El mar, la playa, siempre procuran un escape, vacaciones, el mar que limpia y balancea el cuerpo, sí, hay tantos parámetros de la playa como un lugar para descansar, por lo que me considero afortunado, he tenido algunas oportunidades para vivir cerca del océano.

La primera en el año 88, mi familia y yo nos fuimos a vivir al puerto de Veracruz en medio de una temporada llena de conflictos y con deudas a tope, siendo yo un infante pues no se entendía mucho el porqué, pero la idea de ir a otro lugar tampoco me ayudaba, dejando atrás amigos, escuela, barrio, las cosas que hacen consistencia a un púber se diluían en medio de inseguridades propias de un adolescente.

Veracruz de entrada fue muy amable, con gente sin preocupaciones pero con mucha pasión, por lo que mi periodo de secundaria la pasé bien, yo siempre triste y deprimido pero el ambiente jarocho siempre fue muy cordial conmigo. El hotel Emporio con su pastel de elote, el Sanborcito y sus picadas, La Antigua y sus pescados inigualables a la orilla de la boca del río, las dunas en Chachalacas, el malecón del puerto, en si, ahí, empecé con la idea de correr aunque nunca supe que era para sacar la ansiedad. La verdad es que puros buenos recuerdos de este puerto marítimo, después, en medio de berrinches, tuve que aceptar el regresar a Cd. de México, a sabiendas de que disfrutaba mi estancia en este lugar histórico, y sí, me quería quedar ahí, seguir en ese ambiente que nos ayudó a salir adelante después de la catástrofe familiar ocurrida en 1985.

Me quedó la idea en el subconsciente que necesitaba irme a otro lugar para poder estar bien, escapar, pero nunca ubiqué porqué hasta ahora.

En el 2008, tuve la oportunidad de huir a Cancún, un lugar con la playa algo lejana, por lo que no se logra disfrutar, o no existe la idea de tenerla a la mano, tuve que abortar misión y regresar algo derrotado a CDMX.

Ahora, con la coyuntura de trabajar en Playa del Carmen, también en medio de momentos adversos, aunque sin búsquedas o pretensiones de un futuro mejor, hablo del pico de la Pandemia en julio del 2020, veo que me adapté fácil, como si fuera algo muy natural, no quería recordar el haber vivido en Veracruz como antecedente, pero en realidad el vivir al lado del mar ayuda a sentirme bien, aire limpio, vecindades más amables, distancias cortas y niveles de pasión siempre más altos que en las grandes ciudades, también podría ser la idea de estar a la orilla del mundo con días espectaculares, escenarios indescriptibles desde el amanecer hasta que anochece, los sudores en las pieles, las vestidos ligeros, ciudad sin edificios, sin lugares lúgubres, olores diversos siempre a naturaleza, y claro, la pasión por la libertad, crecer, competir, buscarse un lugar en medio de una ciudad llena de migrantes.

En el aire flota la idea de valorar cada palpitación, cada respiro, ideas ya olvidadas en una ciudad más sólida como México, dónde tienes que crearte personajes obscuros para poder avasallar y ser «exitoso», acá también, pero debes ser más pintoresco, la falta de gracia podría ahogarte gris en medio del azul caribe.

Ahora, después de años, ubico que huir a otros lugares para escapar de mis miedos, de mis traumas, era en parte porque extrañaba Veracruz, he logrado entender que a pesar de las adversidades, la suerte de encontrar un lugar que te abre los brazos es una oportunidad para construir de manera más sólida un futuro en cada momento, no en cada berrinche o en el pasado oxidado que se ve cada vez más lejano.

Sí, sí lo sé, tengo el presentimiento de que en unas horas me tengo que repetir en una imagen seria con los padres de Estela. La zozobra se coloca en la situación. Necesito el libro La Montaña Mágica de Thomas Mann para regalárselo a mi suegro. Es un presente prometido que me lleva a caminar entre las librerías de la calle empedrada de Carrillo Puerto, en el barrio de Coyoacán.

