Afuera del autobús observo miles de palabras que poco a poco se tropiezan en mi cabeza, pero no puedo hilarme con ellas. Absorto, veo en la ventana el reflejo de mi persona y una casualidad que voy tirando en el olvido.

Sé que las palabras no hablan por sí solas, inertes las tomo del aire y en mi mano se mueven como presagio. Las miro, espantadas, contraídas, es el miedo que les procura el estar desempleadas, entonces se colocan en la espera, respiran, son hijas del azar ¿Qué hacer con ellas? verlas, pensarlas ¿No hacerles caso? ¿Las guardo para utilizarlas en otro momento? No lo sé.

Un niño en el autobús ve las palabras y sonríe cómplice. Él sentado en las piernas de su mamá mira atento para ubicar cuales son. Empezamos el juego y siento su mirada sobre el hombro, se hace para atrás y para adelante, algo inquieto intenta llamar la atención de las palabras, debe escogerlas de acuerdo a lo que quiera decir, y en alguna distracción volverlas a perder en este mar de incoherencias. 

Me levanto del asiento y empiezo a silbar, no pretendo una melodía en particular, me recargo sobre la puerta metálica del autobús, me pongo en cuclillas y con un brazo me sostengo sobre el pasamano que está a lado.

La lluvia comenzó, mi aliento se evapora y sale en forma de vaho sobre la ventana de la puerta. El niño trata de levantarse, su madre le aprieta fuerte con sus brazos y no se lo permite, empieza a balbucear y logra escurrirse, corre hacía donde estoy y en el vaho sobre la ventana anota: HOLA, y ubico que en la simpleza está la verdad. El niño regresa a su lugar, su madre le regaña.

Le mando un saludo mientras bajo del autobús, y las palabras ya me siguen, verdaderas.

Ilustración de Andrey Kasay

Íbamos a empezar a filmar, un párrafo del guion decía: -Ves ese árbol, en momentos me gusta imaginar que cuando se le caen todos los limones pierde la memoria, porque cada limón le sirve para recordar que es limonero, aunque claro, ambos sabemos que eso es pura ficción, una tontería-.

Clara me lanza una pregunta por el pasillo de la Cineteca: -¿Me consideras un limón, si me cayera podrías olvidarme cómo en el argumento infantil que acabas de leer?-, volteo, y creo que ésta pregunta saliendo de su boca se puede convertir en trampa, entonces trato de sonreír.

La sonrisa no me ayuda y delimito mi respuesta:  –  De “olvido” no se puede empezar una plática porque podrían ser las ramas secas de ese limonero desnudo, es una imagen quisquillosa, inocente, pero algo fatalista-.

Se apagan las luces de la sala, ya va a comenzar la función.

–Dame los retazos de un rollo de película para ir construyendo éste cuento-: te escucho y cambia mi semblante, me saboreo un pedazo de anhelo, dudo:  – pero para empezar una historia necesitamos saber qué está buscando la protagonista-.

 Entonces Clara pone una oración en el aire para empezar: – Busco que me quieras -.

 – Como personajes buscamos el mismo final-: cambio de posición en la butaca, y Clara se cuelga de la luz que ya se postra en la pantalla, me dice: -  Entonces terminemos este cuento sin “olvido” sin limoneros desnudos-.

Comienza la proyección, te beso sin prisas y caen limones a nuestro alrededor, terminé de leer el guion y veo ya somos parte de nuestra memoria.


Captura de pantalla (2)

Foto Limón Partido / Andrés Villela

Mujer te repites en las paredes, es el eco del saberte en tu voz distorsionada:– Qué pasa que no contestas mis mensajes-. Te escucho desde el altavoz sin ansia, mientras tanto juego con una pelota pequeña rebotándola sobre el piso. Ando buscando el centro de este espacio que nunca termina por quedarse quieto.

En la mesa de esta sala se encuentra el libro Rayuela de Cortázar, dónde quemo el tiempo con cada hoja impresa del capítulo 56. Leo y releo para saberme parte de este juego que como una escena se imprime en la memoria:

“Caminas distraída para encontrarte, te aplazas en el recuerdo y juegas a la rayuela en cada pedazo momentáneo de este lapso sin línea temporal”.

 -Hablemos del principio-: me corregiste.

Me como una jícama con limón, respiro en las encías y le digo: -El principio parece siempre debe venir con un hola ¿cómo estás?, pero… a ver espera, que te parece sí comenzamos con la despedida, así ya no habría fatalidad en el decir adiós-. Se me queda viendo con cierto reproche, sus pómulos rosas y la sonrisa burlona me lo hacen ver.

