En tiempos donde la violencia actual se ha vuelto cínica, la película estrenada en el 2001 –un mes después del atentado de las torres gemelas- tiene muchos “temas” que abordar, pero la crítica al -American dream- desde el borde, es de llamar la atención aún en el 2018.

Las palabras del outsider siempre han provocado que el cuestionamiento sea visto como un punto de quiebre, y el director Richard Kelly ha logrado que todos los personajes lleven un hilo de crítica apocalíptica, un esfuerzo cómico para ir a los lugares reconocibles de la doble moral recalcitrante y de un esfuerzo paranoico por marcar una diferencia; sí, a través del disfraz de un conejo ezquizoide.

El Amnesiac de Radiohead salió el mismo año y es de llamar la atención sin duda la sintonía oscura presentada en ambos proyectos, y el caos sincopado para buscar tiempos mejores, donde un antihéroe nos redima, y al final, agradecerle por la esperanza como aspirina, como entretenimiento.

La locura que acompaña a la libertad.

Después de años de inútil resistencia, me alcanzó la secuela número ocho de la marca Rápido y Furioso, terminé de verla, sí, pude ir más allá de mi ego, de mi sobrada presunción. Empecemos, el personaje principal (Toretto interpretado por Vin Diesel) con ideas morales y éticas más allá de las corporaciones o del estado, es un rebelde aplaudido por su conocimiento y destreza automotriz, un ejemplo de una anarquía válida, cool.

Toretto un rebelde con causa, un loco que vela por la seguridad mundial. No sé, creo para conseguir un líder así, primero hay que votar en una frágil democracia.

La idea de empezar con una carrera en la Habana, Cuba, donde el Che observa como sus ideas se caen a pedazos, a un lado del Capitolio, en medio del Malecón, ante el fantasma inútil de Fidel, ya me daba directo en al sien. Después Berlín, la seguridad alemana es débil, los estadounidenses saben que hacer en la tierra del euro, saben como negociar y hacer trizas cárceles de máxima seguridad. Así, para después confrontar a los rusos en medio del terrorismo tecnológico y de largo alcance, donde todos corremos el riesgo de un ataque, todos.

El asiento del cine ya me era indiferente en medio de la vorágine de la sin razón.

Los personajes principales, sean norteamericanos e Ingleses dan lo mejor de sí para frenar la idea armamentista de una hacker llamada Cipher (Charlize Theron) ante la nulidad y paralización rusa para defender sus armas nucleares. Claro, es un cuento que de tanto contar durante décadas ya me resulta verdadero en una película de ficción.

En el plano de la producción y del guión sobresalen las ideas exorbitantes que dan en medio del ser psicópata y del romper las reglas para conseguir objetivos patrióticos, persecución tras persecución no existe un atisbo de realidad corriendo por las venas de los personajes o los parajes presentados. La exageración al servicio del drama, al servicio del grito en la sala: – Maldita- que le inquieren al personaje de Theron, y claro, a mi risa sin previo aviso.

La validación de la violencia en medio de tiempos de guerra y normalización del narcotráfico habla de un ambiente donde la risa por matar va más allá del humor negro. Triste, se ha cambiado un pastel en la cara por la muerte fácil, anónima.

En la justificación del entretenimiento, Hollywood lleva más de un siglo haciendo lo mismo y siempre generando el mismo resultado, no está por demás establecer que cuando el éxito en taquilla es la finalidad y se consigue, la fórmula debe repetirse, y rápido y furioso lo logra aún después de ocho entregas.

Si estás buscando transgresión en ésta película, no lo hagas, si buscas ser compañía de tu sobrino, ve y descansa un poco de ti mismo, podrás disfrutarlo al verlo sonreír aunque no sepas por qué.

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Dejando nuestro rastro en Leith, Edimburgo, o podría ser en cualquier nostalgia, en cualquier lugar. La magia del cine nos permite el tener un consecutivo de un clásico que marcó a toda una generación en 1996.

Choose Life reza su principal epitafio, donde los cuatro personajes (Renton, Sick Boy, Begbie and Spud) crecen, envejecen y aún no terminan por resolver el enigma de estar jodidos, sí, el been fuck de costumbre. El origen, las letras de la novela «Porn» de Irving Welsh y el retrato sin paisajes de la actualidad británica, un humor negro que sobresale en imágenes sin maquillaje que desbordan en este rompecabezas llamado presente, embonado por un lado con la decadencia y por otro, con la sátira.