La pretensión se pasa por un lado pero en su lugar se queda el siempre bienvenido orgullo. La circunstancia y éste libro así me lo permiten. No puedo hacer mucho: siempre hay un libro que no conozco. “Dale, mirá que es un Nóbel alemán“: me dice un uruguayo burlón que vende libros, de esos que a los demás les sobran. Estela me lo pidió ayer: estábamos bailando y la tomé de la cintura, se dio una vuelta al pregonar del Afro Cuban All Star y su espalda quedó en mi pecho, la besé del cuello y me dijo bien romántica: “le tienes que regalar a mi papá el libro La Montaña Mágica, es su cumpleaños el domingo ¿lo has leído?“. Parte de mi rostro cayó en pausa: “no, no lo he leído“.

Por personas letradas y con ganas de que yo me entere de su vida, ahora sé que el señor era alemán y que vivió sus últimos años en Zurich, nacionalizado estadounidense, escribió Tristan, Los Buddenbrook, Muerte en Venecia entre otras; diferentes caras en diversas tiendas me armaron esta sinopsis, pero cual fatum burlón veo que el libro está agotado en todos lados.

Me rasco el codo, así pasa cada vez que estoy nervioso. Camino entre algunos charcos que, como estática fluvial, distorsionan el reflejo de mi caminar. Llevo al señor Mann colgando de la sien. La esperanza, el viento y la lluvia no hacen más que empujarme a esta necesidad de encontrarlo. Estela seguramente me espera en la sala, lee a Lovecraft debajo de una lámpara encendida, hojea el libro, la mano izquierda se desliza entre las piernas y de reojo masculla sus sandalias. Toma un sorbo de vino tinto. Arregla su cabello con un lápiz y cuenta una historia, dos, ve el reloj y pretende hablarme al celular, duda y no lo hace.

Yo sigo buscando, mañana domingo será difícil el conseguirlo. ¿Qué será? Me armo entonces una historia del libro: el protagonista tuvo que subir a una montaña y pensó en encontrar un libro que le pidió su mujer, y de entre elfos y duendes el libro apareció, o será que de la montaña salían palabras en lugar de hojas y él escogía algunas para escribir y así tener un lugar en la historia. Es tarde y tengo que dejar de pensar en pendejadas.

Me llevo el cigarro a la boca. Nervios. A esta hora tan sólo quedan bares abiertos, por eso me meto al Hijo del Cuervo y a cada persona que veo con un libro le pregunto, busco una casualidad pero no me dicen nada y sus miradas se siguen en dónde los había interrumpido. Le pido al mesero una cerveza, me llevo las manos a la cara, el sudor ya cae con vergüenza y de entre mis dedos observo una bolsa que creo reconocer, dentro de ella se alcanza a ver un libro. Me acerco y no lo puedo creer: ¡es la Montaña Mágica de Thomas Mann! No hay nadie sentado: espero… muchas personas entran y salen del lugar pero nadie se sienta y el libro me observa a cada pulsación. Froto la mesa esperando a que el futuro me dé la bofetada y, de pronto, ella se sienta indiferente: ¡es Estela que ya tiene el libro! ¡claro, es su bolsa!.

Me dice: “te iba a marcar al celular y preferí venir. Sabía que no lo encontrarías. Vine a buscarte y encontré el libro”. Ella se ríe y continua: “me lo vendió un uruguayo hace 5 minutos, es uno que vende libros sobre Carrillo Puerto. Burlándose me dijo que alguien se lo había pedido antes, pero no se lo vendió porque, según dijo, ‘el tal por cual no conocía a Thomas Mann’. Supuse que eras tú”. Aquí es dónde me regreso con el señor Mann. Él, sin ser uruguayo, seguro me habría regalado algún cuento para hacerme reír sin ninguna pretensión.

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Imagen de Kacper Kiec

En Londres anochece antes de las cinco de la tarde, aún no me acostumbro, y como respuesta ideática he de acumular todo el humor británico posible. Me instalo en la añoranza: busco ciervos celtas en el imaginario, pero acabaron por ser un estampado en el cojín de esta tienda vintage. Sí, que fastidio. Flaqueo por caminar durante horas, obtuve como recompensa un ojo en el zapato, que por ser zapato, debe tenerlo para avanzar sin ceguera hacia el presagio.

En frente, el sector mercantil de Portobello, barrio histórico nivelado con aceras y casas paralelas, verticalmente estiladas, con detalles victorianos en las cornisas y con una obsesión, las construcciones están en armonía cromática como si así lo hubieran pretendido. Ansiedad apenas.