Voltea hacia el piso, se toma de los cabellos, piensa y me dice: -Si el final es el principio ¿Qué es lo continúa entonces?-.

Suena el teléfono, dejo la pelota en la mesa de la sala y contesto: -Adiós mujer, gracias por la jícama-. Ella ríe: - Hola, ya sé que sigue, continúa esta idea del saberte jugando a la rayuela-.

En el análisis del centro del cuarto si es que éste existe, estaba ella desnuda cantando entre quimeras, miraba el horizonte del océano y un navío con mil historias se la llevaba. Ella al irse, me daba una red para pescar melancolías, la ponía en la puerta y limpiaba mis pensamientos para poder dibujar su tez.

En el análisis del centro del cuarto observé detenidamente la calle en su parte más larga, ahí, el aire despertó a un hombre sin olvido, él silbaba una ligera tonada, reminiscente, y movía el brazo buscando su ceguera, y una mirada, la de ella, se asomaba. El silbido se repetía cuando ella hablaba, asomando su vientre mojado y él sonreía, ya que ella al principio también dormitaba y en su recuerdo renacía.

Dejé la ceguera en el análisis del centro del cuarto y me tomé una idea que sobraba de los mosaicos, y ahí, un alma gritó, le acompañaba un gato blanco, taciturno, volteo a verme y en ese instante, las paredes se convirtieron en manos y de los pliegues salieron palabras, una a una me envolvieron y es desde entonces que no puedo dejar de pensar en el centro del cuarto.

En el piso brotado, salpicado, termino con la apariencia de un sueño que no he de morder, y es un placer estético el no pensarte, porque ayer que no llovía, me distraje con la historia de una virgen que no escucha los gritos de las mujeres satisfechas, que por ser rosas matinales se sonrojan en el porvenir, que por ser duraznos dulces perduran en mi lengua que palidece en el piso salpicado.

En el piso brotado persigo el briznar del egoísmo, pregunto a la presunción y es cuando soy más farsante, y así, empiezo a contar una historia, como ayer que no llovía y pude ver una esquina del universo personal, y ahí, bailaban mi pasado, presente y futuro, después, no pude más que resoplar un alarido para mi ceguera, entonces borré la palabra -farsante- y se quedó en el piso brotado, salpicado.

Foto: Iván Beristain

La madrugada se dobló aburrida, harto observo el reloj del celular, entonces elevo un murmullo al benefactor de la reunión -que bueno que traje el vino tinto, no aguanto la pinche certeza de venir sólo a esta fiesta– escuchamos Breakbot, se detiene el track y el espacio enmudece árido, volteo a la pared condescendiente.

En el monólogo interno delimité la fe nocturna en el zócalo de la pared, y escojo otra idea para escabullirme, leo un tuit recién con el hastag #absurdo: Sal al balcón a ver si hay un camión repartidor de carnes frías//☞ a veces es un buen distractor para fiestas aburridas pero no hay balcón.

La veo ahí, sentada, contrasta con la pared ocre gracias a la blanca tesitura de su cuello, y su voz busca una interacción superficial en todos las conversaciones, ligera en la mirada, a veces intermitente; aspiro y hago consciente que extraño el empezar conversaciones para poder intercambiar palabras y traspasos, roces análogos, donde el cortejo me crucifique en un altar melancólico, instantáneo, casi binario, y trato de hablar para todos en la reunión sin ningún tema en específico: -El semáforo es un parámetro para calibrar que tanto somos corruptibles. Todos nos hemos pasado siquiera un alto como acto natural, no conozco a alguien que no se haya pasado un semáforo en rojo como acto de sacar ventaja, de impaciencia, o de siquiera diversión. Yo, en estado consciente del saber que es una regla que debo seguir, aún me cuesta trabajo cruzar sin sacar ventaja de su color-.

Entonces expongo un silencio, nadie contesta, eso me pasa por ser un antropólogo desechable.

La extraño, busco su mirada y sin pretender, rozamos los pies con extrema precaución, deviene mi primera ansiedad de la noche y es que nuestra fugaz relación se basa en lo que podría pasar ahora, mierda, y ¿ qué le digo ? que espera tan atroz y se agota el minuto siguiente, entonces quisiera brincar éste primer interrogatorio, pero el espacio compartido ya es una pequeña jaula para matar aleteos.

Lo logré, me tuve que tropezar con ella y ya me inquiere acerca de mis proyectos personales – los he matado a todos de un tajo, pero gracias al tiempo libre soy especialista en pasta a la boloñesa-, se ríe y le pregunto por su historia recién -he viajado poco, pero extraño a mi perro, lo dejé hace un año con mi ex-cuñada- y ahí, sin más me contó cada una de sus sentencias actuales. -No, aún no me recupero, sigo en duelo- callamos e imagino una conversación con ella: sabes, me incomoda saber que hoy nos acostemos, pero mañana, en el celeste trazado en luz violeta no podremos vernos en la manía natural, y necesitaré de las pequeñas diferencias, o de esas costumbres que nos permiten estar vivos, dónde yo podría contar un chiste y me dirías imbécil, pero no, no es así, así no está en el guion.