La cámara, así como el guión cuentan con la fortuna de hilvanar aspectos de realidad, de personalidad. Donde los contornos de la historia se desarrollan en el encuentro con el pasado, el cual, le revira a Renton (Ewan Mcgregor) como un perro entrenado para matar anhelos y esos pequeños sesgos de esperanza.  Boyle no se equivoca en pronunciar un discurso que no ha cambiado desde la era post punk de los noventas hasta nuestros días, la era viral y excesiva de las redes sociales. Emoticones, sonidos alérgicos del iPhone así como los restos de la cultura de los noventas en bares y sensaciones casi seculares de lo peor de la humanidad. Sí, podría hablar de que en el largometraje vemos la consecuencia de nuestras decisiones evasivas como generación, donde pensamos que en algún momento el futuro terminará por remediar nuestra falta de valor, de agallas. Ilusos.

Concluyo, Hollywood es tan lejano en nuestro día a día, y claro, es bueno saber que lo real, ese oxido de cada momento que está a punto de estallar se encuentra presente en películas como T2,  sí, dentro de lo fatal del presente, ésta historia es un tanque de oxigeno en medio del abismo.

“ Eres un adicto, así que sé adicto
Sólo sé adicto a otra cosa,
Elige a los que te gustan
Elige tu futuro
Elige la vida «

Renton 2016

Siempre hemos supuesto que la infancia nos deja lo mejor y lo peor de lo que guardamos en el almacén personal al que denominamos memoria, y sin duda alguna, esta suposición es real, de ahí determinamos en mucho de lo que somos ahora.

Star Wars en 1977 (a diferencia de casi toda mi generación) me generó un conflicto, para disfrutar el post de la película había que comprar la mercadotecnia para tener una experiencia “absoluta”, conozco a muchas personas que siguen coleccionando figuras de cada uno de los capítulos, y que mantienen ésta idea de disfrutar la película a la par de la mercadotecnia, y yo en realidad rechacé toda esta situación por no poder contar con al experiencia “completa” (no teníamos el dinero)  y creo también determinó mi facilidad por abstraerme de manera emocional de todo evento cinematográfico, televisivo o festivo, ya que para mi era mejor –racionalizar- un acontecimiento a contar con la experiencia “a full” en el aparador de mi cuarto. Sí, prefería no competir en aras de comprar felicidad, era difícil pero logré sobrevivir (por supuesto que me río de semejante afirmación).

Ahora, al ver en una sala vacía el último capítulo de la saga, ésta me ofreció una catarsis y pude reflexionar todo lo que acabo de escribir, y extrañado disfruté (después de una década) de una película hecha para todo público, pero al mismo tiempo me generó que las emociones contenidas durante treinta años pudieran fluir sin necesidad de mercadotecnia de por medio, sin exigencias colectivas y pude ver como el proyecto de Star Wars es más grande que George Lucas a pesar de la Disney Company.

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Dentro de la lectura cinematográfica, recuerdo la parte mágica de los escenarios naturales de las primeras tres entregas así como de lo rudimentario de los efectos especiales, pero con ese trabajo excepcional de artesanos para crear maquetas, también ubico actuaciones muy bajas en los protagonistas, donde los personajes robots y el enmascarado Darth Vader se llevan las palmas del discurso actoral, por otro lado, ubico como bandera del segundo bloque: la idea de que el concepto Star Wars les alcanzaría para poder llevar gente a los cines, les funcionó, pero no pudieron opacar o competir con el primer segmento, y ésta película en especial, reúne lo mejor de las entregas anteriores, ya que las actuaciones sin ser lo mejor, logran mostrar partes emotivas y en consecuencia generar vínculos con los espectadores. La filmación en escenarios naturales se nota en lo general, se percibe en el ambiente un óxido que te ofrece el paso del tiempo, y los efectos especiales no nos dejan de maravillar, y logramos recalibrar la sensación de disfrutar un momento, una idea, una sensación, llegando a ser una historia entretenida.

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También queda un dejo de saber que se pasa una estafeta de la vieja generación a la nueva, hay momentos en donde las ruinas de las naves sobre los desiertos de Jukku son casi una idea en prosa de lo que la saga deja detrás, pero existe un pase natural (a pesar de las repeticiones de una tragedia Griega) y el director J J Abrahams supo darle muy bien el acento narrativo a los momentos claves para ofrecer todo el respeto posible a esta conjunción de símbolos y de personajes entrañables. No, no será un clásico de todos los tiempos pero sin duda consiguieron hacer un traslado lógico sin muchas heridas de por medio y eso, lo agradezco por el bien de la psique colectiva y de mi niño interior, hoy también, equilibrados.