Me repito, quieto, sin querer comprar en el puesto de antigüedades. Sí, es una idea ínfima, tarda, y al menos obtengo un reflejo en el aparador, con un trasiego de miradas únicas, irrepetibles, entonces me siento en la acera y se presenta la costumbre, donde el frío de Londres nunca es un milagro.

Una certeza personal se pasea en el mercado que comienza en la esquina próxima, tengo frío, envidia de los abrigos diversos, anticonceptivos para matizar la muchedumbre, y claro, la elegancia de ellas con sus bufandas, saboreando los tacones altivos que resaltan sus piernas largas, escondidas, pero nunca inmaculadas para la imaginación. Sí, caminan radiantes. Un tocadiscos de treinta y tres revoluciones me he robado una fuga mental: la recopilación del Funky Organ Studio de Londres, le escucho desde hace diez minutos sin chistar.

Me sosiego, el ojo del zapato muere por resarcirse en ésta cafetería portuguesa, me he sentado y pedí un café corto. Un recuerdo se yuxtapone, me río, me hacía falta una idea anárquica, poco londinense, un significado atravesado de lo que he dejado atrás, cuando tenía 18 años.

Ella aparecía nítida a sus 38, me miraba buscando una réplica para llenar su vida de entre las sábanas. Me acuerdo del olor a cenizas sobre el piso y la arena, hedores casi naranjas de entre la ventila que daba a la calle, estábamos en una playa inquieta y ella me apretaba, de la espalda hasta la ingle y miraba destazando lo que nos sobraba de la pared.

Una cabaña con ventiladores sucios, occisos, y ella miraba para alcanzar al infinito próximo en cada jadeo, era sin duda, una forma transgresora de querer obviar el cielo. La fortuna de unos senos con equilibrio, rosados, balanzas de justicia. Las piernas abiertas, mojadas, apretando y delimitando el espacio con un suspiro, dos, rasgando lo que quedaba de la acera y un azul intermitente, imbatible.

Una araña nos miraba en la pared, escuchaba autista nuestras pulsiones a un ritmo unísono, mientras tanto, ella cerraba la boca buscando una palabra decente, casi cordial para no gritar, mientras que la playa tiritaba con el sonido de la luz apenas, moscos por doquier y en la radio escuchábamos al trío yucateco Los Montejo con la canción Para Olvidarte a Ti, y sí, ella reía con pudor, no pretendía un futuro ideal. -Un día te he de buscar en la memoria, y he de sonreír viviendo por ello. Por cierto, he tenido que matar a la araña.- y ahora, se parte el recuerdo en dos, sabía que no volvería a verla.

Ahora, sin querer, en un parpadeo, al necesitar de un repaso ubico su sentencia al despedirnos: — algún día estarás en Londres y me recordarás al estar una cafetería portuguesa, al frente, mirarás a un ciervo, y escribirás este momento sobre mi, sabiendo que toda historia será más grande que tu y yo, y en ese momento, como recuerdo cobraré vida-.

Sí, es una burla, terminé por comprar el cojín con el ciervo estampado de la tienda vintage. Necesito otros zapatos.

Mind your gap.

Caminar en este pedazo de playa, desde hoy su nombre ya se puede ir con la indiferencia. El frío rompe en la espalda en este panorama que fallece, es acompañado de gotas negras, frías, que sobran de la desgracia y que dan de lleno en el rostro. El cielo nublado se apetece con el mar ennegrecido, algunas aves vuelan, son siluetas frágiles y en la orilla de la playa, bultos de peces se conglomeran en bultos mortuorios. Es el petróleo, ayer en la tarde un buque tanque derramó combustible, varado por el temporal no tuvo otra opción. Son las sutilezas de la industria que no para, y es que ¿cómo un hijo de mil putas no puede tener nombre?, es una catástrofe anónima donde todos somos culpables.
 
La gente se acerca de a poco, se colocan como estatuas de sal observando como parte de su historia desapareció, todos abrigados, se abrazan limpiándose la melancolía, la impotencia. Es este un pueblo pesquero, arrasaron su identidad de un tajo, no ha quedado nada.
 