En medio de mi silencio se va al baño.

Me siento en el sofá-cama que sobra de la sala, sabemos que el silencio tiene algo de razón, saldremos de la reunión y tomaremos el automóvil, nos perderemos en esa esperanza para saber que hay algo más fuerte que nosotros, y así, podremos compartir nuestras sintonías sin temor, de repente, al llegar a su departamento la ansiedad moral ya no lo será, y a nuestro beso le pondremos el nombre de una canción: Post Break-Up Sex de The Vacinnes, entonces haremos el amor de manera miserable, y después, sabremos por los chismes de los amigos, que mi esposa para ese momento ya se habría ido del departamento.

Me ha pedido el divorcio esta mañana y lo único que me dejó fue el semáforo en rojo.

No sé porque en Enero del 2011, en la decisión de ir a París, no pensé en redactar el trayecto o siquiera la crónica de cómo llegué a la casa de Cortázar, ahora reviso esta crónica, y se lee pedante, pero es un mal necesario, debe ser que ahora, en el Apocalipsis mercadológico me he instruido para acabar algunos pendientes pendencieros,  y creo sin temor a equivocarme, que solamente es un mal pretexto para compartirlo con el azar, ya que tengo fotos, ya que tengo recuerdos colgados en el libro Rayuela, es (ubico) un afán lúdico y claro, exponencial a la infinita potencia.

Al saber que podría visitar París con mi esposa, ubiqué los años en que Cortázar escribió una de sus obras más significativas y caóticas, y supe que debía visitar el departamento dónde se alojó hasta el día que murió, quería comenzar una catalítica costumbre: oler a los muertos y robarles algo de historia, aunque, en razones aparentes tenía que reconocer un espacio real y no literario del escritor, busqué en Internet (como hago ahora para recapitular las referencias) y en el mapa de París sabía que cerca del Metro Chateau d’Eau (la línea 4), se encontraba la Rue Martel con el número 4, que fue donde murió en el año 1984,  y yo, estaba hospedado cerca de la estación Saint Mandé (la línea 1), a la orilla este de la ciudad, era, recuerdo, un trayecto de aproximadamente una hora, sin traspiés, sin muchos esfuerzos. Leyendo ahora las referencias, hay algunos artículos sin mucho que abordar, el más sobresaliente es el del maestro Augusto Monterroso escrito en las páginas de la Jornada en el año del 2002, dónde los párrafos terminan en esquinas silenciosas, dónde el dinosaurio iba de París a las oficinas de la ONU en Nueva York en la sencillez de un cambio de oración, dónde recuerda a Carol Dunlop y a Julio como unos fantasmas cercanos, y yo, estrecho en la actualidad, alcanzo a sonreír.

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Foto Andrés Villela

Instalado en el metro, quise ubicar la luz que iluminaba la cara melancólica del Perseguidor, ya era un martes de invierno con pisos sin mosaicos en los vagones del metro. Miradas caminando sin ecos hacía el pasado inmediato de los túneles con azufre y la tarde nebulosa se iba en el imaginario rapaz sobre las paredes. Un silencio frío, húmedo, salí de la tangente y parado en el oblicuo vagón con color menta me di cuenta que había terminado mi trayecto.

Caminé y nadie seguía la pregunta.

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Foto Andrés Villela

Los andenes no hablaban demasiado e iba con prisa, al subir las escaleras que dan a la calle, dos personas esperaban a alguien, me voltearon a ver, pero terminé con la expectativa de manera momentánea, siguieron con su conversación,  mientras, la calle se erigía en tonos grises, era a veces, sin pretenderlo, como una foto en blanco y negro llena de caducidad en las fechas, y  quise recuperar el aliento, entonces encendí un cigarro y caminé hasta llegar a la esquina de Rue Martel con Rue Richer, y miré enfrente, un edificio de cinco o seis niveles, abajo un portón grande, al lado una placa dónde mencionan que ahí vivió el escritor Julio Cortázar, no encontré con quien compartir una conversación espontánea, y sí, no supe que hacer, en retrospectiva, veo, era demasiada la improvisación, ir, tocar la puerta, tomar las fotos necesarias, salir, regresar, pegar todas las páginas del libro Rayuela sobre las paredes y entonces preguntarle a las ventanas si es que vive un cronopio para que cante en medio de la lluvia, o una esperanza por despejar las dudas personales.