Track recomendado para escuchar en la lectura Tame Impala-Elephant

En la historia del cine los esfuerzos literarios y sus interpretaciones incalculables siempre dejan cabo sueltos en cuanto al detalle, a la precisión para describir un párrafo, y la película La Danza de la Realidad de Alejandro Jodorowsky tiene a bien apegarse a la idea original del creador, a la idea como cuadro simbólico, mágico, no a la descripción literaria de los miles de lectores que le han leído y creo, es el principal logro del primer psicomago tuitero del mundo.

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Hace años, al leer el libro, me dejaba llevar por la rapidez de la prosa, así como por la consecuencia única de imágenes y momentos, era un remolino eficaz para buscar la catarsis personal y la imaginación se destilaba en una ávida erupción de cuadros  a cada capítulo.  Impresionante.

Al ver la película, ubico más contemplación y respiros pausados, la fluidez narrativa dio paso a la fuerza interpretativa de las imágenes y con fotografías emotivas para archivarse en el ideario cinematográfico del espectador.  Sensorial.

La verdad, es que no me detuve a precisar o a comparar las dos obras, ya que cada una debía tener su valor único ya que están realizadas en dos diferentes épocas del autor, aunque sí, hubo instantes en dónde la vinculación tendría que ser obvia, pero eso se lo dejo a la parte racional de la memoria selectiva y a los críticos profesionales.

La frase sin masticar y que queda como interpretación personal de la pieza es:

sí, aprender a bailar en medio de la realidad nos vendría bien a todos.

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Una imagen puede ser verídica cuando encuentras algo de humanidad en el diálogo y The Master (2012), película del director -algo outsider- Paul Thomas Anderson, logra vínculos universales en muchos frames de la cinta.

Proyecto en un principio abandonado por Universal Studios, que en aras de su realización libertaria fue la mejor decisión, ganó el festival de Venecia en el 2012 y con esa reputación, en el mercado “indie” pudo recuperar los 30 millones de dólares bien invertidos de la producción.

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Describiré la sensación cuando observé las primeras secuencias:

Vaivén en un péndulo sicológico donde indagaba muchas facetas de lo que tenemos bien a llamar humanidad, y no percibía a bien las diferencias de los personajes, ya que en lo básico, la mayoría de los protagonistas tildaban en esfuerzos psicópatas y egoístas. Sí, algo cínicos en sus traslados cinematográficos.

Después, para serles franco, como director entré en un momento de envidia, quería haber realizado un trabajo así, no sé si sean las actuaciones algo dispares de lo que se ve en la industria, sí, en realidad son trabajos sincopados, algo transgresores de: Joaquín Phoenix (Freddie Quell) y Philip Seymour Hoffman (Lancaster Dodd), pero estaba sentado en la butaca y de la boca creía que crecía un hilo de cáñamo, y en el momento consecuente se atascaba en la garganta, entonces, tenía una risa involuntaria que rompía con el frágil silencio del Cine Tonalá, y decidí realizar algún proyecto con un diálogo de esa fuerza interpretativa.

De repente, sin saberlo, ya estaba viendo bailes cinemáticos, diálogos precisos en la edición, transparencias en las miradas, excelentes travelings y estampas del fotógrafo Mihai Malăimare Jr. (El plano secuencia y su coreografía adentro de una tienda departamental, es una pieza clásica y un ejemplo para todas las brigadas creativas de la producción audiovisual). Estaba impresionado de lo que estaba viendo, y contento disfrutaba de la película.

Mientras escuchaba lo que pasaba en la cocina del Cine Tonalá, descubría que The Master (2012) era un diálogo resistente en la línea delgada que corta a la locura de la cordura, la soberbia de la inteligencia, y revelaba lo primario del ser humano, donde la mentira destaja a la verdad por inquietantes lados; estaba asistiendo a una exposición sin calibrar de lo que podemos llegar a ser, y nuestros límites en lo animal y en lo racional terminaban por escupirnos en la cara, ejemplo:

La imagen en dónde el hombre místico y líder de “La Causa” (Philip Seymour Hoffman) comparte prisión con el marino bebedor de thinner (Joaquín Pheonix), a los cuales, los separa una pared, donde el último destroza su celda con las manos esposadas en su espalda, utilizando cabeza y pies para inmolar su falta de libertad, y el científico sereno, racional, soberbio, fuma mientras lo observa, entonces, el diálogo se incrementa en una línea caníbal y terminan los dos, de igual a igual, gritándose como animales y destazando la secuencia.