Escucho un grito: — ¡Daniel! -, es Cristina, la deje en la cama, nuestra casa está en frente del mar, me levante con olor a mierda y no pude siquiera avisarle, no quise compartir el primer momento de nulidad, como poder acompañarse en el asco. Se acerca corriendo, me pega en el pecho: ¿Porqué no me avisaste?-, no le contesto, sabe que no quiero hacerlo, se cruza de brazos, está enojada, y sin preguntarse nada se acerca al mar y recoge con sus manos parte del agua empantanada, se dobla, queda en cuclillas y se toma de la cara. Despertarla para esto, no queda nada más inquirir. 
 
En medio del insomnio al estar contemplando es que escucho unos disparos, a contraluz alcanzo a ver a una silueta disparando al suelo, me adelanto a la pregunta, me aproximo y es Juan disparándoles a algunas aves que yacen en la arena, canaliza lo inútiles que podemos llegar a ser, me dice: -No te acerques Daniel-, no me hablaba así desde que murieron sus padres, nunca supimos como fue, el funeral se siguió en el secreto. Sus ojos brillan de rabia, su boca esta encajada, tiesa, pálido de miedo, sus ojeras se acrecientan, se limpia la boca y vuelve a disparar, ¿qué hacer?, me quedo a un lado escuchando cada disparo, uno a uno se instalan en la consciencia, son preguntas sin contestar, se acerca Cristina: — ¡ya deja el arma!-. Juan voltea y le apunta con la mirada: — ¡Tienes alguna mejor idea, estos animales ya están muertos!- , Cristina le vuelve a pedir que deje de disparar, Juan carga cartucho, jalo a Cristina y la abrazo, Juan voltea hacia el cielo, dispara, se escucha el eco en toda la playa, la gente alrededor comienza a alejarse, toman camino para la carretera, los disparos les hacen reaccionar.
 
Juan se deja caer, aspira, los tres nos quedamos en anónimas transparencias, no podemos ver más allá de algo que se nos perdió, pero habla Cristina: — alguien tiene que limpiar esto-, observo, son kilómetros de arena y agua contaminada, es el lugar en el que vivimos, limpiar nuestro hogar, nuestro pasado, recomenzar en lo perdido, seguramente vendrá la ayuda federal, habrá ayuda de organismos internacionales, se escribirán notas en algunos periódicos, el presidente mandará sus protocolarias condolencias, y en algunos años la indiferencia volverá su lugar…la raíz del problema seguirá su camino a través del dinero.
 
A lo lejos veo a un niño, se va acercando, trae algo en las manos, se sienta sobre una roca, y empieza a frotar lo que trae cargando, trato de no interrumpir el momento. Juan voltea y habla a través de una melancolía entregada: -Mis padres antes de morir me dijeron que cuidará de mi trabajo, de mi hogar, que estuviera consciente de lo que tenía, porque eso es lo que me mantendría con una razón de vida. Ellos murieron ahogados, odie al mar, como odiaba mi propia vida, y ahora que veo tanta mierda, recuerdo sus palabras, agradecer al mar, agradecer a la vida por lo que tengo…no, no me queda nada…-, en medio de la sorpresa, es que noto que no hay mucho por decir, Cristina le da un abrazo y Juan comienza a llorar. El mar siempre te ha de dar lecciones, con desgracias y con vida, él trabajaba como capitán de un barco pesquero hasta que lo jubilaron.
 
Cristina le ofrece un té, él acepta y se van a la casa, el niño sigue sentado en la roca, me acerco y veo que trae una gaviota matizada de negro, apenas y respira, el niño me ve en medio de una inocencia trasquilada por el miedo: — ¿por qué el mar esta pintado de negro?…-, como decirle que lo negro del mar es un símbolo nada más, como decirle que las tragedias son momentos que marcan nuestro camino para que se de el movimiento, como decirle que en medio de la mierda es cuando sale la fuerza para seguir adelante, como explicarle que las respuestas siempre llegan tarde, yo queriendo escaparme de la ciudad y su frialdad, me cambie acá , huyendo de mi idealismo confrontado, la psicología estudiada no ayudaba para la neurosis colectiva, gané mucho dinero pero decidí instalarme en una vida más tranquila. Ahora me encuentro con esto, la inercia nos sigue a todos lados. 
 
