.

Una pistola me apunta al vientre, escucho la voz de mi abuelo: -nadie se conoce pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer-. Siento mi estómago caliente y ya no tengo miedo, termino por escuchar:

“Nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí-.


En memoria de Javier Cortés Santiago, niño de 14 años muerto de un tiro a 70 centímetros de distancia con un arma calibre 38, víctima de un ramo de flores, vendidas para la democracia vestida de violencia, el 3 de mayo 2006. El cuento fue escrito ese mismo año.


-Tengo palabras concurridas, tardas y es que el sentido de nuestra vida juzga, traba la libertad trasquilada, insalvable y en ocasiones, es una casa. La nuestra-

No sé, pretendí esconderme en el baño público para confundirme con la nada, y ahora, trato de explicar los olores compartidos y el juego acaba denostando las esquirlas del otro contiguo y sus tufos en medio del desatino, tan personales, tan únicos. Sé que los olores nunca se repiten, pero eso sí, palpo, me siento en una última oportunidad, así son los baños públicos, un último chance para seguir avante en el día. En hilera, pies honestos por debajo de los paneles blancos, plásticos, empujando las muertes pequeñas. Los ángulos en las paredes pintados por la luz de las ventanas apenas, un espacio de fuga, es el ocaso que ventila la podredumbre humana acompañada de pintas de ocio al frente: –si lees esto, eres un pendejo-, una idea pululante, colectiva, y sí, es un espacio de ayuda al desprotegido, sea que vengas a morir o que escribas idioteces mientras empujas lo que te sobra.

Sin procurar, observo una ventana al lado izquierdo de mi cubículo y persiste una maceta secreta, casi intocable, roja, de barro, un helecho entrampado, particular, con un matiz verde lechoso, líneas oblicuas en los costados que suben por en medio del marco que encierra a la ventana, y en medio, un caracol, lento, pernicioso, volátil en su paso ondulante, su piel mucosa no deja de transpirar. La lluvia ejerce en él un instinto para salir. Su carcasa: una coraza café teñida con vórtices, con rincones diversos y una certeza: un infinito sin nombre dibujado en su casa.

Hace meses que no encuentro un lugar dónde poder estar, se ha escapado la certeza en la puerta que siempre está detrás de mí, esa puerta que cierro para expirar mi visión única sin patrias, unilateral, sin traspiés, ahí, dónde se desvanece un después, un futuro que sin pasado me permite estar atrapado. Alcanzo a saborear mi egoísmo de entre la lluvia, etéreo.

Reviro, el caracol sigue encumbrado con su casa arriba, el blanco espeso del celeste atrás, y él, sigue adelante sin trasiegos, en un tiempo sin límites, escogiendo su propio camino, sin ansias, vagando, deslizando el temporal entre hechos borrosos, sin entrañas supuestas, sin prisas, y ahí, seguirá en los andamios prestados sin presentimientos vacuos.

Una sombra asoma de entre la ventana y una mujer toma una fotografía, otra, la lluvia le prestó este instante sin presagios. Miro con pena, me sobra una nostalgia y me ve, hace otro clic y es que caigo en cuenta, me he convertido en caracol.

“Sin mentiras sólo queda esto que somos, y la tragedia: sí hermanos orangutanes estamos enfermos de humanidad”.

El mono concejal terminó el discurso y no hubo más que silencio en lo que quedaba del Palacio Legislativo.

El presidente orangután entonces rompió en llanto, y todos en la manada se pegaron un tiro. Frente a esa verdad, ya nadie podía gobernar.

Había estado viajando en el metro de un lado a otro, siguiendo las noticias para saber donde necesitaban voluntarios para ayudar con los escombros, nuestros fantasmas nos rondaban después del terremoto y un dictamen: “sálvese quién pueda” rondaba en el aire templado, que, sin ser el principal protagonista bailaba entre los vagones, y yo, intentaba respirar la tragedia para empujar algo de esperanza.

Sentado enfrente, un hombre traía un bastón, su mirada al piso, una gorra le tapaba la mirada y lo que me llamó la atención es que todo el tiempo parecía temblar, pero era algo particular, quería entender cuál era su terremoto personal, y lo veía insistente, su rostro parecía siempre estar en movimiento, pero era extraño, el temblor era más fuerte que el vaivén del vagón, sin exagerarlo, sin frío, era casi imperceptible y no quise imaginarme el dolor o la causa del porqué, y me supe cobarde, empecé a titiritar también, me paralicé, por un momento logré percibir su rostro, era ciego, y en su temple supe que la ausencia ya empezaba a ser colectiva.

Entonces ya no pude ver y tuve que soñar, ausente.