Es la condición humana, ya que sin confrontación no hay evolución y como conclusión me quedé con esta frase entre los antagonistas:

-Cuando puedas sobrevivir sin un amo, ven y regresa a contarme como lo hiciste-.

Esta oración sucede  cuando Universal Studios abandona un proyecto, y los demás podemos ver un proyecto libertario.

* El personaje Lancaster Dodd está basado en L. Ron Hubbard el fundador de la dianética y la cienciología

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¿Cómo podría erradicar a los Óscares del aparato televisivo el 24 de febrero del 2013? ¿cómo hacerlo cuando gran parte del globo terráqueo los sintonizaba?, entonces dije para mis adentros ¿porqué no observar la premiación sin atisbos patrioteros? Y sí, por primera vez lo hacía desde la carpeta roja, por primera vez lo hacía sin random clicks y sin una percepción anticipada de ideas antropológicas y estructuralistas. Sí, ante mi y a pesar de mi, estaba listo para ver sin muchos prejuicios personales la premiación (eso creía).

Moonrise Kingdom

Mis favoritos tienden a ser un poco outsiders, en este caso Moonrise Kingdom, que tan sólo estaba nominado como mejor guion original. De ahí en fuera no tenía certeza quien estaba nominado y porqué. Lo que sí, es que cuando vi al tigre sobre la lancha en la pantalla de TV, recordé que cuando fui a ver Life of Pi, mi primera impresión al aire libre y con una certeza casi jurídica fue: Ang Lee quiere ganar un Óscar con ésta película. La idea manipulable del crecimiento personal a través del naufragio es un tema universal que ha sido trabajado desde muchos puntos de vista literarios y cinematográficos, pero ésta producción ha sido realizada específicamente para ganar un Óscar, y claro, disfrutar de la taquilla. Mejor Director: Ang lee. No más que escribir para la posteridad.

Life of Pi

Hablar de Argo, sería hablar de la mejor película del año que no he visto, pero desde el punto de vista estadounidense (y global), era necesaria la fotografía institucional y casi marcial, donde entre barras y estrellas Ben Affleck y George Clooney reciben el premio por parte de la primera dama de aquel país, resalta sin duda en una idea de nacionalismo persistente en la entrega de premios (así sucede desde 1929). No había tampoco mucho que decir, realmente no me sorprendió el fotograma estelar ante la situación global, actual, normal.

El premio a Tarantino es sin duda, el Óscar que le debían desde Bastardos sin Gloria, la historia por la cual se graduó como director cinematográfico, y sin más tuvo a bien a desplazar al que era el mejor guión original: Moonrise Kingdom, de Román Coppola y Wes Anderson, pero como dije en su momento de madrugada y ahora escribo: el señor Anderson tiende a criticar la idea del norteamericano promedio, maneja temas y situaciones más reales, más divertidas, más estéticas, pero con un tono sobrado, incluso ácido, y eso, a la Academia, a los Spirit Independent Awards (que también vi el sábado 23 de febrero), y demás festivales mainstream, no les interesa premiar.

Sutch is life.

La conclusión de este fin de semana festivalero es: si quieres ganar un premio o festival cinematográfico filma historias con culpas nacionales e históricas, consíguete un buen productor, y lo demás déjaselo a un tigre patriotero y moralista.

El domingo pasado vi la película por la cual Michel Franco ganó el premio Una cierta mirada en Cannes, y a bien, debe haber muchos puntos que la gente considere para su opinión conveniente o impertinente acerca de ésta producción.

La opinión personal es muy utilizada sin que alguien le solicite, como en este caso particular: escribiendo un blog

Cabe aclarar que toda iniciativa fílmica ya me merece un respeto, sea cual sea su finalidad y elaboración, sea porno o con Eugenio Derbez hablando en Inglés. Ubicado el punto, continuemos.