Cristina regresa, su caminar es trastabillado, lento, tiene que levantar los pies para no tropezarse, trae su cámara de video, es periodista, a ella le pareció buena idea el estar aquí, su investigación se basa en el nuevo camino de la vida marina gracias al cambio climático, la tesis ahora puede tener un giro radical, trabaja para organismos internacionales que hacen seguimiento al Protocolo de Kyoto. Se instala a un lado de nosotros, empieza a grabar y dice a cuadro: — Esta mañana la intransigencia de la industria sigue con su caminar avasallador, esta ciudad pesquera perdió su patrimonio, muchas familias han perdido su forma de subsistir, y sé que lamentablemente a nadie le importa, ¿qué tiene que pasar para que el mundo se de cuenta de lo que estamos haciendo? -, el niño puso atención a lo que dijo Cristina, se acerca a ella y dice a la cámara: — Yo quiero inundar a todos los barcos, para que dejen tranquilo al mar-, Cristina va a la cámara y veo que enfoca a la gaviota que trae en las manos, el niño continúa: — esta ave ya está pintada de negro, así no era, y ella no puede hablar, pero sé que esta mal, vean -. Cristina empieza a llorar, la imagen es demasiado fuerte, los ojos de la gaviota brincan buscando parte del instinto, sus plumas están atrapadas en medio del petróleo, no hay sangre, pero es la angustia la que hace mover sus patas delgadas, busca el zafarse, y las manos pequeñas del niño se contrastan con lo negro de la arena que se ve en segundo plano, la cámara se queda estática y yo también.
 
Escuchamos un disparo, ¡Juan!, corremos hacia la casa, la angustia se queda atascada en la garganta, siento como las manos quieren alcanzar al pasado inmediato. Cristina se tropieza, la levanto, llegamos al portón, aviento la puerta, y la pared en rojo salpicado contrasta con el blanco que sale sobrando. Juan sentado, inerte, encontró su respuesta, le cierro los ojos, mi tristeza sale con un golpe seco en la pared, Cristina se quedó en el grito suspendido por más lágrimas, está sentada en el portón, enfrente de ella aparece el niño, éste deja la gaviota sobre las escaleras, Cristina lo detiene, le tapa los ojos, y él le dice: — si el ave ya se murió ¿porqué me tapas los ojos?-, cierro la puerta, me recargo en el piso y es que me doy cuenta…podemos ver como matamos al mundo, podemos ver como la gaviota muere, pero no podemos permitirnos el observar que un amigo esté muerto, pero son muertes del mismo palo, del mismo momento, es una cadena, es lo que somos.

Juan murió, sí, como una ave pintada de negro y aun así, no le queremos ver.


La nueva película de Spike Lee trama en lo general del racismo como estilo de vida en el país vecino. Lee ha logrado contrastar en duras imágenes, en fuertes discursos: la idea del poder blanco y el poder negro, concluye y cuestiona a la violencia como única vía.

El miedo como combustible.

La historia basada en hechos reales (1979) nos hace ver los problemas en Colorado Springs, comunidad enclavada en medio de USA, pueblo tranquilo, donde entre la normalidad de un universo pequeño, sensato, sin pretensión, salen los más oscuros deseos detrás de tradiciones, de las historias personales.

El escritor de la historia de la cual se basa la película, Ron Stallworth, nos narra como al ingresar al cuerpo de policía logra entrometerse en los recovecos donde se infiltra el odio y como para trabajarlo tiene que ver los extremos de ambos lados, sin juzgar, sin establecer opiniones personales y eso le da frescura a la narrativa.

Los extremos son matizados y eso le de más relieves a cada uno de los personajes.

La película ha recibido muchos premios en este año y ha logrado llamar la atención por mostrar un tema que está en carne viva para todos los norteamericanos, es una lástima que un tema universal como el racismo tenga que hacer frente en competencia por el Óscar a otro tema también trascendente, la soledad femenina, el cual aborda ROMA, proyecto que le ganará el premio como mejor película a Lee, pero no lo quitará la madurez que ha logrado este director norteamericano.

Acertado el homenaje a los personajes de la cultura pop afroamericana de esa época.

Playlist Spotify

Mujer te repites en las paredes, es el eco del saberte en tu voz distorsionada:– Qué pasa que no contestas mis mensajes-. Te escucho desde el altavoz sin ansia, mientras tanto juego con una pelota pequeña rebotándola sobre el piso. Ando buscando el centro de este espacio que nunca termina por quedarse quieto.