No sé, creo, debí dejar una nota de agradecimiento (o esta crónica que no escribí) para que alguien más la lea y sepa que ahí, es un punto dónde el imaginario latinoamericano tiene una referencia.

-Alo, éste es el buzón de Ada…deje recado después del tono…-

Cuelgo el teléfono, es una grabación estraza, aturde, y por los dedos delimito una sustancia activa que se desliza sobre la lengua, ubico el lado brillante, ácido, antidepresivo. Busco táctil el playlist de Charly García y reencuentro la letra que funciona como placebo disfrazado. Respiro ansioso de los desperdicios oníricos, detonantes. Ha despertado temprano la consciencia, fulminante.

El sol lácteo se coloca adormecido en medio de la lluvia, mojado no me dice nada y hay un silencio sin tesitura, me abruma, tenía que pensarte ahora, recostado sobre el sillón sin alientos fijos, regresando a la otra vida, a la tuya, y no es un pretexto coloquial o insignificante. Es simplemente, un rasgo molesto.

Escucho mis pasos, la duela roe, ahí, reconstrucciones de un track y es la historia que dice: -vives en una melancolía insípida, ¿es tu razón de vida?-. Sigue el rezo por vos en el reproductor, y no me culpes, la cama ya estaba desordenada cuando te fuiste. Las respuestas sobran de entre las sábanas, caen sobre la madera reticular, espero no estropearlas con el humo del cigarro, veo, son el asomo de algunas palabras que escribías:

Uno, dos acordes, no le alcanza para rodar en el suelo,
la guitarra se queda en silencio y es que apenas el rezo descansa como melodía,
son sus seis cuerdas que en los inviernos se queman,
son las ideas que en mis muertes se levantan.

Entonces, Lisa se despierta desde la costumbre mojada, el día es cómplice al saludarnos. Voy súbito para la cocina, poco después la escucho pasajera sobre el pasillo y ya preparo café para despertar de nosotros mismos. Le veo en el espejo que me da de frente, delimita la sala: delgada, suave, y al pasar, huele a piel amorosa, sudada, entonces me desarmo, eres apenas un olvido silente. Me sonrío vencido, ya no hay reclamos en la rabia de escucharte sin prisa.

Amanece una herida, dale una cirugía,
es el boceto que ahora se presenta,
ve, somos una enfermedad exquisita.

Me doblo en esta coraza de certeza y Lisa sale del baño, cierra la puerta, se mete de entre los olores de la sala. Está la repisa con tus libros y en forma de luna que compraste para equilibrar el espacio antes de escapar. El sillón que está en medio me ve cansado, un vaso con agua en el ante comedor, una bolsa de Lis y las llaves de la casa que le picotean para entrar.

Ella entra a la cocina, voltea con el cabello volado y me dice –hoy tengo junta en la tarde para un comercial de televisión, ¿tienes algún plan-. Pienso y nunca planee recordar a Ada, le respondo con las manos que escribiré para una revista. Lisa se hace una trenza con vehemencia, alcanzo a ver su cintura delgada, me llama, es su arco de la espalda, ya quiero rehacerle el amor sin retazos fúnebres.

Me dice: -mándame un mensaje al celular y vemos, estoy algo cansada, soñé que estabas conmigo y me decías: es que no puedo Lisa, estoy en otra vida. Me desperté y estabas viendo por la ventana, nunca he adivinado qué es lo que piensas, no eres muy predecible, fue que ya no pude dormir con ese pensamiento-.

No sé que contestarle y me siento en el sillón que me miraba cansado. Reflexiono. El sueño me hace ver algo esquizoide, lo coloco en el sentir, no puedo dramatizarlo y estoy incoloro en la situación. Leo en la memoria:

Es el traste que en la melodía te invita un souvenir,
te enciendes, te sigues, juras no regresar al mismo pasado,
se escucha el encuentro del alma partida en aguda transparencia,
mover el espacio en el aire,
y seguir con una garganta agrietada de anhelos.

Lisa me da un beso en la frente, me ve fijamente, no hay mentiras en su retina, y comenta: -Sabes, te quiero, aun sin tu voz, eres mi taciturno personal-. Sale del departamento y enseguida marco tu número en el teléfono.

-Alo, este es el buzón de Ada…deje recado después del tono…-

Cuelgo.

Recuerdo la carretera, el accidente, escuchábamos a Charly García y después del coma me enteré que me quedé sin cuerdas vocales, las cortó de un tajo el parabrisas. Me dijeron que no podías verme así y te fuiste a Canadá.

Me muevo sin reparo esperando que pronto seas olvido.