Cuento corto escrito en el 2018

-Benvenuti a bordo dil treno Frecciargento, capolinea Venecia-: es la lectura involuntaria de la señal luminosa en la pared del vagón. Estoy en un tren, a los lados, planicies mediterráneas de una Italia enojada por la crisis que despierta en tanto, es el virus de la economía griega latente en la comunidad europea. Las luces no se apagan y los rostros de los travelers algo adustos. Me sobran centavos de euros y la absorción de un momento sin sentido en una plática futura o en una anécdota sin contar. Sí, es el tiempo que siempre quisimos perder, sí, es ese preludio que no cuentas más que para pasar a la siguiente escena, al siguiente diálogo con importancia.

Se dobla la poca fortuna y sigue el sin sentido en las pantallas de TV que tan sólo muestran las ciudades que van en el trayecto, un bostezo y el reflejo de una mirada sobre la ventana del tren como advertencia. Mirar apenas con un sentido práctico sobre la región Emilia Romagna antes de arribar al noreste húmedo de Italia. Las campiñas sobresalen del paisaje, pero no por el invierno recién, no, es por el trabajo conferido en años seculares y milenarios. La ruta de Roma a Venecia atraviesa sin horizontes oblicuos, más bien perpendiculares, y el café fortísimo se entromete sin miramientos en el paladar, y de vez en vez, de entre los árboles sin hojas, un verde vetusto algo melancólico y fugado con la falta de nicotina. Intento leer la revista L’espresso y el protagonista, Berlusconi, el presidente rockstar. Mastico una menta para calmar el ansia y los colores del paisaje me enganchan, no es que sean más brillantes, no, simplemente la gama crece y los nombres son diversos para cada novedad, terminando por ser individuales, secretos.

Siempre es así cuando no te alcanza con solo mirar, y no, no hay que delimitar la información, quizás engañosa al principio, pero la constancia te lo confirma, existe una línea cromática novedosa, punteada con una necesidad tradicional de la estética sin pretender. Así es, viven en una realidad pigmentada. Escuchas, alguien atiende a la Traviata de Verdi en su Ipod y la música aún los mantiene en la tradición, aunque sea algo trágica. Atrás; unos ancianos, la conversación dista en Padua cuando recién salía del fascismo y sus grandes construcciones en los años sesenta. Imagino que el tren frena súbito como solución del momento inerte, cobrando algo de movimiento, algo de vida, pero no existe tal; he perdido, pensé atónito ante el destino.

Un ciervo nos mira en la imaginaria de los pre alpes italianos y mi atención va al giro en torno a ti, blanca, rossa y con los labios gruesos, sí, el ciervo te ha visto en este panorama inerte antes de llegar a Bologna. El café se mueve con el vaivén del tren y me acompaña una risa personalmente snob, pretendo sin sentido de fondo, y claro, hay una burla en la risa checoslovaca de ella. La angustia sin papeles, migrada y con un dejo de espesor clandestino, y sí, se sabe con el control de una consecuencia en la aventura migratoria. Un flirteo entre nuestros países, pero nos hace falta una fábula en nuestro modelo para armar conversaciones, y sin pensar, los idiomas ya no forman parte de una certeza, sin embargo, persigo su sonrisa en la conversación. No, aún no logro entender lo que ella dice y sigo el diálogo con las manos y veo que aspira, hace una pausa y se reconfortan sus rasgos. La acabo de conocer y juego a ser complaciente, cuando en verdad no lo soy, y llamo su atención con un juego de niños sobre la mesa, dedos arriba que caminan en el aire.

Se detiene el tren sin filamentos, sin guardianes y te diviertes hablando por teléfono a México, a tu casa en la Narvarte que no existe sin estar, un mundo paralelo, y te detienes en la boca de ella, alientos irrepetibles. Transgredo a la gente de enfrente, no me molesta, sé que estoy en un beso vago. Afuera ya está Bologna, e intuyo, espero, que hagamos el amor. Me ve complaciente, durante el trayecto disfrutaba que mientras hablábamos, yo pudiera escribir. Me preguntó: ¿Qué escribes en un mundo que ya no lo hace? y ya Bologna sobra de entre las vías del tren y tratas de entender el inglés checoslovaco, difícil. Se llama Ida y la conociste tomando una birra en la Piazza Navona de Roma. Ahora, salimos del tren y la estación yace ahumada, fría, nocturna, y pretendes saber que quieres morir en ese momento porque no necesitas un futuro sin el ciervo imaginario que vive para mirarla, amarla. 

E’ finito, arribamos, estamos en Bologna Centrale.

He perdido la noción del tiempo y aquilato la nula zozobra por un momento. El cuarto está fuera de foco, se ilumina en un degradado intermitente por lo que sobra de la televisión prendida, me acomodo los lentes y centro mi mirada en el monitor, pasan treinta segundos y el comercial ha funcionado, he decidido que no quiero comprar una camioneta que nació para ser salvaje, prefiero mi albedrío para evitar necesidades.