En la mesa de esta sala se encuentra el libro Rayuela de Cortázar, dónde quemo el tiempo con cada hoja impresa del capítulo 56. Leo y releo para saberme parte de este juego que como una escena se imprime en la memoria:

“Caminas distraída para encontrarte, te aplazas en el recuerdo y juegas a la rayuela en cada pedazo momentáneo de este lapso sin línea temporal”.

 -Hablemos del principio-: me corregiste.

Me como una jícama con limón, respiro en las encías y le digo: -El principio parece siempre debe venir con un hola ¿cómo estás?, pero… a ver espera, que te parece sí comenzamos con la despedida, así ya no habría fatalidad en el decir adiós-. Se me queda viendo con cierto reproche, sus pómulos rosas y la sonrisa burlona me lo hacen ver.

Voltea hacia el piso, se toma de los cabellos, piensa y me dice: -Si el final es el principio ¿Qué es lo continúa entonces?-.

Suena el teléfono, dejo la pelota en la mesa de la sala y contesto: -Adiós mujer, gracias por la jícama-. Ella ríe: - Hola, ya sé que sigue, continúa esta idea del saberte jugando a la rayuela-.

En el análisis del centro del cuarto si es que éste existe, estaba ella desnuda cantando entre quimeras, miraba el horizonte del océano y un navío con mil historias se la llevaba. Ella al irse, me daba una red para pescar melancolías, la ponía en la puerta y limpiaba mis pensamientos para poder dibujar su tez.

En el análisis del centro del cuarto observé detenidamente la calle en su parte más larga, ahí, el aire despertó a un hombre sin olvido, él silbaba una ligera tonada, reminiscente, y movía el brazo buscando su ceguera, y una mirada, la de ella, se asomaba. El silbido se repetía cuando ella hablaba, asomando su vientre mojado y él sonreía, ya que ella al principio también dormitaba y en su recuerdo renacía.

Dejé la ceguera en el análisis del centro del cuarto y me tomé una idea que sobraba de los mosaicos, y ahí, un alma gritó, le acompañaba un gato blanco, taciturno, volteo a verme y en ese instante, las paredes se convirtieron en manos y de los pliegues salieron palabras, una a una me envolvieron y es desde entonces que no puedo dejar de pensar en el centro del cuarto.

Incidente 1

Con von Trier siempre hay predisposición para ver el mal y colocarse ahí para ser devorado.

Bienvenidos al Rastro (matadero) de nuestra posmodernidad.

Incidente 2

En la nueva película de Lars von Trier hay un intento, un desglose de bellas imágenes y diálogos “certificados” de estética, de filosofía, ahí, encontré el ritmo, el respiro, el silencio para ver un espectáculo grotesco, pero también ahí, un momento incómodo: Lars justificó la idea de “obra maestra”, y al mismo tiempo, estableció un límite en su trabajo, con la idea de hacer malabares éticos pagando un precio ¿culpa? por encontrar el goce estético de violentar sus historias, de ensangrentar el cuadro. No pude ser misericordioso, al final no nos importa Lars, mientras tu seas feliz y puedas vivir con tus fantasmas creativos a los demás nos “va bene”.

Una idea primaria le da hilo al asesino: habla de que para Ser, decidir, lo mejor es no esconderse. Un consejo al dente, justo.

Incidente 3

En la fotografía, en algunas secuencias regresamos a sus primeros trabajos a partir del decálogo “Dogma 95”, grano, luz natural, coreografías teatrales, cámara en carne viva con la acción, pero, de repente pensé que estaba viendo a Greenaway con lo más denso de su paraje pictórico. La obsesión compulsiva tiene muchos caminos, y creo, hay más allá del heroísmo en slow motion tipo Marvel.

Incidente 4

El narcisismo seductor de Jack que encarna Mat Dillon da vida el discurso que justifica a Lars, y Verge, Bruno Ganz, es su consciencia cínica, amable, su anfitrión en el camino al infierno, siempre inmortal, le da impulso a la voz de Jack, creo sin Verge, Jack sólo habría sido un destripador más al noroeste de los Estados Unidos.