Al comenzar, me sorprendió el tema musical en el menú del dvd, se escuchaba persistente, fuerte, con mucha personalidad, casi un clásico, entonces mi dedo índice abusó del play en el control remoto universal. Empezaba la historia. Los primeros diálogos y me apresa la mala dicción de los actores o fue que ¿el sonidista no logró captar bien lo que decían?, también pensé: así se habla en la clase adinerada de nuestro país, bueno, en todo México distamos mucho de entender lo que él otro dice, aunque se tenga una pertinente dicción o un buen micrófono.

Lapsus, recordé la película Temporada de patos (Fernando Eimbcke 2004) y su certeza en la forma de presentar la historia.

Sin asumir una verdad, me estiré en el sillón y pude percatar que la película sí alcanzaba a retratar esos recovecos conformistas en la clase alta de nuestro país, en la forma como interactúan, visten, hablan, era como si los personajes dieran todo por sentado, no necesitaban mucha explicación del porque hacían o tomaban decisiones tan fuertes. La doble moral entraba embarrada como margarina transgénica en las situaciones y recordé que a los productores (los administradores del dinero para hacer los proyectos) les encanta que no te claves en la textura.

Lo que entendí al momento de rascarme las narices ya casi al finalizar el largometraje, es que tenía a mi alcance un polémico y subjetivo análisis: ¿el director trabaja un discurso moralista o es el guión? Todos los personajes terminaron por ser juez y parte, como en una película estadounidense promedio, y creo, ahí entra lo que marca la diferencia con otros propuestas del cine mexicano actual: hay que juzgar a Lucía y hacer que así puedas ganar el premio del jurado y ser parte de la selección oficial de Cannes.

Salí al techo al ver el huracán y me senté a esperar, sin pensar…

En el trasiego del lenguaje visual, la principal función del cine radica en el contar una historia, si a partir de conseguirlo, después logras ecos de una realidad con los fotogramas y aparte, consigues propuestas estéticas, es dónde puedes marcar una diferencia entre el cine con idea o el cine palomero.

Durante décadas muchos directores se han quebrado la cabeza para siquiera tener una línea narrativa con algunos elementos “reales” y “certeros” para desarrollar un proyecto cinematográfico, y en muchas ocasiones no han conseguido amarrar siquiera el guión (es el esqueleto fantasma de toda historia) y por ende, en muchas ocasiones las películas terminan por ser una fotografía con flash en una fiesta en la Condesa que pretende ser curada en la galería de arte que está sobre la misma acera.

Abel, la película dirigida por Diego Luna, tiene la fortuna de no pretender contar una historia que todos conocemos: la migración y su obvia consecuencia en la ausencia de padre en las familias mexicanas –ya desde el tema se puede ubicar como una situación que trasciende fronteras-. No, la construcción de los personajes y del guión, han sido sin duda lo que llevo la película a buen cauce.

Abel es un niño de 9 años, el cuál está internado en un “espacio” psiquiátrico tratando de evadir la realidad, lo interesante es que al momento de llegar a su casa, la cual cuenta con niveles altos de disfunción es que asume el rol del padre, pausa, es la primera situación a destacar en el personaje, existe una línea muy delgada para poder caer en lo desatinado y no, sin darnos cuenta, Diego Luna logra construir en el personaje de Abel un sin número de –programaciones sociales y culturales del mexicano- que causan gracia pero no por ser graciosos, hay una realidad implícita en cada una de las acciones de Abel que tienen un gran valor como retrato fiel de la actualidad de nuestro país, y sí, cuando nos percatamos, hay que reírnos de la violencia intrafamiliar y sus latentes consecuencias en la mente de todo pequeño que crezca en medio de ese ambiente, estamos viendo –claro- un absurdo.

Un punto que me llama la atención, es el manejo de la relación padre-hijo, la cual no ha variado mucho desde hace décadas, dónde seguimos educando a las nuevas generaciones como si fueran Pedro Infante y estuviéramos en la década de los 40as, es por eso que en nuestro cine (como en muchas otras cosas), el discurso narrativo se repite una y otra vez. En Abel, la idea infantil del ser padre, es gritar, golpear, ser juez sin formar parte y al mismo tiempo procurar protección en un desapego (no, no estoy hablando de política) y claro, los niveles de ansiedad nos mantienen en un auto sabotaje cíclico (no, no estoy hablando de fútbol y la ausencia de delanteros) para que al toparnos con la realidad debamos ver que simplemente nos ahogamos en un vaso sin agua.

La película aplaudida en Cannes, sin cuestionarlo, nos muestra el Abel que la mayoría de los mexicanos llevamos dentro y eso, aunque no lo crean, ya marca una diferencia.