Atrás, la pared abolida de matices, dos tazas de café cómo una pintura rococó, kitsch, una de ellas con labios pintados en la orilla, la otra, con la palabra metáfora en el cuerpo y con comisuras en el asidero. Una foto blanco y negro sin enmarcar prendida de un clavo oxidado, es la imagen de un encuentro nada específico, ella miraba al cuarto para las doce del reloj en Bucareli y yo buscaba en una revista filosófica una retórica para salvarme. Nada de especial tendría esta foto si es que yo no supiera que tan sólo han pasado quince minutos, son las 12, estoy al lado del reloj, pero ya no estoy en la fotografía. Llegué tarde.

Empieza la angustia, un pulso tóxico.

El frío cala en los dientes, el viento se entromete y ensombrece las paredes, vuelan las servilletas como ideas blancas, nulas, y cae la antena, el lector de notas se ve de lado y desaparece poco a poco. Hay una lluvia de puntos negros y blancos que se mueven en un ordenado caos, los acompaña un ruido indescriptible, es la estática. Trato de arreglar el televisor pero una señal de radio se entromete y calla por completo al devaluado lector.

gjijjjjjghhh
gghjjjjjuijjj

Elocuente estática, pensar que hay ingenieros que estudian éstos parámetros desordenados.

-La reunión entre legisladores y las instancias financieras han provocado un caos en la sociedad mexicana…-
estgguggjjjjjh
jjjjuijjggghggj

Se arregla, porque se arregla, necesito eludir la dictadura perfecta, ominipresente, mediocre, aunque sea en las partituras de plata de una placa tecnicolor.

-Un asalto a la razón en Bucareli y dos personas se quedan sin el tiempo, ahora vamos a un corte…-
jjghhhuijjjj, ujjjjjjjjgujjjj

Las voces se trazan, ya no hay señal, me enoja el momento y rompo la antena en la pared cual catarsis adolescente. La estática sigue y aprisiona mi obstinación, es un dolor intenso. La ansiedad se entromete como un grito retardado en cada pared, voy como puedo al cuarto y tomo la pistola que me regaló la rebeldía cuando ésta se instaló en la ceguera.

Hay diálogos que aún no terminan por salir, los jadeos que permean con ella, en ella, y sudo frío, regreso a la sala y veo al televisor detenidamente, lo juzgo y la bala se incrusta directo en la pantalla, respiro… ya no está mi reflejo cansado.

Sus últimos pulsos eléctricos reclaman mi acción, estos desaparecen poco a poco. Los pedazos de la pantalla reflejan en stereo este espacio que ya no quiere protestar.

Recargado me inclino sobre la pared, veo la carcaza y la pateo, se mueve como péndulo y cae completamente. Tan sólo le escupo esperando que se vaya directo con la maquiladora madre que lo parió.

Todo lo que se mantenía en la cordura cae. Las discusiones se proyectan en las paredes y el foco de la sala no deja de perdonar. El viento se abre y la ventana me repara un rumor somnoliento, me acerco a ella y siento a la ciudad libertaria en la cara. Subo al marco y me doy cuenta que en cinco centímetros se balancea mi cuerpo jjujhhhujhuuhh. ijjjjjjjjjh, jujhhhhhjjjhjjhjhj, jujjjjjjjjjjjj, hjhjhjjgggggguijjjkkk

Un corte eléctrico, se va la luz en toda la ciudad y el silencio es total, un respiro y una pausa clara, la constelación arropa mi locura abrupta, tóxica. Bajo de la ventana, sé que tengo que irme, tengo que alcanzarla para la foto, el reloj de Bucareli ha parado, y creo, yo puedo salvarme sin retórica.



Cuento empezado en 1998, acabado en el 2010.

La calle 16-a ya terminó de levantarse cuando el sol aún no se aprestaba por salir, algo borrosa está cansada y se detiene agrietada a bostezar. El cemento brotado respira de entre las piedras que le sobran y algunos cuervos mascullan las heridas del asfalto. Los edificios decaen, la pintura de sus paredes forman partituras sin sentido por el óxido de mar, algunos pintados de azul otros de rosa, y en la banqueta se entrometen algunas cercas de metal; son muros improvisados que cuidan las pocas pertenencias de los suburbios en la ciudad de Cancún. El paraíso prometido se esconde entre los trabajadores que caminan como sombras ligeras para ir a trabajar a la zona hotelera; salen por miles a la región 96 sin ningún eco, sin ninguna historia que contar, sus conversaciones se devienen en censura por las jornadas cansadas.