Uma Thurman, Siobhan Fallon, Sofie Grabol y Riley Keough ¿por qué trascender sus personajes a través de la violencia? Víctimas en sus interpretaciones, rayan en un juego perverso, infantil, pero siempre es de ambos lados, y en los acentos, en los incidentes, le dan gran consistencia a la obra en lo particular.

Epílogo

A Lars le gusta sacarse la rifa del Tigre, y el papel que juega el cordero en el proceso de la creación-destrucción le otorga lo suficiente para construir una casa vacía, sin misericordia.

Vivimos tiempos extraordinarios en nuestro país y si miramos, dentro de la fotografía del “cambio” vemos muchas aristas, coincidencias, una de ellas, ROMA, la última película de Alfonso Cuarón, que llegó justo en la quincena de salida y entrada de los “Presidentes” de este país, vaya timing transformador.

Alfonso Cuarón se caracteriza por trabajar sus propuestas a partir del oficio de ser director, entre más “tablas” más opciones creativas, acá, su foco de “rebeldía” radica en la sencillez, simplificando el guion, el tono, para mostrarnos una familia con problemas fuertes pero habituales, donde se acercan a la muerte sin pretender, rozándola, acariciando los límites de la violencia y mirándose en la familiaridad, en la casa, en cada pared, donde habitaban los claroscuros de esta familia en un tono fresco, a veces torpe pero muy auténtico.

Al mirar la película en sala Julio Bracho, ante el audio, ante la fotografía, pudimos ver la actuación natural de Cleo (Yalitza Aparicio) y la fortaleza histérica de Sofía (Marina De Tavira) tejiendo entre las dos un vínculo universal: la soledad femenina.

Una labor fotográfica impecable, creando imágenes y relatos calca del ideario personal del director mexicano. Un gran trabajo también, en el diseño de producción para llevar el imaginario hasta los límites del desastre, del caos, dónde me hizo recordar algunos planos secuencias de Fellini, o del mismo Tarkovsky, imprimiendo una fuerza narrativa sin pretensión, sin jugarle al chingón.

Roma, es un claro ejemplo de la memoria como prosa cinematográfica.

Volemos.

Por cierto, para ustedes ¿Qué niño era Cuarón? ¿El Astronauta?

Foto Twitter @alfonsocuaron

Playlist sugerido para lectura: Atomic Blonde/Spotify

En los últimos 30 años, un listado de acontecimientos determinaron el rumbo del orbe, pero uno en especial, llama la atención como osadía: La caída del muro de Berlín.

El muro: «Una solución poco elegante, aunque mil veces preferible a la guerra». John F. Kennedy.

Tenía 14 años pero la idea del socialismo como bloque, como discurso opuesto a nuestro país vecino, siempre obsceno en la “libertad y la democracia”, me generaba un “agrado” infantil al reconocer una competencia ideológica y económica. Me gustaba la idea de saber que siempre podrías escoger entre dos culturas, entre dos estilos de vida.

Si ubicamos la época, 1989, no había mucha información. La televisión, periódicos y revistas hablaban de la reunificación alemana así como el empiezo de la caída del bloque socialista, pero eran palabras infladas que daban por finalizada la guerra fría y vendieron una idea naive de paz mundial.

La humanidad siempre ha de besar el suelo después de una caída libre.

La música en esa época tenía golpeteos “eléctricos” que acompañaban movimientos sociales, como si los gritos de libertad estuvieran en la radio, en el ruido blanco, esperando la caída del Pacto de Varsovia, y con él, todos los fantasmas que recorrían Berlín, tanques, soldados, punks, autos checoslovacos y claro, un misterio por develar en los viejos edificios, en el polvo remanente de la segunda guerra mundial. Berlín, aún lejana, era esa ciudad donde buscabas la amnistía de la Europa separada por el racismo, y el muro de 120 kilómetros hablaba de una herida con la carne viva, sin amuletos, sin presente.

Sí, algunos ángeles se limitaban a escuchar “Heroes” interpretada por Bowie el 7 de Junio, 1987.

Me imagino de niño sentado esperando la llegada de un solo bloque económico para ser felices…Ahora ¿De que va la caída del muro? De nada.

Han pasado 29 años y somos un mundo más áspero, socialmente desértico, vivimos en un 2018 cínico, pero eso sí, muy ultra pop.