 

El tiempo se conmueve mientras ve a algunas mujeres que tienden la ropa, son trazos de pinturas lechosas gracias al sol blanquecino del caribe mexicano y Elo corre entre los tendederos que simulan las banderas de una certeza marginal; tira algunos calcetines y no le importa, una vecina le riñe, pero Elo quiere volar. Cinco años, mestizo, rasgos de páramo africano, cabello chino enraizado, trae apenas una blanca sonrisa entonada por un silbido.

 

El pequeño se detiene en medio de dos viviendas a la mitad de la acera, al lado hay un parque básico, algunos columpios viejos, sube y baja escalonados con asientos de madera sin pintar, una llanta que sirve de asiento y dos caminos de adoquín sin rematar, ahí no pretende existir el infinito mediato, no, es una sencillez real, abrupta, crujiente en las raíces del árbol sin olvidos. Elo observa detenidamente y sin dudarlo, empieza a cortar algunas flores algo marchitas, brinca entre los columpios, como si la nada no tuviera explicaciones, en donde puede disfrutar de una soledad inocente y perenne. Elo corta otra flor, ya trae un manojo que se cuenta por docenas y su madre Martina cubana de Matanzas, le llama para comer, ella trabaja en Playa Norte de Isla Mujeres ofreciendo masajes por 25 dólares la hora; pero Elo no le atiende, sigue en su afán, el calor y las paredes son sus testigos, no dejan de exhalar.

 

Elo termina por mirar alrededor, no queda ni una sola flor, sabe que ha cumplido su tarea, camina hacia su izquierda, su madre le vuelve a llamar de manera más imperativa, ya son las 6 de la tarde, es hora de cenar, pero él voltea hacia el otro lado, camina fuerte, como soldado de una dictadura vital, como un señuelo sin recuerdos; llega a un portón azul, un pequeño patio lóbrego que esconde la casa trasquilada de Maya, mujer sin apellido, delgada pero con curvas afiladas, ojos verdes, alicaída, adolorida, ya no mira lo habitual. El niño se encomienda mirando al cielo, toca, pero nadie responde, ve que la puerta está abierta y entra muy despacio, un vestido tirado en el piso, pero Elo y el viento se atreven, se mueven, no quieren una reclamación.

 

El silencio largo es apretado por los automóviles que cruzan por la avenida Talleres, pero un ruido irrumpe de entre la casa, se abre avivando la monotonía, es Elo, sombra que sale rápido del portón, tropezándose cae al piso, pálido empieza a balbucear, no encuentra una voz, no le alcanza el anhelo y la garganta destapada encuentra una escapatoria en un grito atroz y su madre le escucha, asoma su ansiedad por la puerta y lo ve, corre hacía él, lo alza entre sus brazos y en ese momento Elo aprieta sus ojos, sus manos y la arena de la garganta por fin se llena de lágrimas. Martina ve el portón abierto, deja a Elo en la acera, va, asoma sus miedos, pasmada y derrotada de entre la tragedia se recarga en la puerta, reacciona después de algunos segundos inhalando vacío y corre hacia la esquina tomándose del vestido blanco.

 

Elo sin saberlo se siente sólo, es un nuevo sentimiento, se levanta con enojo, limpia sus ojos y ve el manojo de flores en su mano, los avienta al piso y se queda en el borde de la acera, trata de entender que fue lo que paso, él quería a Maya, fue su primer instinto y llora como sí ese momento no se fuera a ir nunca, lo sabe.

 

Martina regresa trastabillando, entonces la gente comienza a asomarse, las puertas abren las fauces en medios tonos como preguntas que están por arribar. Las luces de los interiores brillan buscando el ocaso, algunas voces casi se escuchan, empiezan, salen de las casas y ella les espanta, no quiere que los buitres se aparezcan, no quiere que los fantasmas salgan lastimados.

 

Se alcanzan a ver unas luces intermitentes matizando la calle, azules, rojas, se estaciona una patrulla y los policías entran a la casa, salen y hablan por la radio; se recorre el tiempo y el cuadro no termina por trazarse cuando llega la ambulancia. Los paramédicos entran con una camilla y una bolsa gris, nadie se inmuta. El movimiento podría ser impertinente en el destino.

 

Los policías preguntan si alguien conoce a algún familiar y dicen sin sobresaltarse que no, no le conocían familia, y Elo se enoja de entre la indiferencia, sabe que nunca la vieron reírse o hablar, y de entre palabras apenas les responde que ella tiene una madre que vive en Mérida, y se llama Teresa. En esa pausa como decreto de la cordura las personas empiezan a retirarse, hablan, susurran, otros siguen su camino sin inmutarse, se acabo la fiesta. Elo reacciona limpiándose las lágrimas, olvidaba algo, recoge una a una las flores y al terminar, orgulloso las pone en arriba de la bolsa gris, las flores eran para ella. Maya sin saberlo le enseñó a silbar en medio de la nada.